Cuando el silencio es olvido
Fui una estantería cargada de libros. Ensamblaron mis seis anaqueles horizontales en una carpintería de Turín. Recalé en la habitación de Don Bosco, el sacerdote que gastó su vida en hacer el bien a los muchachos necesitados. De mi existencia pasada han transcurrido muchos años. Ahora tan sólo soy un objeto ignorado en el Museo del santo de los jóvenes.
Os aseguro que, cuando veo a los peregrinos contemplar con devoción la habitación de Don Bosco, mi madera cruje. Pero no por los años acumulados, sino por la decepción que me embarga. Quienes visitan esta humilde habitación, se admiran y susurran comentarios. Pero nadie posa su mirada en mí.
Unos se asombran de la pobre cama. Otros suspiran al ver la silla: todavía en pie tras largos años de escucha y consejos. Incluso la vieja mesa, llena de cicatrices, recibe los más variados elogios. Todos musitan: ¡Cuánta austeridad! Y yo, que sostuve durante décadas el mayor tesoro de esta estancia, permanezco ignorada.
Bastaría con que levantaran la vista. Enseguida me descubrirían. Don Bosco me enriqueció colocando libros en los que se mostraba cómo frecuentar las cárceles para mitigar el sufrimiento de los jóvenes reclusos. Yo sostuve los volúmenes en los que él aprendía los secretos de la Biblia que nunca le enseñaron en el seminario. Incluso albergué semillas de las que luego brotaría el Sistema Preventivo. Sobre mis repisas de madera brilló la luz de la sabiduría.
¡Cuánto añoro la mirada de Don Bosco recorriendo mis estantes! Cada noche, cuando él regresaba tras haberse hecho pan, sonrisa, anécdota o palabra al oído para sus muchachos, venía hacia mí. No se dirigía a su cama, ni hacia la silla, ni hacia la mesa… sino hacia mí.
Luego, sus ojos fatigados, comenzaban a leer. A la luz de un quinqué de petróleo se sumergía entre las páginas de alguno de mis libros. Y yo sentía cómo su espíritu se aquietaba y su mente se fortalecía. Y brotaban en él saberes nuevos para guiar a sus muchachos. Yo fui testigo, año tras año, de sus pequeños milagros. ¿Acaso no merezco la mirada de quienes visitan la habitación de Don Bosco? Pues, no. Todos me ignoran. Pasan de largo. Nadie me fotografía apresuradamente con la cámara de su móvil.
Quizá algún día alguien comprenda que yo no soy tan solo una estantería de madera carcomida por los años.
Pero, aunque nadie se fije en mí, prometo seguir guardando fielmente mi secreto: porque entre mis repisas crecieron las raíces que nutrieron muchos de los conocimientos de Don Bosco; el maestro que nos transmitió también la sabiduría humilde del aprendizaje continuo.
Nota: Se dice de la habitación de Don Bosco que “era tan pobre que muchos se conmovían al verla: cama sencilla, mesa, silla y crucifijo. Cuando todos descansaban, él permanecía despierto en su habitación, escribiendo o rezando”. Nunca se menciona la estantería repleta de los libros que Don Bosco leía (MBe III, 31; 114; 447. MBe IV, 171).




0 comentarios