Comienzo este 2026 con mucha ilusión en esta sección de Vivir conectados, agradecido por los mensajes de quienes la leéis y, sobre todo, pensando en vosotros: padres, madres y educadores que os servís de estas líneas para acompañar a los menores en el universo digital.
Para este año, me he propuesto centrar nuestra reflexión en la Inteligencia Artificial (IA), una realidad que crece vertiginosamente y que, aunque ya forma parte de nuestras vidas, sigue generando inquietud en muchas familias. Es fácil sentir vértigo cuando vemos a una máquina escribir poemas o conversar con fluidez, surgiendo dudas sobre si piensan o sienten, pero para educar en este nuevo entorno el primer paso es perder el miedo, y el miedo se cura siempre con conocimiento.
“Loro Estocástico”
Para entender qué es realmente la IA generativa que usan herramientas como ChatGPT o Gemini, los expertos utilizan una analogía muy útil para trabajar con los niños: el “Loro Estocástico”. Imaginad un loro gigantesco que ha leído todo internet; si le preguntamos algo, no “sabe” la respuesta en un sentido humano ni entiende de verdad, ni siente dolor o alegría. Lo que hace es calcular, a una velocidad pasmosa, qué palabra es estadísticamente más probable que siga a la anterior basándose en sus lecturas. No tiene cerebro, tiene procesadores; no tiene mente, tiene algoritmos. Cuando una IA nos dice “lo siento”, no siente pena, simplemente ha calculado que los humanos solemos responder así ante una frase triste. Es un espejo matemático de nuestra humanidad, pero algo vacío por dentro; no es magia, es una calculadora de palabras muy sofisticada.
Esto conlleva riesgos educativos que hemos de atender, principalmente la antropomorfización y la falsa autoridad de la pantalla. Al tratar al chat como a un “alguien” en lugar de un “algo”, creamos un vínculo emocional falso y, si la máquina responde con seguridad, el niño asume que es verdad, perdiendo el pensamiento crítico ante un dato que puede ser inventado. Además, corremos el riesgo de desvalorizar lo humano, haciendo sentir al menor que su esfuerzo por escribir un cuento no vale la pena frente a la inmediatez de la máquina. Nuestra labor es poner la tecnología en su sitio: al servicio de la persona y no al revés.
Para ello, es fundamental cambiar el lenguaje, evitando decir “la IA piensa” o “quiere”, y corrigiendo con cariño para decir “la IA calcula” o “procesa”, despojando así a la máquina de verbos humanos para verla como la herramienta que es. Podemos jugar en familia a “pillar al robot”, haciéndole preguntas sobre el sentido común o sentimientos complejos para demostrar que, cuando falla, solo repite definiciones, mientras que nosotros sí entendemos porque tenemos corazón. Y, sobre todo, celebremos la imperfección. Ante la exactitud sintética, elogiemos el “error humano” en los trabajos de nuestros hijos, pues un dibujo con trazo tembloroso o una redacción original tienen algo que la máquina jamás tendrá: intención y alma. Recordad que fuimos creados creadores, no procesadores de datos; hemos de devolver la humanidad a nuestro trabajo y seguir descubriendo juntos, sin miedo, lo que este mundo nos ofrece.




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