
Yasury Romero
Hay noticias que no queremos recibir. Mucho menos cuando estamos lejos de casa. Esa llamada que como un portazo en la cara te anuncia: Tu papá ha fallecido.
Sin entrar en los detalles que implica coger un vuelo de 15 horas de avión con el duelo suspendido en el pecho, condimentado con la tristeza y el agotamiento; me gustaría detenerme en cómo la traza sus propias rutas y cómo la historia que va escribiendo Dios en nuestra vida tiene sus propios, ritmos, matices y sabores, más allá de nuestros deseos y planes.
Treinta minutos antes de esa llamada tenía una agenda repleta de compromisos y tareas. Todo se desvaneció y quedó una sola: despedirme y acompañar.
Un momento de profunda tristeza como este ha estado aderezado por los abrazos de bienvenida luego de tantos años sin vernos. El duelo se acrisola con el reencuentro. La alegría se asoma en cada mirada de pésame. ¿Tiene esto sentido? En la lógica de Dios sí: el encuentro con la muerte nos lanza a la vida; el miedo nos lleva de la mano a la valentía, el dolor y el amor son compañeros de camino.
El tiempo de cuaresma que vivimos nos hace girar la mirada hacia estos contrastes de la vida, a recordar que no es lineal nuestra existencia, no transcurre según nuestro plan. Solo falta ver a Jesús cómo pasa del desierto a la muchedumbre; cómo se sientan en la misma mesa el amor, el servicio y la traición.
En clave de nuestra salesianidad, es la figura del emparrado de rosas, el camino de la vida que se transita entre el dolor y las heridas de las espinas, y la belleza y el aroma de las rosas frondosas.
Quizás este tiempo de preparación a la Pascua es una invitación a degustar los sabores contrastantes que nos pone a la mesa la vida. Una receta que compone Dios para que nos nutra y nos fortalezca, aunque a veces nos sorprenda, nos impacte. Esta cuaresma, ¿qué duelos y reencuentros se cruzan en ti y estás invitado a abrazar?













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