Un anciano emperador, sintiendo cercana su hora, decidió ceder el trono a su hija; pero la ley decía que antes debía casarse. Y así, envío mensajeros a recorrer el reino anunciando que quien creyera reunir las condiciones para casarse con la princesa y gobernar al pueblo se presentase en palacio el día y la hora señalados. En una aldea vivía un hombre cruel, de rostro desfigurado. Pensó: Una buena oportunidad para ir y ver todo aquello. Y obligó a su vecino, un artista admirable, a crear para él la máscara más hermosa jamás vista. Y con aquel rostro prestado acudió al palacio.
Al verlo, la princesa se enamoró ipso facto. Era algo que nuestro hombre no esperaba. Entonces se le ocurrió algo: pidió un año para conocer al pueblo y prepararse para ser gobernante. Aquello entusiasmó a la princesa. Aceptó de inmediato.
Durante ese año se le vio con la gente del pueblo, visitando enfermos, reprendiendo a los infractores, conciliando disputas… Y el día antes de formalizar el compromiso, tomó una decisión radical: contar la verdad. Se presentó en palacio y confesó a la princesa sus verdaderas intenciones. Ella, enfurecida, decidió mandarlo a la horca; pero le entró curiosidad: ¿Cómo era el rostro de aquel hombre que se había atrevido a presentarse a la corte y engañar a todos? ¡Quítate la máscara! Le ordenó.
Él, temblando, obedeció.
– ¡Embustero! –exclamó ella, acercándole un espejo.
Se miró… y ¡oh, maravilla! Su rostro era ahora más hermoso que el de la máscara. Y es que aquel año en contacto consigo mismo, un año de compasión, había curado las heridas de su rostro. Le había transformado.
¿Moraleja?
Puede haber varias. Por ejemplo, cómo la vida nos transforma; pero hoy quiero lanzar algunas preguntas.
¿Por qué las máscaras? Quizá para obtener un beneficio, pertenecer a un grupo y sentirnos parte o para ocultar algún dolor profundo que llevamos… El psicólogo Jung dice que la máscara es esa personalidad que creamos para adaptarnos, defendernos o impresionar a los demás.
¿Cómo darnos cuenta de que estamos viviendo desde la máscara? Un sencillo ejercicio: En una máscara, durante un tiempo, escribir en la parte externa cosas que hago para adaptarme, encajar o impresionar y en la interna, las que no muestro.
Y la del millón: ¿Cómo quiero vivir? No olvidemos que siempre, aunque no nos lo creamos, es más valioso lo de dentro que lo que queremos aparentar ser.




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