A los ochenta años uno no puede decir, sin mentir descaradamente, que está mal. Tampoco puede decir que está bien. Lo socialmente aceptable es afirmar, con una sonrisa resignada: “Bueno…, todo me duele un poco”.
No es una queja. Es un parte meteorológico.
Porque el dolor, a esta edad, no es una tragedia puntual, sino el estado general del clima corporal. Como la humedad en algunas ciudades: no siempre se ve, pero siempre está. Uno se levanta por la mañana y el cuerpo pasa lista. La rodilla izquierda se manifiesta la primera, por pura tradición. La espalda protesta con argumentos antiguos. El cuello recuerda una mala postura continuada. Y los pies, siempre exagerados, actúan como si hubieran cruzado el desierto, cuando lo único que han hecho es ir hasta la cocina.
Antes, cuando algo dolía, había causa y efecto. Me dolía la muela: dentista. Me dolía la garganta: gripe. Me dolía el corazón: susto. Ahora no. Ahora duele porque sí. Porque el cuerpo ha decidido convertirse en una especie de museo arqueológico donde cada sala contiene una pieza con su pequeña explicación: “Esta molestia corresponde a cuando cargó usted aquella maleta imposible.” “Este pinchazo es recuerdo de sus años de optimismo deportivo.” “Este crujido viene de serie.”
Y sin embargo, esto es importante decirlo, uno se acostumbra. El dolor leve y persistente acaba formando parte del carácter. Se integra. Como las canas, que al principio escandalizan y luego resultan hasta respetables. Hay dolores que ya ni se sienten: se saben. Están ahí, como un pariente pesado al que no se invita, pero que siempre aparece.
La juventud cree que la vejez es una suma de grandes males. Error. La vejez es una colección de pequeñas incomodidades perfectamente organizadas. Nada grave, pero todo constante. No te incapacita, te entretiene. Cada movimiento es una negociación. Levantarse de una silla se convierte en una coreografía lenta, calculada, casi artística. Incluye apoyo de brazos, pausa reflexiva y un sonido gutural que no estaba en el guion original de la vida.
Lo curioso es que, pese a todo, uno sigue adelante. Sale a la calle. Opina. Se ríe. Porque el cuerpo podrá quejarse, pero el ánimo, cuando se le deja, es sorprendentemente resistente. A veces incluso se siente joven, hasta que se agacha a recoger algo del suelo.
Hay una ventaja incuestionable en todo esto: la autoridad moral del dolor. A los ochenta, si dices “me duele”, nadie te contradice. Nadie te ofrece soluciones absurdas. Nadie te manda estirar. El dolor a esta edad ya no se discute, se respeta. Es casi un título honorífico. Podría incluirse en el currículum: “Ochenta años. Experiencia vital. Dolor generalizado, bien llevado.”
Además, el dolor tiene memoria. Te obliga a ir más despacio, y al ir más despacio, miras más. Observas. Escuchas. Recuerdas. La prisa se va retirando discretamente, como alguien que entiende que ya no pinta nada en la conversación. Y entonces descubres que hay placeres que no duelen en absoluto: una charla sin reloj, un café tranquilo, una risa inesperada, una tarde que no exige nada.
Claro que hay días malos. Días en que el “un poco” se vuelve “bastante”. Días en que el cuerpo parece haberse puesto de acuerdo contra ti. Pero incluso entonces, si uno mantiene el sentido del humor, esa última articulación que conviene no dejar oxidar, se sobrevive. Reírse del propio dolor no lo cura, pero lo domestica.
Así que sí: todo me duele un poco. Pero sigo aquí. Pensando. Sintiendo. Agradeciendo. Porque mientras el dolor sea “un poco” y no “demasiado”, mientras pueda decirlo en voz alta y con ironía, significa que todavía estoy participando en la vida. Aunque sea con pasos cortos, movimientos medidos y alguna que otra mueca. Y no es poca cosa.
Aprendamos a valorar hasta el dolor, a constata que todo me dueleun poco. Y que tengamos la osadía y el aciertomde contarlo para desahogo personal y paraqué muchos vayan asimilando el tema. Es cuestión de días, de dejar pasar el tiempo.




Bueno, uno diría que, antes de acostumbrarse a las molestias físicas, llega, quizá al ser ya setentón, la dolorosa memoria de las oportunidades desaprovechadas, las falsedades que dimos por ciertas, las certezas que ahora sabemos falsas, las decisiones que no debimos tomar, los momentos fallidos, los ridículos hechos, las inferencias y conclusiones indebidamente alcanzadas, las veces que decepcionamos, los hervores que nos faltaron… A mí esto me duele más, pero cada persona es única a lo largo de su vida.