No hay sociedad sin normas de convivencia. Cualquier organización o institución posee un desarrollo básico de normas para su buen funcionamiento. Igualmente puede considerarse necesario en la propia familia, ya que es la institución básica de cualquier sociedad, donde los más pequeños adquieren valores y normas, y al mismo tiempo se transmite la importancia de su cumplimiento.
Esto les permitirá establecer, a medida que crecen, buenas relaciones en otros entornos: el cole, club deportivo, comunidad de vecinos o el trabajo, respetando siempre a los demás “con educación”.
Quizás el COVID nos hizo replantearnos la importancia de estas normas a nivel familiar, al hacer más extensa e intensa nuestra convivencia en casa. Y este lluvioso invierno que ha obligado a intensificar bastante la convivencia familiar, reabre esta reflexión.
Cuestión de liderazgo
Pero, ¿hay algo más importante que las normas? Hoy la cultura organizacional habla de liderazgo. Lo define como esa fuerza motriz que transforma reglas formales en cultura organizativa. Este enfoque sustituye el modelo de obediencia a unas normas establecidas por un liderazgo de calidad que fomente el compromiso voluntario del sujeto con la cultura de su organización; generando madurez en el líder y el equipo.
En el ámbito familiar, esto está relacionado con el crecimiento de los hijos: no podemos pretender que un niño pequeño lleve a cabo determinadas conductas por razonamiento o interpretación consciente de la cultura familiar, sino debe ir respirando un clima que le lleve de adolescente o joven a actuar conforme a esa cultura.
En el hogar este enfoque es sin duda un valor añadido a la crianza de los hijos. Les ayudará a interpretar los ambientes y saber actuar en las claves consideradas hoy más exitosas. Hoy se habla más de ambiente o clima que del mero cumplimiento de normas, propio de una cultura del miedo ya obsoleta, más característica de instituciones piramidales y rígidas, como aún se observa puntualmente en el ejército.
El liderazgo implica, en quien lo ejerce de manera madura y responsable, trabajar desde el modelado de actitudes y no desde un enfoque coercitivo, lo que nos lleva al sueño de los 9 años de nuestro fundador, cuando recibía la consigna: “no con golpes, con amor”.
Así pues, veamos como oportunidad desarrollar estas habilidades de liderazgo en nuestros hijos. Contribuiremos a que se conviertan en ciudadanos capaces de adaptarse a la cultura del siglo XXI, y de dirigir, llegado el caso, organizaciones de manera exitosa.




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