La Rueda de la Fortuna

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

6 mayo 2026

Historia y profecía

Soy una “Rueda de la Fortuna”. Al nacer me desvelaron mi destino. Rodaría de feria en feria. Me sostendrían maderas barnizadas y hierros que crujen levemente en cada giro. Los niños me contemplarían con ojos nuevos. Los mayores, anhelando un golpe de suerte.

Tan vivamente describieron mi existencia que la imaginé sin esfuerzo: se acerca un competidor, coloca sus manos sobre mi manubrio y lo impulsa. Yo giro susurrando un leve chirrido. Mis letras pasan veloces: A, B, C… Me detengo. Si señalo una letra afortunada, el aire se llena de risas. Si me detengo en una letra sin premio, siento el peso de la decepción.

Cuando ya había aprendido todos estos detalles, algo vino a trastocar mi misión. Sin saber cómo, me vi vagando por los paisajes oníricos del sueño de un joven sacerdote. Desorientación y perplejidad. Aquel cura tenía su mente poblada con los nombres de cientos de muchachos. Imaginaba para ellos un futuro lleno de oportunidades. Y lo más insólito: en su imaginación se unían sueños con realidad; rezos y oraciones con platos de polenta y panes recién horneados. Y allí estaba yo. Confundida. No me educaron para ser la imagen inmaterial de una visión.

Comenzó el sueño. Mi propietario, que vestía levita y sombrero de copa, invitó al sacerdote a que hiciera girar el manubrio. Don Bosco dio un impulso a la manivela. Tan solo pude hacer un giro. Pero, ¡oh, maravilla!, en lugar de señalar una letra, apareció sobre mi cuerpo la imagen del Oratorio.

Mi dueño apremió a Don Bosco para que impulsara nuevamente la manivela. Giré otra vuelta completa. Sobre mi cuerpo, surgió el mapa del Piamonte. Al tercer giro, emergió el de Europa. Al cuarto, mi superficie se llenó con un mapamundi que mostraba todos los continentes.

Don Bosco estaba perplejo. Mi dueño le explicó: “Cada giro, representa diez años en la vida del Oratorio. Cada mapa señala regiones y continentes por donde se extenderá la obra que ahora inicias. El Oratorio que cuidas es tan solo una semilla. Crecerá. Sus ramas se extenderán por todo el mundo”.

El rostro de Don Bosco mostraba estupor. Tras un breve silencio, el joven sacerdote alargó nuevamente su mano hacia el manubrio. Se disponía a dar un nuevo impulso. Pero mi dueño se lo impidió tomándole del brazo y negando con la cabeza.

Creció un silencio denso. Fue tan honda decepción de Don Bosco al ver truncado su deseo de seguir haciéndome girar para escrutar el futuro, que se despertó sobresaltado. Yo desaparecí en ese mismo instante. ¡Cuánto me hubiera gustado seguir deambulando por la imaginación de Don Bosco! Algo me decía que aquel joven sacerdote sabía cómo transformar los sueños en realidad.

Nota. Junio 1856. Don Bosco cuenta a sus muchachos un sueño: “La Rueda de la Fortuna”. Cada giro de esta atracción de feria muestra diez años de la vida del Oratorio. Se extenderá progresivamente desde Valdocco hasta los confines del mundo (MBe V, 327-328).

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

También te puede interesar…

La conciencia sintética

La conciencia sintética

Paolo Benanti (franciscano, teólogo y consultor del Vaticano y la ONU para cuestiones de IA) reflexiona sobre cómo el...

A lo Escarlata O’Hara

A lo Escarlata O’Hara

Cuántos de nosotros habremos visto o leído Lo que el viento se llevó. Cómo olvidar a ese Clark Gable y a esa Vivien...