Madre coraje

El Rincón de Mamá Margarita

7 mayo 2026

Begoña Rodríguez

Begoña Rodríguez

No pude preguntarle el nombre, no me dio tiempo, pero la seguí con la mirada hasta que desapareció en el ascensor, con su niñita a cuestas, y un largo camino que recorrer hasta llegar a Colombia.

De aquel día recuerdo que caminaba hacia la estación de Atocha, de vuelta a casa, con paso tranquilo y observando el mundo, como acostumbro a hacer. Siempre la misma acera, los mismos semáforos, idénticos comercios… y nunca las mismas personas en el recorrido. Rostros que cambian, pasos que dejan diferentes huellas y siempre alguna sonrisa que te recuerda que hay mucha gente que es feliz.

La vi a unos metros, lejos de la parada del taxi, las maletas en el suelo, esparcida su vida a la vista de todos, nadie paraba, su niña lloraba, me pareció que estaba muy cansada. No llegaría a los dos años, ojos grandes y oscuros —como su pelo— que quedaba recogido en dos trencitas perfectas. Una de las maletas era enorme, la otra algo más pequeña. Llevaba en un brazo a la niña, en el otro una silla de coche, una bolsa cruzada a la espalda…

­­—¿Vas a la estación, verdad? ¿Te ayudo?

No dijo una sola palabra. Me tendió la maleta grande y me puse a caminar a su lado. Lo que pesaba aquella maleta lo descubrí cuando llevaba solo dos minutos caminando y ya me dolía la mano. Ella seguía haciendo equilibrios con la niña, la silla, la bolsa, la otra maleta, sin quejarse.

—¿Te cojo la otra?

Ni una palabra. Me dio la maleta pequeña y se acomodó mejor a la niña en el regazo. Yo no podía creer lo deprisa que andaba, empecé a fatigarme un poco por el peso de las maletas, me dolía la mano derecha. Recé para que su destino no estuviera muy lejos.

Atravesamos la estación y parecía perdida.

—Puedes preguntar aquí, te dirán la vía de salida.

Paró y mostró su billete, le indicaron la segunda planta.

Me miró y la seguí. En una esquina encontramos unos carritos para llevar maletas. Dejó a la niña en el suelo que se puso a llorar y a mirarme como si fuera a llevármela a alguna parte. Realmente se la veía muy cansada.

Sentó a la pequeña, acomodó las maletas en el carro y la silla también. Entonces se dio la vuelta y me dijo:

—Que Dios te bendiga. Tengo que coger un tren a Málaga y de ahí un avión a Colombia. El taxista me dejó muy lejos de la estación.

Me abrazó y se fue al ascensor.

Yo me quedé allí parada un buen rato, incapaz de ir hacia la zona del Cercanías. Quise pensar que encontró gente en el camino que le ayudó con su equipaje y pudo llegar a Colombia. Allí estará ahora con las maletas deshechas y su niña de ojos grandes. Quise encontrar en mí ese sentimiento de bienestar por ayudar a alguien, de la buena obra del día y esas cosas que decimos, pero no lo encontré. Sentí un vacío enorme que solo pudo llenar la oración.

Bienaventurados los limpios de corazón.

Le di gracias a Dios por haberme encontrado con ella y descubrir mi pequeñez.

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