La familia, ¡ese bendito lío que nos llena el alma!

Aprendiendo a Vivir

14 mayo 2026

Dolores Barrio

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Pasar tiempo con los hijos y saber resolver los problemas con atención y calma resultan dos condiciones que unen más a las familias.

A ver, seamos sinceras: a veces la familia no es un anuncio de televisión. Como madre y ahora que estreno el título de abuela, me he dado cuenta de que la familia es más bien como un huerto. Tiene sus días de sol radiante, pero también sus plagas y sus tormentas. Y no pasa nada, porque lo importante no es que el jardín sea perfecto, sino que la tierra esté viva.

Menos “cosas” y más “ojos”

Cuando mis hijos eran pequeños, vivía estresada queriendo darles “lo mejor”: la mejor ropa, el mejor colegio… Pero ahora, viendo a mi nieto, me doy cuenta de que lo que ellos buscan es algo mucho más barato y difícil de dar: nuestro tiempo.

  • Mirar de verdad: No vale escuchar con el móvil en la mano. Hay que mirar a los ojos. Eso le dice al otro: “Para mí, ahora mismo, el mundo eres tú”.
  • Los pequeños mimos: Ese bizcocho que huele a tarde de lluvia o el abrazo apretado al llegar a casa. Esos son los ladrillos de verdad.

El sofá de la paz

Os cuento una de las mías. Cuando mis hijos eran adolescentes y saltaban chispas por los horarios o los estudios, inventé el Sofá de las Reconciliaciones. La regla era sagrada: nadie se iba a la cama enfadado. Teníamos que sentarnos diez minutos juntos, sin reproches.

Al principio eran caras largas y silencios de esos que pesan. Pero una noche, mi hijo simplemente apoyó su cabeza en mi hombro y susurró: “Perdón por lo de hoy, mamá”. Se me rompió el alma de alegría. Ahí entendí que el amor no es sólo no pelearse, sino querer volver a sentarse juntos después del lío.

La receta de Don Bosco

Esto me recuerda mucho a lo que decía Don Bosco: “No basta amar a los jóvenes (hijos), es necesario que ellos se den cuenta de que son amados”.

A veces trabajamos como mulas por ellos y pensamos que lo entienden. ¡Pero hay que decírselo! Hay que ser “pesados” con el cariño, con esa Amorevolezza que él predicaba. Al final, como dice el Evangelio, hay que hacerse como niños (Mt 18,3). Mi nieto me lo enseña cada día: me enseña a desarmarme con una sonrisa y a descubrir que el mundo entero cabe en la palma de su manita.

La familia no tiene que ser de postal, solo tiene que ser ese sitio donde, pase lo que pase, siempre puedas volver.

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