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Una mirada salesiana con lentes progresivas

10 septiembre 2026

Unas lentes progresivas son aquellas gafas que permiten ver de cerca y de lejos sin necesidad de cambiar de cristales. La mirada se adapta a la distancia. Mi enfoque es doble: por un lado, la perspectiva educativa y evangelizadora de la situación que todos conocemos; por otro lado, una mirada sobre los que vienen de lejos y los que acogen, los de cerca.

Ceuta, de la periferia al corazón

He estado en Ceuta unos días. No como periodista, ni como investigador. Simplemente he querido estar, mirar y escuchar. Venga, soy sincero, estuve en Ceuta porque pensé pasar unos días con mi familia y descansar este verano; luego pasó lo que pasó, y como no nos devolvían la reserva, acabamos yendo a pasar unos días a ver qué nos encontrábamos. Además, vivo en una ciudad vecina, nos separan apenas 30 kilómetros y la Ciudad Autónoma pertenece a nuestra diócesis.

Y mientras estaba allí pensé cómo nos interpela una situación como esta. Seguimos las noticias, nos posicionamos en nuestros comentarios, seguimos consumiendo publicaciones que solo alimentan nuestras posturas y poco más, nuestra vida sigue igual. Pero la pregunta no se apaga: ¿cuál es nuestro lugar en situaciones como estas?

Mirar de lejos

Cuando miramos a los que vienen de lejos, las categorías empiezan a tener rostro. Dejan de existir «los migrantes» y aparecen personas concretas. Jóvenes con un nombre, una historia, una familia que quizá está lejos, unas razones que los han llevado hasta aquí, unas expectativas, unos miedos y unos sueños. Algunos han llegado siendo menores y solos. Otros son jóvenes adultos. Cada uno trae consigo una historia y una motivación diferentes.

Hay algo que también ocurre cuando miramos de cerca: descubrimos que acoger a una persona no significa renunciar a educarla. Una mirada verdaderamente humana no debería preguntarse únicamente qué podemos darle, sino también qué podemos ayudarle a construir. La acogida es el comienzo de un camino, no necesariamente su destino.

Pero las lentes progresivas tienen otra posición. Y desde cerca también hay personas. Están los vecinos de Ceuta. Están sus familias. Están sus niños y adolescentes. Están quienes llevan años construyendo su vida allí. Están quienes han vivido estos acontecimientos con preocupación, con cansancio, con miedo o simplemente con la sensación de encontrarse ante una realidad que les supera. También ellos necesitan ser escuchados. Y quizá esta sea una de las cuestiones que más nos cuesta afrontar como sociedad: reconocer que quien acoge también tiene derecho a expresar lo que siente.

Educar no consiste en decirle a una persona qué tiene que pensar. Consiste también en ayudarla a pensar, a poner nombre a lo que siente, a contrastarlo, a evitar generalizaciones y a descubrir que una preocupación legítima no tiene por qué convertirse en rechazo hacia una persona. Aquí también hay espacio para educar y evangelizar. Educar para la acogida no significa educar para el silencio.

Don Bosco también supo mirar

Cuando Don Bosco llegó a Turín encontró una realidad juvenil que no era la que probablemente había imaginado. La ciudad estaba creciendo. Muchos jóvenes llegaban desde otros lugares buscando trabajo y oportunidades. Algunos se encontraban solos, sin familia, sin formación, sin recursos y expuestos a todo tipo de dificultades. Don Bosco podría haberse limitado a lamentar aquella situación. Pero hizo algo diferente. Miró. Y después de mirar, se acercó. Don Bosco no entendió la acogida como una simple respuesta asistencial. Su propuesta fue mucho más ambiciosa: acoger, acompañar, educar, formar, enseñar un oficio, generar vínculos, abrir oportunidades, hablar de Dios, ayudar a construir un proyecto de vida y exigir también. Don Bosco no quería que aquellos jóvenes dependieran eternamente de alguien que resolviera sus problemas. Quería que pudieran convertirse en protagonistas de su propia historia.

Acoger no es solamente proteger. La sensibilidad social nos ha hecho comprender —y es algo muy valioso— que nadie debería quedar abandonado. Pero a veces podemos confundir protección con educación. Podemos confundir ayudar con solucionar; acompañar con sustituir. Y desde una perspectiva salesiana tenemos que ser capaces de mantener una tensión que no siempre resulta cómoda: acoger y exigir; acompañar y responsabilizar; comprender y pedir esfuerzo; ofrecer oportunidades y esperar una respuesta. La meta de la educación no es generar dependencia, sino autonomía.

Evangelizar es mirar todavía más lejos. Porque para nosotros educar y evangelizar no son dos caminos paralelos. Cuando acogemos a un joven, no solamente queremos que tenga cubiertas sus necesidades. Queremos ayudarle a descubrir que su vida tiene valor, que puede crecer, que puede tomar decisiones, que puede construir un futuro. Y queremos anunciarle también que ese valor no depende de su situación, de su origen, de sus capacidades o de aquello que haya vivido. Para un cristiano, hay una razón última para todo ello: cada persona es querida por Dios. Pero precisamente por eso el Evangelio no puede convertirse en una especie de buenismo que elimina toda exigencia. Jesús acoge, pero también llama. Perdona, pero también invita a cambiar. Levanta al que está caído, pero después le dice: «levántate». La misericordia no elimina la responsabilidad. La compasión no elimina la libertad. La acogida no elimina el esfuerzo.

Y entonces Ceuta deja de ser solamente Ceuta

Porque lo que allí hemos podido contemplar puede aparecer, con diferentes rostros y circunstancias, en muchos otros lugares. Jóvenes que son de aquí o vienen de allí, que viven en barrios vulnerables, que abandonan los estudios, que no encuentran trabajo, que se sienten solos, que necesitan protección, que necesitan que alguien vuelva a creer en ellos.

Y aquí aparece una pregunta que creo que deberíamos hacernos como Familia Salesiana: ¿Dónde están hoy nuestros jóvenes? No solamente dónde están nuestras obras, nuestros colegios, nuestras parroquias o centros juveniles, sino dónde están aquellos jóvenes que más necesitan una presencia educativa y evangelizadora.

Ser fieles a Don Bosco no consiste simplemente en mantener las formas que él puso en marcha. Consiste en mantener su mirada. Y eso exige flexibilidad, flexibilidad para estar donde hace falta. Significa algo más profundo: que nuestras estructuras nunca pueden convertirse en un límite para nuestra misión. Si los jóvenes cambian, tendremos que cambiar nuestras formas de acompañarlos. Si aparecen nuevas pobrezas, tendremos que aprender a reconocerlas. Si surgen nuevas periferias, tendremos que preguntarnos cómo hacernos presentes en ellas.

¿Cómo acogemos sin generar dependencia? ¿Cómo protegemos sin impedir que la persona crezca? ¿Cómo acompañamos sin sustituir? ¿Cómo exigimos sin excluir? ¿Cómo educamos a quien llega? ¿Cómo educamos a quien acoge? ¿Cómo evangelizamos en medio de todo ello? ¿Somos suficientemente flexibles para acudir allí donde los jóvenes necesitan que estemos?

Quizá la cuestión sea si nosotros seguimos teniendo la suficiente libertad, creatividad y valentía para salir a su encuentro. Don Bosco salió al encuentro de los jóvenes de su tiempo. Nosotros tenemos que aprender a hacer lo mismo con los jóvenes de nuestro tiempo. Quizá las preguntas no son tan nuevas y lo que ha llegado es el tiempo de las respuestas.

Quizá, a lo mejor, es cuestión de optar por tener más lentes progresivas para mirar y menos espejos donde mirarse.

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