Hace poco conocimos los nuevos resultados del informe PISA. Y no son buenos para España.
Podemos discutir las cifras, comparar comunidades autónomas, buscar culpables, hablar de leyes educativas, ratios, pantallas, familias, profesorado o administraciones. Seguramente habrá un poco de verdad en muchas de esas explicaciones.
Pero quizá deberíamos hacernos una pregunta más sencilla y mucho más seria: ¿Estamos dando a la educación la importancia que realmente tiene?
Porque detrás de PISA no hay solamente números. Hay chicos que tienen más dificultades para comprender lo que leen, para razonar matemáticamente, para relacionar conocimientos o para enfrentarse a un problema que no tiene una respuesta inmediata.
Y eso debería preocuparnos a todos.
Vivimos en una sociedad que ofrece a nuestros jóvenes una cantidad de información como nunca había existido y, paradójicamente, cada vez necesitamos enseñarles más a detenerse, pensar, comprender, discernir y hacerse preguntas.
Quizá uno de nuestros grandes retos educativos sea precisamente recuperar el valor de lo que exige tiempo y esfuerzo.
Leer despacio.
Escuchar.
Concentrarse.
Memorizar también cuando sea necesario.
Razonar.
Equivocarse y volver a intentarlo.
Escribir bien.
Dialogar con quien piensa diferente.
Aprender algo, aunque no resulte divertido a la primera.
La innovación educativa es necesaria. La tecnología puede ser extraordinaria. La inteligencia artificial abre posibilidades impresionantes. Pero ninguna herramienta puede sustituir lo esencial: un alumno que quiere aprender y un educador capaz de acompañarlo, exigirle, confiar en él y ayudarle a descubrir hasta dónde puede llegar.
Y tampoco podemos dejar sola a la escuela.
Educar es tarea de todos: familias, profesores, instituciones y sociedad. Cuando una sociedad rebaja el valor del esfuerzo, de la cultura, del conocimiento o de la autoridad educativa, tarde o temprano aparecen las consecuencias.
Por eso quizá PISA no debería servir para buscar culpables, sino para hacernos preguntas.
¿Qué educación queremos?
¿Qué estamos pidiendo a nuestros jóvenes?
¿Qué ejemplo les estamos dando los adultos?
¿Estamos preparando alumnos para aprobar o personas capaces de comprender el mundo y transformarlo?
En una casa salesiana, además, sabemos que educar es todavía algo más.
Don Bosco entendió que detrás de cada joven hay una vida que merece una oportunidad. Por eso educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Es creer en cada muchacho, acompañarlo, exigirle porque confiamos en él y ayudarle a descubrir que su vida puede tener sentido.
Los resultados de PISA pasarán sepultados por la avalancha informativa que se nos echa encima cada día.
Pero nuestros alumnos seguirán entrando mañana por la puerta del colegio.
Y ahí comienza de nuevo lo verdaderamente importante.
Porque esta es su casa.
Y una casa que educa no se limita a preparar para el próximo examen.
Prepara para la vida.




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