Una reflexión sobre Mt 10,26-33
Cuando Jesús invita a sus discípulos a “no tener miedo”, debemos tener cuidado de no reducir esta invitación a un eslogan superficial. Es una llamada, una palabra pronunciada por un maestro a quienes han elegido caminar y estar con él. Con todas sus limitaciones, los discípulos de Jesús son aquellos que ya lo han dejado todo para seguirlo. Jesús habla a personas que van descubriendo poco a poco qué significa la amistad con él y que merece la pena tomárselo en serio. Y es precisamente desde el interior de esta amistad desde donde el mandato de no tener miedo adquiere todo su peso.
“No tengáis miedo”: no es una elección, sino un descubrimiento
Podemos sentir la tentación de leer estas palabras como una llamada a sacar valor de lo más profundo de nosotros mismos, mediante la fuerza de voluntad o el pensamiento positivo. Pero no es así.
La invitación de Jesús no se basa en cálculos humanos. No es un optimismo vacío. Los discípulos, enviados por Jesús como “ovejas en medio de lobos” (Mt 10,16), se enfrentan a peligros y a una oposición reales. ¿Qué significa entonces, de verdad, “no tengáis miedo”?
“No tener miedo” solo es posible porque “algo” ha sucedido en quienes siguen a Jesús. Se ha creado una relación. Ha nacido una amistad, en el sentido más profundo de la palabra, que ha echado raíces en lo más hondo del corazón del discípulo. La amistad con Jesús es diferente de cualquier otra amistad. En él y con él descubrimos que somos conocidos y, por eso, sostenidos. Esta relación no es una metáfora sentimental. Es la gramática de la intimidad.
La ausencia de miedo es, por tanto, un descubrimiento del que vamos tomando conciencia lentamente, con el paso del tiempo, mediante la práctica de permanecer cerca de él: en la oración, en la escucha de su Palabra, en el encuentro sacramental, en el servicio a los pobres y a los jóvenes. Advertimos que, poco a poco, lo que comienza como esfuerzo se convierte en confianza. Lo que comienza como disciplina se convierte en amor. Y, en ese amor, el miedo no desaparece, pero pierde su dominio sobre nosotros. Ya no somos esclavos, sino libres, porque nos abraza el amor de Jesús.
Seguir a Jesús: un camino que enriquece nuestra humanidad
Jesús envía a sus discípulos, pero no los abandona. Todo el dinamismo de este pasaje es el de una misión vivida en el seno de un acompañamiento. Les dice a qué deberán enfrentarse. Les dice quién es su Padre. Promete dar testimonio en favor de ellos ante el Padre. Es decir, no se limita a darles instrucciones, sino que se entrega a sí mismo.
Y este es el corazón de la vida cristiana: no el cumplimiento de un código, sino el camino de confiarse a una Persona. “Seguir a Jesús” es una expresión tan familiar que corremos el riesgo de vaciarla de su extraordinario significado. Porque seguir significa ponerse en camino, dejar la seguridad de lo conocido y caminar hacia lo nuevo que va surgiendo: nunca solos, sino con Él, en Él y por Él.
La belleza de este camino es que no nos empequeñece ni desdibuja nuestra humanidad. Al contrario: es la senda de la plena humanización. Cuando confiamos en Jesús, cuando nos atrevemos a abandonarnos en Él, somos como el niño que se abandona en brazos de su padre. Nos reencontramos con nosotros mismos. Descubrimos una capacidad de amar, de resistir, de alegrarnos y de ser solidarios que no sabíamos que teníamos.
Esto es lo que el camino de la fe nos enseña, lentamente, pero con certeza: que estamos sostenidos. Que nuestra humanidad es preciosa a sus ojos. Que valemos más, infinitamente más, de lo que a veces nos atrevemos a creer.
Y de esa certeza de ser conocidos y amados sacamos la fuerza para afrontar los desafíos de la misión… sin miedo.
Declararse por Jesús: una identidad personal madura
“A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos”.
Este es el movimiento culminante del pasaje. Escuchémoslo con atención, porque puede malinterpretarse fácilmente. Declararse por Jesús no es un acto político. No consiste en adoptar una ideología, enarbolar una bandera o defender una causa en la plaza pública. El lenguaje de “declararse” podría sugerir un acto de compromiso público, una especie de posicionamiento estratégico. Pero no es esto lo que Jesús nos pide.
Cuando los discípulos hablan de Jesús a plena luz del día, cuando proclaman desde las azoteas lo que han escuchado en la oscuridad, no están representando un papel. Sencillamente, comparten aquello en lo que se han convertido. Hablan de él porque le pertenecen. Dan testimonio porque su vida ha sido modelada por la suya.
Declararse por Jesús significa, por tanto, acercarse a la verdad más profunda de lo que uno es. No es un momento de entusiasmo religioso ni de emotivo sentido de pertenencia social. Es el reconocimiento, madurado en la amistad con Jesús, de dejarse formar por la oración y el abandono confiado. Mi identidad está arraigada en mi “habitar” en Cristo Jesús.
Conclusión
“No tengáis miedo”: no porque el mundo se haya vuelto seguro. No porque la misión sea fácil. Sino porque Cristo Jesús nos conoce, nos ama y nos sostiene. Nos acompaña aquel que tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza y nos llama por nuestro nombre ante el Padre.
Pidamos que nunca nos falte la gracia de esta libertad, fruto de nuestra amistad con Jesús.




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