Adviento

22 de diciembre

EVANGELIO (Lc 1,46-56)

En aquel tiempo, dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como había anunciado a nuestros padres— en favor de Abraham y de su linaje por los siglos».

María permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa.

Tiempo interior

Dedica un tiempo de reflexión al comentario del Evangelio en Tiempo Interior, con José J. Gómez.

«Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador»

Vídeo 

 El sentido del Belén (Voces Esejota)

 

CATEQUESIS

PREGUNTA

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS NUEVOS OBISPOS ORDENADOS DURANTE EL AÑO.

Sala Clementina, Jueves, 14 de septiembre de 2017

RESPUESTA

El discernimiento es un don de espíritu a la Iglesia, al que se responde con la escucha

El discernimiento es una gracia del Espíritu al santo pueblo fiel de Dios que lo constituye Pueblo profético, dotado con ese sentido de la fe y de ese instinto espiritual que lo hace capaz de sentire cum Ecclesia. Es un don recibido en medio del Pueblo y orientado hacia su salvación. Puesto que desde el bautismo el Espíritu ya mora en los corazones de los fieles, la fe apostólica, la bienaventuranza , la rectitud y el espíritu evangélicos no le son extraños.

Por lo tanto, si bien recubierto de una ineludible responsabilidad personal (cf. Directorio Apostolorum Successores, 160-161 ), el obispo está llamado a vivir su propio discernimiento de pastor como miembro del Pueblo de Dios, es decir, en una dinámica cada vez más eclesial, al servicio de la koinonía. El obispo no es el «padre y patrón» autosuficiente ni tampoco el asustado y aislado «pastor solitario».

 

El discernimiento del obispo es siempre una acción comunitaria, que no prescinde de la riqueza del parecer de sus presbíteros y diáconos, del Pueblo de Dios y de todos aquellos que pueden brindarle una contribución útil, incluso a través de aportaciones concretas y no meramente formales. «Cuando no se tiene en cuenta de ninguna manera al hermano y uno se considera superior, se termina por enorgullecerse también contra Dios mismo» [1].

En el diálogo sereno, no tiene miedo de compartir, e incluso a veces de modificar, su discernimiento con los demás: con los hermanos en el episcopado a los que está unidos sacramentalmente, y entonces el discernimiento se vuelve colegial; con sus propios sacerdotes, de los que es garante de esa unidad que no se impone por la fuerza, sino que se teje con la paciencia y la sabiduría de un artesano; con los fieles laicos, para que conserven el «olfato» de la verdadera infalibilidad de la fe que reside en la Iglesia: saben que Dios no falla en su amor, y no desmiente sus promesas.

Como enseña la historia, los grandes Pastores, para defender la recta fe, han sabido dialogar con tal depósito presente en el corazón y en la conciencia de los fieles y, no pocas veces, han estado sostenidos por ellos. Sin este intercambio, «la fe de los más cultos puede degenerar en la indiferencia y la de los más humildes en la superstición» [2].

Os invito, por lo tanto, a cultivar una actitud de escucha, creciendo en la libertad de renunciar al propio punto de vista (cuando se muestra parcial e insuficiente), para asumir el de Dios. Sin dejarse condicionar por otras miradas, esforzaos por conocer con vuestros propios ojos los lugares y las personas, «la tradición» espiritual y cultural de las diócesis que os han confiado para adentraros respetuosamente en la memoria de su testimonio de Cristo y para leer su presente concreto a la luz del Evangelio, fuera del cual no hay futuro alguno para la Iglesia.

La misión que os espera no es llevar vuestras propias ideas y proyectos, ni soluciones abstractas ideadas por quien considera a la Iglesia como el huerto de su casa, sino humildemente, sin protagonismos o narcisismos, ofrecer vuestro testimonio concreto de unión con Dios, sirviendo al Evangelio que debe ser cultivado y ayudado a crecer en esa situación específica.

Discernir significa, por lo tanto, humildad y obediencia. Humildad sobre vuestros proyectos. Obediencia al Evangelio, último criterio; al Magisterio, que lo custodia; a las normas de la Iglesia universal, que lo sirven; y a la situación concreta de las personas , para las que no se quiere otra cosa que buscar en el tesoro de la Iglesia, lo que sea más fecundo para el hoy de su salvación (cf. Mateo 13, 52).

El discernimiento es un remedio contra la inmovilidad del «siempre se ha hecho así» o del «tomemos tiempo». Es un proceso creativo que no se limita a aplicar esquemas. Es un antídoto contra la rigidez, porque las mismas soluciones no son válidas en todas partes. Es siempre el perenne hoy del Resucitado, que nos impone que no nos resignemos a la repetición del pasado y tengamos el valor de preguntarnos si las propuestas de ayer siguen siendo evangélicamente válidas. No os dejéis aprisionar por la nostalgia de tener una sola respuesta para aplicar en todos los casos. Esto tal vez calmaría nuestra ansiedad de rendimiento, pero dejaría relegadas a los márgenes y «secas» vidas que necesitan ser regadas por la gracia que custodiamos (Marcos 3, 1-6; Ezequiel 37, 4).

Os recomiendo una delicadeza especial con la cultura y la religiosidad del pueblo. No son algo que tolerar, o meros instrumentos para maniobrar, o «una cenicienta» que hay que tener siempre escondida porque es indigna de entrar en el salón de los conceptos y de las razones superiores de la fe. Al contrario, hay que cuidarlas y dialogar con ellas, ya que, además de ser el sustrato que custodia la autocomprensión de la gente, son un verdadero sujeto de evangelización, del que vuestro discernimiento no puede prescindir. Tal carisma, donado a la comunidad de creyentes, no puede por menos que ser reconocido, interpelado e involucrado en la trayectoria ordinaria de discernimiento realizada por los pastores.

Recordad que Dios estaba ya presente en vuestras diócesis cuando llegasteis y lo seguirá estando cuando os vayáis. Y, en fin, todos seremos medidos no con la contabilidad de nuestras obras, sino con el crecimiento de la obra de Dios en el corazón del rebaño que guardamos en nombre del «pastor y custodio de nuestras almas» (cf. 1 Pedro 2, 25).

La Virgen, que permanece con la mirada fija en su Hijo, os guarde y os bendiga, a vosotros y a vuestra Iglesias particulares.