Alabanza de aldea

En el Manual de Escapología al que hice referencia en mi anterior artículo de opinión refiere Antonio Pau 30 modos de huida. ¡Casi nada! Yo, que siempre he creído en la pluralidad y en la diversidad, me he visto sorprendido. Hay que decir la verdad: no me he visto sorprendido en este campo por primera vez. Yo voy a hacer un intento de integrar (de resumir) esos 30 modos en 3, que quizás han sido y siguen siendo, en alguna medida, tres modos de huir de uso generalizado. Comenzaré por la “alabanza de aldea”, seguiré por la “huida a dos” y, finalmente, presentaré la “huida a paraísos artificiales” en sendos artículos.

Alabanza de aldea

El nombre, ni que decir tiene, se le debe a fray Antonio de Guevara y su Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539), obra en la que señala que “es privilegio de la aldea que no tengan los hombres en ella mucha soledad ni enojosa importunidad”.

Quizás sea esta una de las características más deseadas por el ser humano en “huida” a la aldea: el vivir en compañía, exorcizar la soledad, conseguir un equilibrio entre soledad y compañía. Sin duda puede haber otros elementos que hacen apetecible y deseable la huida, como pueden ser la tranquilidad, la paz y el descanso, pero no cabe duda que ese balance más ajustado de soledad y compañía está entre los más significativos.

La huida a la aldea, nos dice Pau, es distinta de la huida al desierto (anacoresis), al campo (Beatus ille), al bosque (fuga thoreana) o una isla (fuga robinsoniana). Se trata fundamentalmente de un nuevo paradigma. A partir del Renacimiento se va viendo la aldea como lugar deseable, porque las ciudades crecen, hasta que ya a principios del XVIII la aldea deja de ensalzarse como ideal y comienza a interesar la ciudad como tema literario y la corte como centro de poder.

Habría que recordar -sin embargo- (Antonio Pau lo trae a colación) aquello del Buscón: “Nunca mejora de estado quien muda solamente de lugar” (p. 82). Por consiguiente, añorar como tal un lugar no sería suficiente para salir de un estado de postración o de frustración.

Y las prisas, ¡ay Dios, las prisas! En un relato de Antonio Muñoz, titulado “El cortesano, el labrador y el sacristán” (1752) se dice: “En la Corte todos corren, y ninguno llega á tiempo: aquí es al rebés, caminamos de espacio, y siempre llegamos á buen hora” (permítaseme la licencia de escribir como entonces).

¿Tendría esto que ver con nuestras “salidas” (huidas) de fin de semana a los pueblos, con buscar asiento en los pueblos-dormitorio que rodean las ciudades, con nuestra fuerte itinerancia actual? A mí me lo parece.

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