Algo nuevo puede brotar: reformas necesarias

Muchos estamos tratando de vivir este tiempo de pandemia como una oportunidad para leer la vida de otra manera. Durante los primeros meses del estado de alarma, en mi comunidad compartimos el día a día con jóvenes en situación de riesgo de exclusión social. Estuvimos confinados alrededor de cuatro meses 4 salesianos y 17 jóvenes en el mismo espacio vital. Día y noche. Sin tregua. Compartiendo dificultades, sueños y esperanzas. Fueron días de responsabilidad ciudadana; crecimos en sentido de familia; alimentamos nuestro anhelo de fraternidad; alentamos, en fin, la esperanza en que nada debería ser igual tras el estado de alarma porque la solidaridad es la mejor vacuna contra el virus de las desigualdades y la falta de oportunidades para los más débiles. La situación se está alargando más de lo que hubiéramos imaginado. De nuevo un estado de alarma, algunos meses después, con confinamientos perimetrales o sectoriales y con toque de queda nos mantiene en vilo. Además de seguir extremando el cuidado y estar atentos a las recomendaciones sanitarias, de la experiencia de estos meses desde que empezó a propagarse el virus, podemos sacar algunas conclusiones también para nuestra vida religiosa.

En mi opinión, es urgente una conversión a tres niveles: espiritual, pastoral y estructural. Conversión espiritual porque hemos de volver constantemente nuestro rostro a Dios y tratar de recuperar una forma de vida religiosa más evangélica, más esencial, más auténtica. Necesitamos vivir en comunidades mas sencillas, más palpablemente fraternas y más en contacto con los pobres.

De aquí nuestra conversión pastoral. Nos lo ha recordado el Papa Francisco en estos tiempos de Coronavirus. Hemos de convertir nuestro corazón pastoral para salir al encuentro de los más vulnerables, de los últimos, para sanar heridas y abrazar soledades. Toda comunidad, dice el Santo Padre, ha de saber articular estrategias para salir de su confort y alcanzar otras periferias existenciales. No nos lo acabamos de creer o pensamos que no va con nosotros. Y resulta que basta un virus para poner patas arriba nuestras seguridades.

Conversión estructural, en fin, porque necesitamos un nuevo liderazgo religioso que no solo administre incertidumbres sino que abra horizontes. En pleno proceso de rediseño de nuestras presencias hemos de tener la audacia y el coraje de reinventarnos haciendo brotar realidades nuevas que nos ayuden a superar el vértigo de un repliegue invernal.

No estamos de broma. Ojalá que este tiempo de confinamiento y soledad nos ayude a todos a salir del abotargamiento que nos encierra en nosotros mismos satisfechos con que no tengamos demasiados sobresaltos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.