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Abriendo jaulas

Aprendiendo a Vivir

8 febrero 2024

Begoña Rodríguez

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Acompañar a los jóvenes es primordial y sumamente necesario. Sufren por muchos motivos. Uno de ellos es la comparación con sus semejantes, en su mayoría, negativamente. Esto les provoca vivir en sus propias jaulas.

En mi tarea de acompañar a jóvenes desde hace años he podido percibir lo que llegan a sufrir por compararse con otros. Aprender a vivir pasa necesariamente por aprender a aceptarse uno mismo con toda la misericordia con la que nos mira Dios. En no pocas ocasiones son muy duros consigo mismos y también con los demás.

No solo las redes sociales ofrecen elementos constantes de comparación, también el aula, la familia (en relación con hermanos o familiares próximos), el grupo de amigos… Como no se conocen bien, no se aceptan, y como no se aceptan no se valoran. Constantemente se ven interpelados por el juicio de los otros, sus comentarios o falta de amabilidad. La afabilidad está siendo sustituida por la ansiedad. Si no se sienten bien tratados, si lo que les pasa no les importa a sus semejantes o no son escuchados porque todo el mundo va muy deprisa, acaban cayendo en un círculo de inseguridad y miedo que les deja fuera de juego.

Encerrados en jaulas

Decía Virginia Woolf que “los ojos de los demás son nuestras cárceles, sus pensamientos nuestras jaulas”. Los jóvenes dan mucho poder a lo que se dice de ellos, detectan en los ojos de los demás si son amados, rechazados, considerados, despreciados… Y cuando las emociones que perciben son negativas se encierran en esas jaulas y cuesta mucho abrirlas para que respiren paz. Al contrario, basta que la mirada y el trato sean amables, que destaquemos aquello que les hace únicos para que disminuya la ansiedad y se sientan menos susceptibles a la comparación.

Quisiera en este espacio recuperar algunas palabras que nos ponen en sintonía con la relación interpersonal, con una mirada que acompaña a cada joven y lo rescata del borde del precipicio para colocarlo en el centro de su propia vida.

Benevolencia: querer el bien del otro.

Cooperación: hacer bien con otro.

Disponibilidad: estar abierto al otro para darse a él.

Afabilidad: dulzura y apacibilidad en el trato con el otro.

Respeto: aceptar al otro como distinto.

Tolerancia: aceptar las ideas del otro que son diferentes.

Misericordia: acoger la limitación y debilidad del otro.

Regalemos estas palabras a nuestros jóvenes y practiquemos su significado para que no se pierda la esencia de toda relación humana. Aprendamos a vivir mirando de tal manera que las jaulas de los demás se abran y ya no vean cárceles en nuestros ojos sino la firme convicción de sentirse amados.

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