Continuando con la reflexión que compartí en el número de diciembre, invito a abrir los ojos ante la gran crisis de atención con la que actualmente convivimos, porque “la crisis actual de la religión no puede atribuirse sin más al hecho de que ciertos contenidos de la fe hayan perdido su validez o de que la Iglesia haya agotado su credibilidad. Más bien habría que explicarla por una serie de razones estructurales que son responsables de la ausencia de Dios, entre ellas se encuentra el declive de la atención”.
El declive de la atención
En verdad, “el ruido ha matado a Dios”. Dios sigue estando ante nosotros, pero estamos tan embotados de ruidos internos y externos que nos falta la serenidad, silencio y paz para poder descubrirlo. La crisis de atención atrofia las facultades más nobles de nuestra alma y nos llena de “comida basura” que parece que nos alimenta, pero que a la larga nos deja insatisfechos. Esta comida está en la barra libre que la tecnología y sociedad de consumo ponen a nuestra disposición con información y entretenimiento de todo tipo, sin filtros, sin referencias éticas o sentido crítico, saturándonos de noticias, mensajes, vídeos, contenidos creados por centenares de personas que se van distribuyendo de acá para allá y que nos tienen permanentemente enganchados.
Hace poco, una persona me recordaba algo que le había dicho en una ocasión: “Cuando preguntes a alguien ‘¿Cómo estás?’, párate, mírale a los ojos y dale tiempo para que te pueda contestar”. La crisis de atención tiene también sus consecuencias en nuestro modo de relacionarnos con los demás. Podemos pasar por encima del otro acelerados por la prisa y urgencias y así, no darnos cuenta de lo que necesita, de lo que le está pasando, de lo que siente o sufre. La crisis de la atención empobrece y difumina nuestra condición de ser “imagen y semejanza de Dios” y nos reduce a la categoría de ídolos que “tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen”.
El alma humana lleva la impronta de Dios y cuidarla conecta con lo divino que hay en nosotros. La atención es el primer paso para la introspección, para dejar que en el silencio puedan reposar las cosas que se viven y nazcan en el interior de la persona, aprendizajes de vida. La atención permite mirar, contemplar y liberarnos de la autorreferencialidad del yo que quiere apropiarse de las cosas y que tiende a cubrirlo todo con sus propios deseos e intereses.
Los problemas complejos requieren un lenguaje adecuado, un tiempo de exposición, un proceso de maduración que la sociedad del ruido, la prisa y consumo acaba por llevarse por delante. Qué importante es saber buscar el gesto y palabra oportuna, el tiempo y espacio adecuado para que entre las personas se verbalicen sentimientos, se expresen ideas, se dialogue sobre la vida.
Sin atención no podemos rezar. Necesitamos descubrir a Dios que se revela en la vida con signos de sanación y salvación. Rezar requiere callar, silenciar los ruidos, abrirse a la “gracia” y contemplar con los ojos de Jesús a un Dios que se manifiesta para darnos su paz y esperanza. Recuperar la atención nos reconectará con Dios y nos ayudará a crecer en humanidad.




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