Celebra la vida

Aprendiendo a Vivir

8 enero 2026

José Ramón Alcalá-Zamora y Pérez

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La vida está llena de pequeñas ocasiones mágicas que también piden ser celebradas. No dejes pasar sin celebración aquello que sostiene tu vida.

Me atrevo hoy a compartir una intuición con quienes os asomáis a este rincón del Boletín: celebra la vida. Estos días hemos festejado en familia nuestro aniversario de bodas. Veintiocho años ya, por los que damos gracias a Dios y brindamos con la intuición de que lo mejor está por llegar.

Solemos reservar las celebraciones para los grandes acontecimientos: una graduación, un aniversario, un logro familiar. Y, por supuesto, esos momentos merecen fiesta. Pero la vida está llena de pequeñas ocasiones mágicas que también piden ser celebradas: levantarse tras un mal día, reencontrarse con alguien querido, pedir perdón, decidir cuidarte, descubrir que los tuyos tienen salud o simplemente haber tenido un día en paz. También eso merece un gesto de gratitud.

Celebrar, creer, sostener

Jesús lo mostró en parábolas llenas de alegría por cosas aparentemente insignificantes: una moneda encontrada, una oveja recuperada. Don Bosco, a pesar de pobrezas e incomprensiones, mantenía siempre un espíritu positivo. Su vida decía que celebrar es creer que el futuro puede ser mejor, que la esperanza también es una forma de fiesta.

Para él, la celebración era una herramienta educativa. Sabía que el corazón de los jóvenes se abre cuando experimenta alegría, pertenencia y libertad; por eso llenó el oratorio de música, juegos, teatro y momentos compartidos que daban color al día a día. Allí los muchachos no solo se divertían: aprendían a convivir, a reconocer sus talentos y a descubrir que la fe puede vivirse con gozo. La fiesta se volvía un lenguaje que acogía a todos, especialmente a quienes más necesitaban sentirse amados. Así, Don Bosco educaba mientras hacía felices a sus jóvenes, mostrando que celebrar la vida es también un camino para crecer.

Mi invitación es sencilla: no dejes pasar sin celebración aquello que sostiene tu vida. Detente ante tus propios “milagros cotidianos”: las personas que te aman, los caminos que se han abierto, las luchas superadas, los aprendizajes que te han moldeado. Cada uno de esos acontecimientos –grandes o pequeños– merece una palabra de gratitud, una pequeña fiesta interior. Celebrarlos no es un lujo: es reconocer que la vida es un regalo. Y cuando te atreves a celebrar lo esencial, descubres que la alegría no solo te llena a ti, sino que también se contagia a quienes caminan contigo.

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