Hilvanando bondad
Cuando falleció la señora Beatriz Lombardi, su esposo se sumió en triste soledad. Cada objeto de la casa, ahora vacía, le evocaba tiempos compartidos. Quizás fue la pena o la falta de coraje, el caso es que un día decidió desprenderse de las cosas que eran motivo de añoranza. Así fue como me vi obligada a emprender viaje.
Era yo una aguja de la señora Beatriz. Mi vida había transcurrido en su pequeño costurero de mimbre. Allí compartía espacio con las tijeras, los dedales, las bobinas y un huevo de madera para zurcir los calcetines. Los alfileres reposaban clavados en el alfiletero. Las agujas reposábamos en el canutero, ese pequeño cilindro hueco de madera que evita que enfermemos de óxido.
El esposo de la señora Beatriz conocía los esfuerzos de Don Bosco y su madre para ofrecer el calor de un hogar a los chicos pobres. Decidió llevarnos al Oratorio, por si fuéramos de utilidad.
Todavía recuerdo cuando Mamá Margarita me tomó entre sus dedos. Trazó con habilidad varias puntadas imaginarias. Me percaté también de decenas de blusas y pantalones apilados sobre una silla. Yo le ayudaría a remendarlos.
Andaba yo en estas cavilaciones cuando llegó un muchacho. Se acercó a Mamá Margarita. Sin atreverse a levantar la mirada, pidió que le cosiera un botón. La buena mujer, poniendo su dedo índice bajo la barbilla del chico, le levantó la cabeza con ternura de madre. Le sonrió.
Yo me apresté a ayudar a Mamá Margarita. Pero de pronto, ella dio un botón y una hebra de hilo al chaval. Le dijo: “Seguro que puedes cosértelo tú mismo. Hay que saber hacer de todo”.
Cuando quise reaccionar, el muchacho ya me había enhebrado. Luego, pasó mi delgado cuerpo por uno de los cuatro agujeros del botón. Traspasó la tela. Estiró el hilo. Repitió la acción.
Cuando parecía que todo iba bien, llegó la desgracia. Mi punta de mi acero se clavó en la yema de su dedo. Brotó sangre. Al ver sus ojos llorosos, mi corazón de aguja quiso pedirle perdón.
Azorada, busqué la mirada de Mamá Margarita. Pero ¡oh sorpresa!, ella sonreía. Indicó al chico que pusiera saliva sobre la herida, al tiempo que le decía: “Ánimo, que por ahí no se te va a salir el alma”.
Estos fueron mis inicios en el Oratorio. De la mano de aquella buena madre remendé blusones y pantalones… siempre a la luz de un quinqué. De ella aprendí que cada puntada suya no sólo zurcía prendas gastadas; remendaba también las heridas del alma.
De esta historia han pasado muchos años. Permanezco ahora en el silencio inmóvil de un museo. Pero albergo una secreta esperanza: que hagan santa a Mamá Margarita. Ese día yo me convertiré en su reliquia. Y mi acero de aguja proclamará con firmeza la infinita sabiduría de aquella madre buena que sabía comprender y exigir al mismo tiempo.
Nota: 1848. Mamá Margarita remienda las raídas prendas de los chicos del Oratorio. Se acerca un muchacho tímido para que le cosa un botón. Ella pone en sus manos aguja, hilo y un botón. Le enseña a valerse por sí mismo (MBe III, 291-292).




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