
Joana Monzó
La protagonista de mi historia es esta bicicleta. Parece una bici normal con su cesta, amarrada a un aparcabicis en una calle cualquiera junto a otras bicicletas. Pero esta bici me recuerda cada mañana que hay que afrontar la vida con una actitud constructiva. Que no merece la pena gastar energías en batallas que no llevan a ninguna parte. Y que los gestos amables siempre estarán por encima de las actitudes egoístas.
¿Y qué ha hecho esta bicicleta para despertarme ese sentimiento? Vivo en Valencia. En un barrio céntrico. Hace pocas semanas que hemos celebrado las Fallas y como en todas las fiestas de esta envergadura, una gran multitud ha visitado la ciudad, con sus consecuencias buenas y malas.
Esta bicicleta siempre está aparcada en el mismo lugar. En una esquina, en el cruce de dos calles. Esperando a su dueña o dueño para transportarlo adonde quiera que vaya cada mañana. En mi recorrido matutino allí aparece, un elemento conocido y cotidiano de la calle, como la farola o la papelera.
En Fallas las calles amanecen repletas de basura. Los dos primeros días de fiesta, cuando pasaba junto a la bicicleta sobre las 7 de la mañana, su cesta estaba llena de desperdicios: vasos de cartón, latas, papeles, restos de comida. Qué rabia me daba. Qué incívica es la gente, qué guarra… Y no era mi bici, y no era yo quien tenía que vaciar la cesta de basura cada mañana, pero me enfadaba, pensaba que empatizaba con su dueña.
Al tercer día, al pasar junto a la bici, vi que la cesta estaba protegida por una bolsita de basura, y por supuesto llena de desperdicios. Me hizo sonreír. Esa decisión inteligente, amable y hasta generosa -mejor en la cesta que en el suelo- me llevó a pensar que el día a día debe de construirse con gestos calmados, y que responder con desprecio desgasta más y te sitúa a la misma altura de quienes actúan desde el egoísmo. No digo que sea fácil, pero voy a intentar ser más como esta bicicleta.














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