Elogio de los diminutivos y de las cosas que apenas pesan
Todo comienza siendo diminuto y posee una tendencia, si no se frustra, a manifestar la generosidad de lo pequeño, del diminutivo. Hablamos de sucesos insignificantes generadores de increíbles historias, “diminutivos” llamados a ser “grandes”.
Hay días, tiempo habrá para experimentarlo a lo largo del presente año, que no se resuelven con grandes gestos. No piden decisiones épicas ni cambios de rumbo espectaculares. Son días que se sostienen con apoyos mínimos, como si la vida misma supiera que, en ciertos momentos, solo se puede avanzar porque se es diminuto, pequeño, mínimo. Ahí es donde el lenguaje, ese espejo fino de la experiencia, acude en nuestra ayuda con una herramienta humilde y poderosa: el diminutivo.
“Acabo mi tarea, y voy a fumar un pitillo”, dice mi amigo Pedro.
No es una declaración grandilocuente. No es fumar a secas, ni salir a fumar. Es un pitillo: algo breve, acotado, sin pretensiones. El diminutivo no describe solo el tamaño del objeto, sino su lugar emocional en el día. Es una pausa mínima, una rendija de tiempo que no pretende adueñarse de la tarde ni cambiar el curso de la vida. Apenas un paréntesis. Se reduce la gravedad de las cosas sin vaciarlas de sentido. Nos permite hacerlas habitables. Cuando decimos un poquillo, no estamos siendo imprecisos; estamos siendo humanos. Reconocemos que no necesitamos demasiado, que no aspiramos al exceso. Solo lo justo para volver a respirar.
“Cuando me siento agitado, bajo a caminar un poquillo”, comenta Rafa.
Caminar, en sí mismo, podría sonar a terapia, a propósito de enmienda, a plan de mejora personal. Pero caminar un poquillo es otra cosa. Es aceptar el desorden interior sin dramatizarlo. Es decir: no voy a arreglarlo todo, solo voy a mover el cuerpo un poco, a dejar que el ruido interno se desgaste con el roce de los pasos. El diminutivo actúa aquí como un antídoto contra la exigencia.
Vivimos rodeados de grandes proyectos, grandes cambios, grandes pasiones. Y sin embargo, la vida real se sostiene a base de ajustes mínimos. Un gesto pequeño, repetido, puede tener más efecto que una decisión colosal tomada una sola vez. El diminutivo, en este sentido, no empequeñece la experiencia, la hace posible.
“Aprovecho este paseo para rezar un poquito”, es mi experiencia.
También la espiritualidad encuentra refugio en lo pequeño. Rezar un poquito no es rezar mal ni a medias; es rezar con medida humana. Es reconocer que no siempre se puede sostener la atención, la fe o el silencio durante horas. Que a veces basta con una frase, un gesto interior, una presencia breve pero sincera. El diminutivo protege lo sagrado de la retórica excesiva. Aquí el diminutivo no niega la profundidad; niega la grandilocuencia. Es una forma de humildad verbal que acaba convirtiéndose en una ética de vida.
Decir un ratito, un poco, un poquillo es aceptar que somos seres de energía limitada, de atención intermitente, de fuerzas variables. Pero también es reconocer que lo pequeño, cuando se hace con cuidado, tiene continuidad. Lo que es demasiado grande se vuelve insostenible; lo pequeño, en cambio, puede repetirse mañana. Tal vez por eso los diminutivos nos reconcilian con el tiempo. No prometen transformaciones instantáneas ni resultados definitivos. Prometen algo más modesto y más fiel: acompañamiento. Un pitillo para cerrar una tarea. Un corto paseo para calmar la agitación. Una oración breve para volver al centro. Pequeñas anclas que no detienen la marea, pero impiden que nos hundamos. Decir solo un poquillo es negarse a la tiranía del exceso. Es afirmar que, a veces, menos no es menos: es suficiente.
Y quizá ahí radique nuestra verdadera fuerza. En recordarnos que la vida no siempre pide más, sino mejor. No más tiempo, sino un momento cuidado. No grandes gestos, sino pequeños actos sostenidos. Dichos, además, con palabras pequeñas, con diminutivos, para que no pesen demasiado.




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