Es curioso. Seguro que no lo habéis comprobado, pero en las Memorias del Oratorio escritas por Don Bosco hace 150 años (sí, como la Primera Expedición Misionera a Argentina) la palabra “pan” sale 13 veces y la palabra “madre”, 79. En este mes de enero, de Don Bosco, recordamos juntos algunos fragmentos que nos interesan.
Pan y madre
Margarita había pasado toda su vida ganándose honradamente el pan. Con él alimentaba a su familia y, además, siempre tenía su puerta abierta a los pobres.
“Mi madre y mi padre, eran campesinos que ganaban honradamente el pan de cada día con el trabajo y el ahorro” (6).
Su hijo Juan le enseñó que, en la capital, Turín, había unos pobres diferentes: eran jóvenes y abandonados. “Don Cafasso empezó por llevarme a las cárceles. Me horroricé al contemplar una muchedumbre de muchachos, de doce a dieciocho años; al verlos allí, sanos, robustos y de ingenio despierto, pero ociosos, picoteados por los insectos y faltos de pan espiritual y material” (88).
“Queriendo darles toda su vida, Don Bosco cayó gravemente enfermo. Me consta que unos cuantos peones de albañil ayunaron a pan y agua semanas enteras, sin disminuir sus pesados trabajos de la mañana a la tarde. Y si tenían un rato libre, iban presurosos a pasarlo delante del Santísimo Sacramento” (139).
Don Bosco “tuvo que volver a su pueblo para recuperarse. «Madre, le dije un día, tendré que ir a vivir a Valdocco; en razón de las personas que habitan en aquella casa, a nadie que no sea usted puedo llevar conmigo». Comprendió la contundencia de mis palabras y añadió enseguida: «Si te parece ser del agrado del Señor, estoy dispuesta a partir inmediatamente».
Y así Margarita y Juan se convirtieron en dos campesinos que además de dar el pan material, ofrecían mucho más. Un pan espiritual que Don Bosco concretó en una corta frase: Dame almas. Esto los hizo santos.
“Una tarde lluviosa del mes de mayo de 1847, al anochecer, se presentó un muchacho de unos quince años completamente empapado de agua. Pedía pan y alojamiento. Mi madre lo recibió en la cocina, lo acercó al fuego y, mientras se calentaba y secaba la ropa, le dio sopa y pan para restaurar sus fuerzas.
Mi buena madre le dirigió después un sermoncito sobre la necesidad del trabajo, de la rectitud y de la religión. Al final, le invitó a rezar las oraciones. Fue aquél el primer joven de nuestro internado” (145-146).
Hoy recordamos todo lo que Margarita hizo por los jóvenes: cocinar, limpiar, coser, las buenas noches; pero es importante también recordar todo lo que hizo como madre con Juan, su hijo. Cómo la forma de educarle influyó en él a la hora de tratar a sus chicos… y cómo fue capaz de orientarle, acompañarle en sus sueños, apoyarle y compartir con él su proyecto. Ojalá todas las madres, desde la humildad y el cariño tengan la oportunidad de acompañar y apoyar a sus hijos y sus proyectos con pan; pero, sobre todo, con amor.




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