Un fenómeno que no se limita al ámbito político. También se cuela en la vida cotidiana, en las familias, en las redes sociales y –de forma especialmente dolorosa– en el interior de la propia Iglesia. La polarización nace cuando se olvida la dignidad del otro y se sustituye la búsqueda de la verdad por la lógica del enfrentamiento.
Las tensiones internas, amplificadas por las redes sociales, reproducen esquemas ideológicos ajenos al Evangelio: bandos, etiquetas, descalificaciones, lecturas interesadas de la tradición o del magisterio. Se discute sobre la Iglesia como si fuera un campo de batalla, en lugar de caminar en la Iglesia como comunidad de discípulos. En el último consistorio de cardenales, León XIV invitaba precisamente a trabajar por la unidad pues, decía, cuando la comunión se resquebraja, el anuncio del Evangelio pierde credibilidad.
Don Bosco y la pedagogía del encuentro
La tradición salesiana ofrece claves muy actuales frente a este desafío. Don Bosco fue un hombre profundamente inserto en su tiempo, marcado por fuertes tensiones políticas, sociales y eclesiales. Sin embargo, nunca optó por el enfrentamiento estéril. Su respuesta fue educativa: crear espacios de encuentro, confianza y acompañamiento, especialmente para los jóvenes más vulnerables. A nivel social, sirvió de puente entre opciones opuestas, estableció relaciones con todos e insistió en la ‘amorevollezza’, hecha de amabilidad, afecto, cercanía, presencia y escucha.
Combatir la polarización es una tarea de todos. Para los cristianos supone una llamada a revisar el propio lenguaje y las propias actitudes. Tender puentes, educar para la fraternidad y cuidar la comunión no es ingenuidad, es una forma concreta de esperanza cristiana y una contribución necesaria al bien común. Necesitamos hoy menos trincheras y más patios, en el sentido más salesiano del término: lugares donde sea posible encontrarse, hablar, discrepar sin atacarnos. Y para ello, es necesario seguir apostando por educar a las nuevas generaciones –y educarnos– al diálogo y a un modo diferente de estar en el espacio público y en los patios digitales.




La polarización, entendida como la división de la sociedad en dos polos muy distanciados ideológicamente, constituye un grave problema SIN DUDA, y uno dejaría fuera la religión, que yo creo que ahí, en creer o no creer, nos respetamos todos. Bueno, dría que nos respetamos todos salvo sectores ultracatólicos, que resultan algo combativos (esto me recuerda, por cierto, el estatuto mundial de antiguos alumnos salesianos de don Ángel, en que se nos instaba a combatir “a toda costa”, con un compromiso promisorio social, político y económico, valores “no negociables”…).
En efecto, Javier, la polarización es un problema GRAVE; pero es que, si hay quienes se sitúan (partidos y votantes correspondientes; o sea, PP-Vox, por concretar) al lado de Netanyahu, Trump o Milei, los demás no podemos sino tomar distancia, porque queremos una sociedad abierta, justa, democrática, civilizada, alineada con los derechos humanos, para nuestros hijos y nietos.
La Iglesia, si percibo bien a monseñor Argüello, parece alinearse con Vox-PP y añorar el nacionalcatolicismo (aunque sea la izquierda la que se ocupa de los menos favorecidos); pero yo creo que hay que tomar distancia, sí, de quienes blanquean a los líderes citados. Y me apetecía hacer este comentario: acaso resulte oportuno. Por otra parte, me pregunto cómo sería el crecimiento de España (ya destacado en el mundo) si no existiera “la polarización” que lo dificulta (según señalas en tu premisa).