Polarización: una herida abierta en la convivencia

11 febrero 2026

Hace unos días, aparecía un informe internacional que señalaba la polarización como uno de los primeros problemas que dificultan el crecimiento de España. Observamos una creciente dificultad para el diálogo, la escucha y el reconocimiento del otro, y esto afecta seriamente a la calidad de nuestra convivencia democrática y social. Se empobrece el debate público: los matices desaparecen, se radicalizan las posiciones y todo se reduce a la lógica del “o conmigo o contra mí”. El resultado es un clima social cargado de sospecha, enrarecido, donde gritar parece más eficaz que argumentar. Y los medios de comunicación y las redes sociales amplifican estos esquemas.

Un fenómeno que no se limita al ámbito político. También se cuela en la vida cotidiana, en las familias, en las redes sociales y –de forma especialmente dolorosa– en el interior de la propia Iglesia. La polarización nace cuando se olvida la dignidad del otro y se sustituye la búsqueda de la verdad por la lógica del enfrentamiento.

Las tensiones internas, amplificadas por las redes sociales, reproducen esquemas ideológicos ajenos al Evangelio: bandos, etiquetas, descalificaciones, lecturas interesadas de la tradición o del magisterio. Se discute sobre la Iglesia como si fuera un campo de batalla, en lugar de caminar en la Iglesia como comunidad de discípulos. En el último consistorio de cardenales, León XIV invitaba precisamente a trabajar por la unidad pues, decía, cuando la comunión se resquebraja, el anuncio del Evangelio pierde credibilidad.

Don Bosco y la pedagogía del encuentro

La tradición salesiana ofrece claves muy actuales frente a este desafío. Don Bosco fue un hombre profundamente inserto en su tiempo, marcado por fuertes tensiones políticas, sociales y eclesiales. Sin embargo, nunca optó por el enfrentamiento estéril. Su respuesta fue educativa: crear espacios de encuentro, confianza y acompañamiento, especialmente para los jóvenes más vulnerables. A nivel social, sirvió de puente entre opciones opuestas, estableció relaciones con todos e insistió en la ‘amorevollezza’, hecha de amabilidad, afecto, cercanía, presencia y escucha.

Combatir la polarización es una tarea de todos. Para los cristianos supone una llamada a revisar el propio lenguaje y las propias actitudes. Tender puentes, educar para la fraternidad y cuidar la comunión no es ingenuidad, es una forma concreta de esperanza cristiana y una contribución necesaria al bien común. Necesitamos hoy menos trincheras y más patios, en el sentido más salesiano del término: lugares donde sea posible encontrarse, hablar, discrepar sin atacarnos. Y para ello, es necesario seguir apostando por educar a las nuevas generaciones –y educarnos– al diálogo y a un modo diferente de estar en el espacio público y en los patios digitales.

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