‘Psicopatocracia’

23 enero 2026

Ignoro si a alguien se le ha ocurrido el término, pero pienso que es el que mejor describe la situación actual. No es cuestión de alineamiento político o ideológico. Cualquier persona que no tenga el cerebro lavado por la delirante propaganda de los medios más leales a los poderes fácticos, se lleva las manos a la cabeza ante la cascada de desatinos que están asolando el planeta, bajo la batuta del trastornado presidente.

Hemos llegado ya a algo que se parece a un guión de Los Simpson, o a una pesadilla tragicómica: intervenciones militares; bombardeos a embarcaciones con asesinatos extrajudiciales sin prueba delictiva alguna; agresión a Venezuela, Irán, Yemen, Siria, amenazas de invasión  en  Panamá, propuesta de anexión de Canadá; bombardeos a varios países sin declaración de guerra, y todo ello al tiempo que el autor de tales atropellos se reclama candidato al premio Nóbel. Por no mencionar las redadas indiscriminadas de los agentes federales de la ICE; la surrealista política de aranceles; el bloqueo del Estado; y una larga lista de desmanes y disparates que ocuparían todo el espacio de este artículo.

Lo anteriormente mencionado, que ya es muy grave, no es lo peor. Lo peor y más destructivo es pensar que éste (y otros parecidos payasos sanguinarios) ha sido apoyado por millones de personas, y aún hay quienes le jalean sus tropelías. Por ejemplo, la flamante Nobel de la Paz, María Corina Machado, ya le había instado a invadir su propio país, en un alarde de pacifismo. 

Ahora el mundo contiene la respiración por ver cuál es el siguiente paso de este estrambótico personaje, a cuyas órdenes está el ejército más poderoso del planeta. Ha amenazado anexionarse Groenlandia, y, tal como están las cosas en la Unión Europea, es muy improbable que la reacción vaya más allá  de una limitada condena, en discurso comedido y moderado, para  no irritar al monstruo y mantener la actitud servil ante él.

Esta situación inimaginable hace unos años es el resultado de un largo proceso en el que hay muchas variables sociales, políticas, económicas… pero voy a detenerme a analizar al ególatra narcisista desde la perspectiva de la psicología.

El aludido es la viva muestra de un trastorno psicológico tipificado en el DSM-IV como “Trastorno de personalidad narcisista”, que se caracteriza, por decirlo rápidamente, por una egolatría desmedida; la falta de empatía, la crueldad hacia los débiles y las víctimas de sus antojos, el valor subjetivo de la verdad, la incapacidad de entender las razones ajenas; la incapacidad también de reconocer los propios errores y el afán por constituirse el centro de todo…

Si lo analizamos cuidadosamente, vemos que todo esto es lo que caracteriza a la inmadurez infantil: creerse el centro del mundo, y ser incapaz de salir de la propia perspectiva. Es lo que se denomina en términos del psicoanálisis, una “regresión a la infancia”. Es curioso que algunos psicólogos califican a la situación del niño consentido que no ha aprendido a reconocer una realidad más allá de él mismo, como el “Síndrome del emperador”. Porque el narcisismo ha sido, en mayor o menor medida, lo que ha definido a los poderosos de la tierra. Esto lo vemos personificado en el lunático que amenaza cada día a la humanidad si no se aviene a sus caprichos.

El narcisismo es la expresión de la inmadurez de un adulto que no ha crecido, porque jamás ha aceptado a los demás, que no son sino un objeto de juego entre sus manos. No existen leyes, ni códigos, ni convenios, ni alianzas. La única ley suprema es el antojo inmediato.

Si seguimos ahondando en el caso, descubrimos horrorizados que un psicópata así es lo que conviene a este sistema económico destructivo, porque la lógica interna del neoliberalismo es profundamente narcisista e inmadura. Es la búsqueda ilimitada del propio interés, aunque esto arrase la vida en el planeta, y provoque un reguero de guerra, destrucción y muerte. Hay quien critica a estos faraones preguntándose si se “creen Dios”.

Lo paradójico es que el Dios en quien creemos los cristianos se ha hecho niño, no para permanecer como tal, sino para mostrarnos la medida de un Amor que sale de sí mismo, que renuncia al poder y la fuerza; que está descentrado, y busca el bien del otro. El Dios que se revela en la Encarnación es el negativo de la foto que acabamos de describir.

Y nos propone ser “como dioses”, no desde el poder, pues ésa es la tentación diabólica, sino siguiendo el camino que se nos revela en la Navidad: Es el Dios que se somete en todo a la humanidad, “menos en el pecado”. Ése es el camino. Es el desafío que se presenta a toda persona: desandar el camino de la inmadurez narcisista destructora y desarrollar al máximo la imagen de Dios-Amor que todos llevamos dentro.

Vivir según el Evangelio es aceptar esta lógica que Dios nos marca: Es afirmar con la propia vida que el mundo puede cambiar desde el Amor, la empatía, y especialmente desde la perspectiva de quienes sufren esta máquina infernal del narcisismo egolátrico. El cambio se hará, no desde el Poder, sino desde el Amor. No desde arriba, sino desde abajo.

Y quienes creemos en el Dios del Evangelio estamos llamados a luchar con todas nuestras fuerzas para defender a las primeras víctimas de este sistema perverso: los pobres.

Porque el criterio supremo por el que serán juzgadas nuestras vidas será la sensibilidad hacia el dolor ajeno, y la prontitud de nuestra respuesta. Exactamente lo opuesto al ideal destructivo de los dioses de pacotilla.

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