“Seño, ¿por qué los curas y monjas no se casan?”, preguntó aquel pequeño de 9 años.
Mi respuesta siempre va en la línea de lo que significa ‘vida consagrada’. Cuando hacen esta pregunta, me paro a explicarles en qué consiste consagrar tu vida a Dios. Ponerlo en el centro de tu existencia y decidir, de forma consciente, que no habrá nada que te haga olvidar que Él está en el centro. Porque los cristianos sabemos que Él siempre está en el centro, aunque a veces se nos olvide.
Recuerdo que empecé a hablarle de los enormes sacrificios que conlleva la vida consagrada: obediencia, pobreza… Siempre tratando de hacer comparaciones con sus vidas, la suya y la de los otros veintiséis que escuchaban con atención. Que si no puedes dejarte llevar por deseos materiales, que si desaparecen los caprichos… Y enlacé con la alegría de saberse amados por Dios, con la felicidad que para las personas consagradas es tener clara su misión y vocación. Pero este niño no quedó convencido. “No sé, seño. No veo por qué eso no se puede hacer igual si estás casado”.
La cosa se ponía complicada, puse a volar mi mente buscando ejemplos y me devolvió uno muy obvio que procedí a explicar. “A ver, imagina que mamá o papá tienen una reunión de trabajo importante. Se arreglan para irse, están un poco nerviosos, pero han dedicado muchas horas a prepararla y tienen muchas ganas. De repente, tú te pones enfermo, tanto que necesitas ir al hospital y operarte de urgencia. Tus padres dejarán de ir a esa reunión porque tú, que eres lo más importante para ellos, necesitas de sus cuidados”.
“Pero, seño –no podía ser verdad, no había logrado convencerle–, ¿es que las monjas y curas no tienen familia? Digo padres o hermanos”.
Dudas profundas
El ejemplo de ponerse enfermo era extremo, como el niño dijo, puede pasarle a tu madre o tío y trastocar tu agenda también. Sin embargo, tener hijos, estar casado, afecta a nuestra vida, la mayoría de las veces sin trastocar la agenda. Y eso es, precisamente, lo que nos impide darnos al 100% a otra causa.
No son los acontecimientos extraordinarios, sino la sensación de no llegar a todo. Si doy más por mi vocación educadora, si dedico más tiempo a esto, disfruto de los frutos obtenidos por esa vida regalada. Pero cuando la balanza se inclina un poco más hacia ese lado, algo en casa se resiente. Y la culpa pesa, la sensación de no hacer lo correcto duele y el miedo a fallar aparece. Esa es la gran diferencia.
Expliqué esto a la clase con la sinceridad de la que fui capaz. Hablé de lo difícil que es querer estar a la altura y darlo todo, como las personas de vida consagrada, y tener que ponerte límites para cuidar de la familia que elegiste formar. A la que amas sin medida…
“Seño –dijo de nuevo con una sonrisa– tú, tranquila. Porque querer a tu familia también es querer mucho a Dios”. Nada más que añadir, Señoría.




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