Como el agua y el aceite, Iglesia y prensa

Lluís Pastor, director de los estudios de comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya, tiene toda la razón cuando afirma: “El foco de cualquier comunicación siempre eres tú y no yo”. Y remacha: “El desconocimiento de este principio ha provocado a lo largo de la historia, y aún hoy -es más, especialmente hoy-, el malentendido de la comunicación”.

Si la Iglesia en nuestro país creyera de veras en este principio y lo aplicara en su relación con los medios de información, otro gallo cantaría.

La comunicación de la Iglesia española a través de los medios de masas (prensa, radio y televisión) y los medios sociales (internet, portales y redes sociales), a mi parecer es claramente mejorable. Pero delimitemos este campo tan amplio: nos fijamos aquí en la presencia de la Iglesia en la prensa, radio y televisión de alcance superior al ámbito digamos “local – parroquial” y en medios que no sean propios de ella.

Echo en falta programas religiosos o con contenido religioso que se dirijan a un público no previamente convencido; faltan espacios de frontera saliendo al encuentro “en el atrio de los gentiles”; no hallo en los medios debates de altura sobre temas de calado religioso o moral. Seguramente tampoco estos estén del todo interesados, pero en otros países e incluso aquí en épocas pasadas, han sido posibles. Nuestros pastores con frecuencia han entendido los medios “católicos” o los espacios “católicos” como altavoces pregoneros de las respuestas oficiales, de catecismo o de manual, y no tanto como medios a la escucha de las preguntas religiosas que los destinatarios realmente se hacen.

Y por parte de los representantes eclesiales que han de comparecer ante los medios, observo un esfuerzo en los últimos años, pero queda mucho por avanzar en el uso de un lenguaje menos sacral, comprensible por una sociedad cada día más laica; falta trecho en el servicio a la verdad con humildad y, sobre todo, con caridad. Deviene imperativo el ponerse a la escucha de los interlocutores y responder con claridad, sencillez y sinceridad, cuidando el escenario, pues estamos en una cultura del espectáculo y esos detalles cuentan, y mucho. Ante los medios, no funcionan nada bien los tonos homiléticos, las declaraciones sin preguntas, la huida de las preguntas incómodas, los silencios ominosos ante problemas que acucian a la sociedad, pero rara vez son afrontados en tomas de posición públicas y valientes por proféticas.

Constatamos también esfuerzos sinceros por comunicar más y mejor. Los Premios Bravo, de Comunicación por parte de la Conferencia Episcopal, son un buen ejemplo de diálogo de la Iglesia española con los medios; las facultades de Ciencias de la Información de las Universidades católicas también se esfuerzan por preparar buenos comunicadores eclesiales.

El papa Francisco, bien asesorado por un excelente equipo de comunicadores, es él mismo un consumado modelo de comunicación eclesial con los medios, pero principalmente con la gente, creyente o no. Francisco comunica con toda su persona, con sus gestos, sus palabras medidas y claras, sus eslóganes certeros. Su ejercicio de comunicación puede que no llegue al milagro de mezclar el agua con el aceite, pero seguro que sí al milagro de convertir el agua de la desconfianza en el vino de la buena comunicación, como en las bodas de Caná.

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