Cruel salivazo innecesario

Santa María de los “mocosos” vascos

Quisiera ser más fuerte que el destino ruin, pero en vano. No sé.

Siempre tienes que penetrar en una vastedad desconocida. O sea.

Amigo Javier, el mundo tendrá que reponerse del paso de determinadas personas por la vida. A partir de ellos, oye, la vida basura tiene algo de autopista. Y es que la exaltación del “ego”, del apellido más vulgar, del machismo y del neofascismo moral son una forma de ser vengadora.

El viento hojea las páginas de mi breviario. Lo cierro por las noches sin haber leído con atención los salmos pertinentes. Mi padre me preguntaba para qué me servía. Fue siempre persona curiosa y no sentía escrúpulos en entrometerse. Yo le respondía que la oración es cuestión de amor. La oración, como el amor, como la sal, conserva mejor.

Le atravesaba con los ojos que tendría de nuevo de viejo. Ahora.

Convocado por un aviso balístico en cuenta de correo electrónico me pongo en camino. Tomo el Alvia Madrid-San Sebastián que pasa por Pamplona y tiene parada en Zumárraga.

En medio del aquelarre de mis días en Sanidad Madrid tengo que hacer un alto en el camino y arrancar hacia el País Vasco. Ya ya.

Parece difícil escapar del vértigo confuso que me genera. Pero no hay más remedio. “Le dijo la sartén al cazo / zozoak beleari, ipurbeltz”: pero no hay más remedio.

Subo en “Puerta de Atocha” y deposito mis “pensamientos sanitarios” entre lo consultado a Paquico Castillo Acero y lo vivido en la visita al Museo de la Salud de Bilbao, de la mano de Ander Manterola y Jon Elorriaga y los museos de Barcelona. “Paquico” un grande de la promoción turística en España. La Developing Natural Activities, DNA, que rasga la memoria por el mundo y engendra el valor de la humanidad.

Solo me queda ya la almoneda del viaje.

El 8 de septiembre se me va en el fragor del Alvia entre mis expectativas y algunos propósitos talados.

Mientras las ramas de los árboles vacilan moribundas bajo el traqueteo del tren, yo doy vueltas y más vueltas al precioso libro de Vicenzo Recchia: El Cantar de los Cantares en San Gregorio Magno. Tengo que introducirlo en el bombo de los capítulos del trabajo de esa bendita mística azkoitiarra, sea como sea.

En Zumárraga, a pie de andén, me espera Txema Egizabal, el grande.

Le deposito todos mis saludos.

– En marcha. – En marcha. – ¿Todo bien? – Todo bien. – Esta emergencia la convoca Tellechea y Laboa arzobispo. – Ya tenía ganas de venir. – Hay motivos y para qués.

Callado y muy embutido de “Nunca jamás” entro en la Casa Negra, endeudándome con otras casas. Azkoitia proscribe a sus ausentes. Quien no la habita es inscrito en el registro secreto de los expulsados.

– Ongi etorri. – Ongi etorri. – Ongi arkitu. – Ongi arkitu. – Pero Paco. – Pero Nerea. – Pero JuanBa. – Pero Paco. – Señor Duque. – Don José Ignacio. – Señor Guibert. – Pero Joseba. – Esei zaitezte!

Y nos sentamos todos.

Azkoitiarra es título sólo para residentes, el nacimiento no basta. Cuenta quien se queda, cualquier otro es forastero. Azkoitiarra: depende mucho más de su monte Jaizkibel, levitado a base de las fusiones de sus ocho cerros. Bueno.

Amigo Javier, no trato de tejer una historia más; estoy tratando de contar la verdad de “Santa María de los mocosos”. Tengo que cicatrizar ese vacío.

– ¿Entonces? – Entonces Padre Francisco está ya sobre el trabajo.

Joseba, después de una mirada inteligente, me hace un gesto. Yo callo y me acuerdo de cuando me invita a comer en los Caseríos de Zumaia, donde los caminos están ebrios de rosas.

– Cuando Paco asume un trabajo, Paco lo termina –observa Tellechea. Yo le doy la bienvenida y para lo que quiera –añade el señor Guibert, padre del actual rector de la Universidad de Deusto. – Enhorabuena y adelante –dice Nerea, alcaldesa de la villa. – Gobierno Vasco ayuda sin reserva –confiesa Juan Bautista, conseguidor de cinco millones de pesetas para mi curriculum, que tuve que presentar al efecto. – Arzobispo Laboa destaca que es un buen momento. Que echará una mano.

Yo me toco la nariz y recibo a cambio una áspera caricia de lengua en los labios.

Un poco embarazado irrumpe el Senador del Agua en Bruxelas.

– Sin embargo…

– Ni sin embargo, ni sin embarga… que te veo venir –frena Nerea.

– Trabajo de tanta enjundia es más propio de jesuita, ¿no os parece?

– Ya estamos; hay que ver –rezonga Nerea.

– Lanzados, como parece que estamos a toda velocidad, hay que contar con lo mejor.

– Lo mejor, lo mejor. Está visto. Ni con vosotros, ni sin vosotros.

– Yo, padre Francisco –puntualiza el Senador– yo no tengo nada en contra de usted, faltaría más. Sin embargo, trabajos de esta entidad son propios de jesuitas. Además hasta por su misma definición. La función de los salesianos es muy otra, ¿no? ¿Cómo diría yo? Los salesianos, cómo diría. Los salesianos con que “limpien bien los mocos a los enanos” tienen bastante.

En Loyola hay un par de jesuitas interesantes. Me comprometo a pararme con ellos y sacarlo adelante, mientras le damos respiro al padre Francisco y así puede dedicarse con mayor entrega a sus trabajos en Sanidad Madrid.

– Lo ves, ya sabía yo que…

Tellechea mira al señor Duque que tiene delante, sereno, educado, tranquilo.

– Umm qué café, don Francisco. Bebamos este café milagroso, más sabroso que el incienso.

– ¡Por la venerable Josepha Larramendi! –irrumpe Juan Bautista.

– Por la venerable, decimos todos.

“Por la venerable, que no es venerable ni nada”, me digo a mi mismo.

Chocamos las tacitas en rito agotador, sometidos al julepe de la puesta en escena. Don José Ignacio cree en el proyecto y en el investigador, que soy yo. Joseba también, JuanBa también. Y Nerea y Guibert. El Senador y sus hermanos no creen. Con el tiempo me daría cuenta que no creían ni en sí mismos.

“¿Debo cambiar de historia?, pienso.

Mira, Javier, yo conozco a mujeres de posguerra –mi madre, mi abuela, mis tías, mis vecinas– que no tiraban los huesos de la fruta a la basura. Los conservaban y luego buscaban un terreno donde echarlos.

Decían que eran semillas y que había que darles una oportunidad.

¿Y tú?, me digo, ¿no eres un hueso de fruta más?

Me miro la cara en el espejo todos los días y me digo: eres un hueso de fruta más que se ha vaciado en la vida, viviendo.

Aspiro ahora con la nariz el aire de cuando se cierra la página final de un relato.

Y este llega y ya.

“Santa María de los mocosos vascos”.

– Bueno, amigos –me sobrepongo al brindis– supongo que algo tendré que decir, aunque sea el último en hablar. Y empiezo por el final… ¿Señor, señor, porfa… cómo se llama usted? (Finjo no saberlo). – Senador, Senador Larrea ¡pero hombre! – Quiero manifestarle que los salesianos somos una congregación que al crecer tanto cuantitativamente tenemos miembros muy calificados en todas las disciplinas: idiomas, matemáticas, historia, psicología, pedagogías sin fin, y sentido común. Mire, Señor Larrea, si a usted le hubieran limpiado bien los mocos de pequeñajo puede que no estuviéramos aquí, perdiendo el tiempo. Disculpe usted, Senador dedal.

– Dirá usted Real.

– No, no, dedal.

– Oiga que fui elegido por Su majestad el Rey Juan Carlos I, junto a los primeros senadores del 78.

– Por eso, fue usted elegido “dedalmente”, no popularmente.

Un silencio incrustado de tensión puntea el momento.

Garaia da! ¡Es el momento!

Es la sinceridad pura la que está entrando en la sala, libre de lisonjas de futuro, sin el menor saludo hacia atrás, como una serpiente con su vieja piel.

– Senador Larrea, que usted hizo la primaria aquí con los salesianos, me consta y qué poco se nota. O sí. O sea. Por otra parte, para la empolladura de mi trabajo será suficiente el tiempo que tarde en encajarlo.

– Aurrera, Don Francisco.

– Aurrera, Mutiloak. Confíen. Soy honesto. Soy chiquillo de posguerra.

Aguardo.

Rezamos un Avemaría a María Auxiliadora, la virgen de Don Bosco, la de los chiquillos “mocosos”.

Me despido, palmeo a Nerea, JuanBa, Joseba y salgo rápido. Esta vez suenan secos y oscuros mis zapatones, como el ruido de zuecos en una iglesia vacía.

¡Agur, agur, urrengo arte, txema egi. Ondo ibilli, amigo!

Por las calles de Azkoitia me saluda la gente.

Gure Paco, dicen los Arrieta. Gure Paco, dice Mila y Asun y Roque Epelde y sus chicos “mocosos” en Salesianos Azkoitia, y los Irureta, y los Aguirre, los Mengual, los Arregui, los Iturbe.

El día era sincero.

Las nubes del valle del Urola ascendían refrescando el aliento.

Sobre el Alvia de vuelta tarareo la coplilla esa: “Es María Auxiliadora / dulce foro de la mar. / Es el amor de mi alma, / desde que yo supe amar. / Ella en mi niñez / mis pasos guióooo / por eso desde mocoso siempre la quise yo! Y menudas chorreras de mocos llevábamos en la posguerra. A gloria de San Juan Bosco. Amén.

Señor Senador, ¿Mocoso Ramón Alberdi? ¿Posiblemente uno de los mejores discípulos del historiador Vicens y Vives de la Universidad de Barcelona? ¿Mocoso José Aldazabal? ¿Sin duda alguna el más cualificado liturgista de España, desde su arranque en San Anselmo de Roma? ¿Mocoso Ricardo Beobide? ¿El gran conseguidor y refundador de los Salesianos en Guipuzkoa? ¿Mocoso José Luis Carreño Etxeandía? ¿El gran embajador del evangelio en India, Filipinas y hasta en Manhattan? Estuvo en mi mano incluirlos en el Diccionario Biográfico Histórico de la Real Academia y lo hice tan pronto pude. Había que hacer justicia a los “mocosos”. La justicia, cuando llega, refresca y refuerza.

Amigo Javier, lo que estaba bajo el cielo, hice. Como era justo, sentí en la cara el viento.

Al cruel salivazo innecesario propiné el bufido adecuado. Al Senador Larrea lo dejé allí buscándose una ayuda, pidiendo a alguien la caridad de un hombro. Ni siquiera de viejo he dejado de ser malo.

4 opiniones en “Cruel salivazo innecesario”

  1. Bién , como siempre… Voy conociendo parte de tus «andanzas» y vivencias con la clarividencia que te acompaña de por vida, un fuerte abrazo, tu siempre admirador, floren…

  2. He disfrutado leyendo este artículo, demuestra valentía y honradez. No todos sabemos mantener esa entereza en todos los momentos. Creo que en la situación actual es mas necesario que nunca. ¡Hay tantos “senadores dedal”!.
    Muy buena la referencia a Don Paquico, ¡gran empresario y mejor persona!
    Los hombres, las personas, se hacen. Esto lo aprendí siendo un mocoso estudiante en Salesianos San José.

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