De los nuestros

Vivimos tiempos de polarización política, tanta que, desgraciadamente, incurrimos en una especia de anestesia moral. Los míos, los tuyos y nunca los nuestros. Esa forma de pensar está propiciando que, precisamente, sean algunos de los nuestros los que estén pagando el pato. Hoy quiero dedicar estas líneas de opinión a algunos de esos hermanos nuestros que esta sociedad de conjuntos y números ha decidido globalizar llamándolos ‘menas’, pero que tienen su propio nombre como tú y como yo; y como tú y como yo, son igual de personas, con sus derechos y también obligaciones, y con su dignidad intacta pese a la exclusión que sufren.

En los últimos días diferentes mensajes han relacionado al menor extranjero como un delincuente, un «ratero de barrio». La pobreza, la exclusión social, la droga o un hogar desestructurado son factores que siempre han provocado la delincuencia. Asociarlo con la raza o el origen atenta contra los más elementales valores de respeto y dignidad del ser humano. Toda campaña en este sentido debe ser rechazada categóricamente, más aún desde una perspectiva humanista cristiana. Como discípulos de Jesús en este siglo XXI no podemos admitir esos comportamientos.

¿Es posible dar algún consejo? No caigas en la trampa, no mires lo que nos diferencia, no hagas comparaciones odiosas. No son ‘menas’, son personas. Es Amira, una niña siria superviviente de la feroz guerra en su país; Khaled, un joven marroquí que trabaja como mecánico y que busca una nueva oportunidad en un país que siente dentro de su corazón, aunque no renuncie al suyo o Haid que vino a España escapando del abuso y de la denigración como persona y ha encontrado en este país un hogar donde ser mejor; Dalia, una adolescente de Bangassou, en la República de Centroáfrica, que junto a su hermano Yasar huyeron de los grupos armados que asolan su tierra la noche antes de que él hubiese sido reclutado como niño soldado con solo 11 años. No, no son ‘menas’. Son de los nuestros. Son como nosotros. Son personas.

Llevo cuatro cursos viviendo en mi comunidad con un buen grupo de jóvenes que fueron menores no acompañados y, más que ayudarles yo, han sido ellos los que me han hecho mejor persona, mejor salesiano y mejor sacerdote. Por ello permitidme que concluya dándoles las gracias de corazón, por enseñarme a luchar, a no detenerme frente a un problema, a soñar alto y ser una persona de esperanza.

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