De secretos y dineros de los jesuitas

Dando vueltas y más vueltas por donde empezar este articulillo, Javier, pensé una vez en Don Luis Chiandotto, el de mis años de Roma y menos en el de Salamanca; el que me invitaba a tomar una copita de “Lepanto” en su despacho antes de ir a Cerdeña y a la vuelta me decía: “No sé. Cada vez siento conocerte menos”. “No se preocupe Don Luis, ¿de verdad cree que tiene algún interés conocer a un chico de posguerra?

-Mira, Paco, todos soltamos un hilo, como los gusanos de seda. Roemos y roemos y nos disputamos las hojas de morera, pero ese hilo, chico, si se entrecruza con otros, si se entrelaza, puede hacer un hermoso tapiz, una tela inolvidable.

Qué pena que desconozcamos el hermoso tapiz de la historia de nuestro país, o del País Vasco, o de Cataluña, o de nuestra Congregación. Hoy quiero recordarte la maravillosa tela que supieron bordar los jesuitas con Salesianos Atocha al principio del siglo pasado.

Fue allá por 1906, uno cualquiera de sus días grises, cuando Ramón Zabalo, el segundo inspector de la Céltica, llegaba tarde a comer como tantos días, rojo, rojo, como una eminencia.

Había hecho un día más la travesía de nuestro barrio de Lavapiés, Latina o Inclusa que todavía no era y se llegaba a las Rondas de Embajadores, de Valencia, de Atocha, que ni eran calles ni eran nada, y puede que hubiera campos de fútbol improvisados, y unos chavalotes, hijos de lavanderas, a medio vestir, dándole patadas a la pelota, jugando a dola o al ciempiés en la desolación de los solares, en tanto que la salida que había empezado en Ronda de Atocha 17 iba a terminar, unas horas más tarde, otra vez en la Ronda de Atocha 17.

Llegaba, pues, Zabalo, el vasco de Urnieta, al comedor desde la calle.

Discurrían los salesianos, ya de medio sobremesa, sobre el éxito alcanzado por el claretiano, P. Luna, no sólo como músico, sino como predicador. Quizás para la novena de María Auxiliadora… Zabalo se sentó a la mesa.

-Sí, sí –dijo- está pero que muy bien el triunfo del padre Luna, pero es mucho más grande el del padre Sol.

-Y bien, ¿qué padre Sol? –observaron todos a coro.

-Acabo de recibir chicos del Padre Garzón, del jesuita Francisco de Paula Garzón 250.000 pesetas que bastarán y sobrarán para ampliar nuestras escuelas de la Ronda de Atocha.

¿Qué podrán pensar los jesuitas hoy –razono yo en mi libro Salesianos Madrid todavía inédito- a la vuelta de más de cien años del jesuita Garzón y que podrán pensar los salesianos de los jesuitas y los salesianos de Garzón y de La Lectura Dominical, cuando ni bien calzados nos atrevemos hoy a pisar los adobes del pasado con responsabilidad y las losetas del amor recio de aquellos años nos sobrepasa?

Seguro que al magnánimo Garzón le importaría bien poco.

Mientras, perseverante y constante, denunciaba a los lectores de su revista el momento social así: “Al ver a los modernos pueblos corrompidos en la inteligencia y en el corazón por todo linaje de errores y concupiscencias, sírvenos de consuelo el pensar que acaso tras de estas generaciones malditas vendrán otras que levanten sobre las ruinas de los pueblos podridos, otros fuertes sanos y prósperos”. Eso estaba bien para la realidad de su tiempo. Era como echar pólvora en el incensario.

En 1906 los días, por fuera, eran como las casas por dentro aquí en Lavapiés y las Rondas. Con una niebla pegajosa, una roña fría y tristona que envolvía todas las cosas y se te metía en la cabeza. Había algunos pájaros en ramas y vanos de tejas, pero todos parecían estar de luto, ensimismados y con el capuchón fúnebre.

El jesuita Garzón, con permiso del mejor historiador de la Compañía, Manuel Revuelta, me parece que además de tantas cosas como era, era sobre todo un buen artista y por eso prefería trabajar solo. Por eso, las cosas con Salesianos Atocha estaban así… Los salesianos en Madrid eran unos perfectos desconocidos, por tanto él tenía que pelearles su ingreso en la Villa con su influencia, y eso sólo lo podía hacer él y cómo y de qué manera desde La Lectura Dominical promoviendo una suscripción popular. Lanzó proclamas, invitaciones, pregones del tenor siguiente: “La mies que los hijos de Don Bosco encontrarán en Madrid es abundantísima: por todas las calles de esta corte pululan muchachos desvalidos, golfos despreciados, los cuales, con la ayuda de las personas caritativas, podrían hallar su puesto de salvación en el Oratorio de San Francisco de Sales de Ronda de Atocha”.

Garzón miraba hacia los pequeños balcones de Zurita, Calvario, Lavapiés, Argumosa, Valencia. Sentía una intensa opresión interior. Su vida era la calle, su amiga era la calle, pero la calle tiene dientes, ¿para qué vamos a ocultarlo? Demasiadas piedras por las calles y Garzón empezó a vender historias a favor de los salesianos desinteresadamente. Salesianos Atocha 1906, esto sí que era una obra abierta. Todo el mundo tenía un lugar en ella. No digamos cualquier chico, cualquier golfo… Y Garzón seguía vendiendo historias sobre los salesianos. No me digas, Javier, que no es curioso. Se dice que Garzón que era toda una leyenda en Madrid, de noche en la soledad de su celda, hablaba con nuestro buen Dios y contaba los miles de pesetas para los salesianos. Todo, todo con discreción. Todo en secreto. Que tu mano izquierda no sepa lo que cuenta con la derecha. 250.000 pesetas para los salesianos.

-Lo que pasa, Garzón, hijo, es que tú vendes muy bien historias para los salesianos. Deberías vender alfombras persas, ¿no hijo?, pero para los jesuitas.

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