DESAYUNO EN ALGHERO

Cerdeña se vino conmigo

La vida puede tener muchas formas de darte la razón.

Amigo Javier, es un secreto guardado por las horas que he tardado décadas en revelarlo.

Antes de salir de la facultad me paso por la cartelera de anuncios.

Chupo algo en la boca. No es un caramelo, es un hueso de aceituna. Me encantan las aceitunas verdes –y más si son gordales–, la fuerza del aceite encerrada en una madera dura para roer, me gusta el sabor del hueso y lo giro y regiro en la boca hasta que queda liso y ya sin sabor.

Las aceitunas me suelen hacer compañía, me digo.

Un puñado me puede durar un día.

Antes de chuparla digo una oración, por agradecimiento.

Suelo rezar ante todo lo que llevo a la boca. Rezo para atar el día a su soporte, como bendigo desde pequeñajo el “café-café” del “Bar Alcubilla”, en Manuel Aleixandre y el “café-que-fue” de mi madre en posguerra.

Ya en el “hall” de ingreso me cruzo con Pierre Blet.

Un jesuita menudo, francés, anciano, enjuto. Me hace gestos de llamada. Voy hacia él, me da la mano. Me pregunta cómo se presenta la Semana Santa este año, si salgo de Roma. Respondo a la usanza de una despedida hasta la semana de Pascua.

Ya es especial vivir en Roma. ¡Donde pasar mejor la Semana!

¡Todos en la misma órbita del compromiso religioso; las escenas litúrgicas, de una grandeza entre lo romántico y lo piadoso!

¡Todavía no sé, padre Blet!, observo.

Escucho ahora palabras mías que salen a la voz sin mí.

Mirarse de noche la palma de la mano por Via Appia Antica es un regalo y saber que mañana vuelve a hacer fresco por el Viale de la residencia de San Tarcisio, que el sastre de la noche romana cose la piel de las Catacumbas de San Calixto, repara los callos de la ermita Quo Vadis, remienda los desgarros y desinfla el cansancio prematuro de los treinta salesianos jóvenes.

Entonces me pide disculpa. La voz es clara otra vez y la noto como agua en la cara. Me aprieta la mano –él tan comedido–, me repite que le disculpe; no entiendo de qué, no pregunto y me despido.

Salgo en la claridad del mediodía.

Olfateo los anuncios del tablón.

“Se necesitan curas para la Gallura. Nino Mario Possadino, cura párroco de Pérfugas”. Pongo ligera mi mano y tomo nota del teléfono en mi agenda.

– Estás pensando en qué, me pregunta Sampaio, el del Verbo Divino, que acaba de llegar.

Le miro el pelo y estoy pensando que la madera de su cepillo es como el viento del Atlántico, allá por Lisboa, que excava olas largas.

Javier Sampaio, compi de mi mismo curso, dice que soy intransigente y que las personas así dejan libertad a los demás. Nadie las sigue, así que se dedican a lo suyo sin darse la vuelta.

“¡Esa cara de inquisidor! ¡Esa cara de conquistador!” –dice.

Me quedo oscilando lentamente en afirmaciones tan gratuitas; su voz espirada despacio me remueve la sangre. Pero…

– Amigo Paco, cuando vayas al extranjero tu bandera siempre en el fondo del baúl, ¡siempre! –repetía una y otra vez el mejor formador salesiano que yo he conocido, Don Luis Chiandotto.

– ¿Eres intransigente o no? –insistía Sampaio.

– Menos que eso, Javier: si piensas eso de mí, quítale un poco, baja un grado, baja diez y te contesto aquí estoy. Soy apasionado, como buen español.

Bien.

A Cerdeña se le hizo tarde con el apoyo de todos y Don Nino Mario quería poner los relojes de su parroquia de Pérfugas en hora. No sería fácil, ni el proceso saldrá limpio. Pero es la historia de Cerdeña. Su absoluta historia. Y ellos sabrán cómo hacerlo. Y saben cómo hacerlo.

También es la nuestra (italianos, españoles) y yo tenía que poner mi reloj en hora. Dejé un rato que la tentación se meciera en el aire, para entenderme mejor, y luego, en la oscuridad de la cabina telefónica, sin preámbulos, pregunté con tranquilidad: ¿Parroquia de Pérfugas?

La tentación dejó de mecerse.

Durante un tiempo sólo hubo silencio.

¿Parroquia de Pérfugas? Estudiante de la Gregoriana busca… Semana Santa…

Se derivó de todo ello una especie de orden dinámico que, en Cerdeña, se consideraba impecable.

¿Tiene usted idea de lo que es Cerdeña, padre Franchesco?

No, no, precisamente por eso.

Los sardos nunca llegamos a tiempo, sabe.

Nosotros tampoco, Don Possadino. Siempre estamos mucho más lejos de lo que pensamos.

Decididamente poco práctico.

¿Usted cree?

Hablamos enseguida en voz baja, como si ya fuéramos viejos amigos, o tal vez por el repentino deseo de serlo.

El “Viernes de Dolores” tomo el “traghetto/ferri” Civitavecchia-Alghero, que hacía el trayecto durante la noche.

Arriverdi Civitavecchia/Arrivederci Alghero.

Instintivamente, creo, Don Possadino se dio cuenta de que “lo spagnolo” joven había aprendido la distancia, y que nunca iba a abandonarla, habiéndola elegido como una forma propia e inimitable de elegancia.

De Cerdeña no sé más de lo que sé, pues en los libros está casi todo.

Es intrépido y misterioso, pensó Don Nino Mario, ¡estos españoles, se dejan querer!

¡Estos sardos! ¡Hay que adorarlos!

Ya en el puerto de Alghero. Vaya noche que he pasado.

Que potencia estremecedora la de un mar agitado.

Bajo por el puente de salida.

Miro. Observo. Ah, ya. Allí está.

Don Nino me espera. Ensotanado hasta las cejas.

Sorprendente. Discutible, podríamos decir. Sorprendente.

¿Puedo hacerle una modesta confesión?

Sería un honor.

Me encanta observar. Me encanta conocer. A su disposición para todo lo que necesite en la parroquia. Me encanta “fare il prete”.

Tendrá ocasión de ejercitarlo, se lo aseguro. También de conocer Cerdeña “in lungho e in largo”. D eso me encargo yo. Empecemos, pues, por el principio. Dicho lo cual me lleva a una cafetería.

¿Qué va a tomar?

¡Pues un macchiato!

Alto ahí, Franchés. Desayuno sardo. Nuestros desayunos son ritos de agradecimiento.

Intento encontrar una respuesta a algún lugar dentro de mí. En vano.

Déjese hacer.

Y dijo al camarero:

– Dos oleas de pan sardo tostado, con filetes de boquerón y limón rayado; dos raciones de queso pecorino y dos macchiatos.

Se aparta un momento y le dice al oido una battuta/ocurrencia sarda.

El chico sonríe.

Mi pupila tenía a favor la experiencia universitaria de dos años comiendo Gregoriana, y se notaba, pero claro no había conquistado la naturalidad de cura de pueblo. En realidad iba a hacer de cura novato ante la benevolencia de Don Possadino, que no me pidió el carné de milagro y la bondad ilimitada de los sardos.

Semana Santa, pues, en Pérfugas y parte en Castelsardo.

También gran parte de la de Pascua, al margen del margen.

¡Qué pasada!

Nada absolutamente nada de lo que hice respondía a ninguna estrategia que no fuese “fare il prete” a mi manera, volcarse en lo importante, asumir el compromiso sacerdotal como una causa vocacional, ética y hasta estética, desde el sacramento de la reconciliación a la defensa de nuestra fe católica como bujía en la predicación.

– La importancia del ser humano, padre Franchesco.

– La importancia eterna.

– Confiese para comprender.

– Confiese para acercarse.

– Confiese para amar.

– Le esperan también en Castelsardo.

Me siento en el confesionario de la parroquia de Santa María de las Gracias de Pérfugas. Pasan horas. Acepto la invisibilidad como lugar de residencia. Supuso un zarandeo brutal en mi historia personal. Soporto vientos de cara y silencios largos. Todavía recuerdo a una “sarda”, española de León, casada con un sardo de Pérfugas en Alemania y devueltos a Cerdeña, ya con chiquillos. De principio a fin había en su familia una secuencia de vida compleja, donde todo tenía sentido y porqué.

– Confiese para explorar qué hay detrás de la profundidad de los sardos. Se confesará todo el pueblo. Ya verá.

Y no sólo lo vi, sino que lo viví.

Empecé a entender que siempre es más ancha la realidad que el canon.

La confesión sería mi campo de acción pastoral más insistente. Unas confesiones que, desde el origen, tenían una vibración distinta, una desgarradura en quien participaba. En ellas –tantas y tan prolongadas– estuvo la viga maestra de mi trabajo.

Sin darme cuenta encontré un sitio propio y lo mantuve hasta el final de mis estudios en Roma.

Mis ganas de acertar fueron ingobernables. Mi ímpetu también.

El señor obispo de Tempio-Pausania, hoy Templo-Ampuries, me ofreció quedarme en la diócesis. En la sala de máquinas de aquella afirmación estaba Don Nino Mario Possadino y Don Antonio de Rosa. “–Señor obispo, qué agradecido le estoy. Pero, me llaman “il prete spagnolo”. Aquí siempre seré “lo spagnolo”, nunca seré sardo.

Qué maravilla esa potencia de estar fuera de horma.

Dejé de estar en Cerdeña, pero Cerdeña se vino conmigo.

Antes de tomar el avión Alghero-Roma la última vez (1973) me acompañó Don Possadino al aeropuerto.

Terminemos, pues, por el final. Dicho esto me llevó a una cafetería.

– ¿Qué va a tomar?

– Olea de pan sardo tostado con filetes de boquerón y ración de queso pecorino.

– Ah, y una copa bien remecida de Vermentino de la Gallura. Después un “macchiato”.

La vida, amigo Javier, puede tener muchas formas de darte la razón.

1 opinión en “DESAYUNO EN ALGHERO”

  1. Magnífica diégesis evocadora de los recuerdos del ayer y de las reminiscencias vividas y sentidas en la espléndida isla de Cerdeña. Una tierra llena de Historia, hondas tradiciones y un estilo de vida mediterráneo que atrae por el tenor agradable de sus costumbres y ata por por la exquisita cortesía y urbanidad de sus habitantes. Me agrada la atinada mención a la gastronomía isleña que constituye una de las grandezas de esa tierra insular. Y la certera alusión a la espiritualidad del Sacramento de la Confesión. Y como epílogo a esta sucinta interpretación del excelente texto de Don Francisco no hay nunca que olvidar introducir en el fondo del baúl la bandera de tu patria.

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