¿Destruiremos el David de Miguel Ángel? San Junípero, el Apóstol fetén de California

Mira que pudiendo ponerse Fernando o Daniel Fetén o Iñaki o Ramón…, va y se pone Junípero el día de su profesión religiosa. Lo que significa que ya por entonces Miguel José Serra y Ferrer con 16 años daba señales de que no se conformaría con lo vulgar. Ojo que tampoco Fernando Grande, Daniel Batanero, Iñaki Echániz, Ramón Rebollo, Paquico Castillo decidieron acomodarse a ningún dictado sin más ni a ningún adoctrinamiento impuesto, ¿eh?

            Los Reyes Magos existen y después de la infancia suelen regresar a otras edades –las que a ellos les da la gana– para traernos cuándo y dónde quieren un asombroso presente.

            Paseo hoy la vista por los datos, los años, los artículos sobre San Junípero, los desordeno, los mezclo, los vuelvo a ordenar en mi atropellada sed de buscar la verdad. El milagro de la vida, de cualquier vida, sucede al margen del boicot que perpetren otros seres vivos. “La historia se repite”, decimos con énfasis una y otra vez. Y, hala, venga, “a por él”. A entorpecer y machacar la ruta de un santazo con salivazos y pintadas, con supersticiones y maledicencias, con oportunismos y tabarrones identitarios, que si yumas, que si apaches.

            Vuelvo sobre San Junípero de California.

            Ese cowboy de Dios, ese teacher de técnicas agrarias y ganadoras, ese setter/colonizador de tribus, ese theologian católico hasta las trancas tridentinas, ese missionary de sinceros deseos de evangelizar toda América, ese santazo… quieren arrasarlo. Amigo Javier, este es un tiempo extraño y mantenerse a ras de superficie supone un triunfo, con que imagínate sobre pedestales. Cada vez hay menos remansos. La vida, esa vida que fluye, tiene mucho de agua que se hunde. Es muy difícil hacer pie en el presente porque demasiadas certezas, nuestro suelo –esos siglos de Oro– y hasta nuestro cielo –esas bienaventuranzas– han sido arrancadas de cuajo.

            San Junípero, como todos los civilizadores, había descubierto que hay más dignidad en la aventura personal del misionero que en la realidad colectiva del colonizador (ahí puede adquirir contorno de depredador). El apóstol fetén de California es mucho más, muchísimo más que una vacuna (ahora que buscamos desesperadamente la nuestra) contra la superación de lo existente, la tribu, y no lo hizo abriendo escuelas de idiomas y de negocios semanales, ni organizando festivales de folk, de rock, o de la Biblia y el Corán en verso los findes. No y no.

            Las misiones de San Junípero están tan vivas hoy que escapan de cualquier horma doctrinaria, conscientes de que quienes prescriben corsés populistas, feministas, marxistas, integristas, nacionalistas… los suelen concebir así, en detrimento de los demás para bloquear su libertad, la libertad, porque ellos son quienes son, claro, y vienen de donde vienen. Seguramente por eso derriban la estatua del pacífico franciscano, le cortan la cabeza, víctimas de sus propios fracasos, trescientos años después de que él naciera en Petra, pequeño pueblo mallorquín de picapedreros y agricultores.

            ¿Será un sabotaje más a las certezas?

            Amigo Javier, cuánto ensoñador de mierda –y ensoñadora, ah–.

            Había pasado la edad de mirar por las rendijas.

            Flotaba la inquietud de ánimo de quien se preparaba para achicar penas. Al acercarse a los cuarenta años, después de tres décadas en Mallorca, decide embarcarse con su amigo Francisco Palau, franciscano también y otros veinte misioneros más para América. Los “cuarenta”, esa edad en la que otros se divorcian y se compran un Mercedes, oye, y de primera mano, habiéndolos tan perfectos de segunda; esa edad en la que el brusco desplome de lo cotidiano no será un trauma, sino una apnea feliz para escapar por unos años del guion de tener miedos, nostalgias, deseos.

            La expedición franciscana lleva adosada una incertidumbre que sólo encuentra bálsamo en algunos espacios reducidos. Se dirige primero a Nueva España, hoy México, desde el puerto de Cádiz, plaza casi única a donde llegaban a diario noticias y referencias intermitentes de Indias. Después de atravesar el Atlántico, algunos temporales y una larga parada en Puerto Rico alcanzan las costas de México con un gálibo de ideas un poco más alto. También, en algunos, con el hormigueo de la audacia en las manos. Una vez en el puerto de Veracruz, Junípero y Palau, alcoholizados de fervor evangelizador, mientras sus compañeros toman el carruaje hasta Ciudad de México, ellos dos deciden hacer los kilómetros a pie.

            ¿Sólos y a pie? Sí, “solos y a pie”.

            Estrafalario es discutirlo, criticarlo, pero tratándose de San Junípero y su fiel Palau, te voy a decir, amigo Javier, que no merece la pena. Encerrados ambos en los límites de los cinco sentidos, caminar es una manera de buscar un lugar donde quedarse a pasar el rato, el mes, el año, la vida. Incluso un territorio de llegada y partida, mientras en los aires de California flota de nuevo la apuesta de otras tribus que amar y evangelizar.

            Quinientos kilómetros “solos y a pie”. Nada.

            A la fiesta se suma con viento de garbí la mala suerte y se pone a bailar el diablo. Ya estamos todos. No teníamos suficiente con la verdad letal y escasa de la caminata y la imprudencia de los frailes, cuando Fray Junípero se queda cojo. Los sacristanes de la colonización tendrán alpiste para unas cuantas temporadas, pero nuestro franciscano se queda cojo para toda la vida desde el principio. De todos modos, el cojo mallorquín resultó tan operativo y potente como Pizarro, Núñez de Balboa o Cortés a caballo. O sea.

            Cada mente es un universo sellado.

            Digamos enseguida que el del franciscano era de los que se sale rápido de lo pautado, establecido, organizado. Vivir cómodo en México capital le parecía traicionar su vocación y solicitó permiso para subir a Sierra Gorda para evangelizar a los indios pames, con los que ya habían fracaso otros franciscanos. Y allá que se fue. (In brodo di gingiole / Más contento que unas pascuas). El buen fraile se esforzó no sólo en caldear el corazón, sino en enseñar rudimentos de ganadería, agricultura, albañilería, costura. Desde este tableteo manual –que era como un morse frenético– transparentaba más el evangelio de Jesús. Hoy diríamos pomposamente: fomentaba una educación integral, convencidísimo de que trabajar la tierra enraiza a los hombres con Dios. Y así durante nueve penitentes años.

            Amigo Javier, la vocación del exceso suele acompañar al misionero desde sus orígenes. El don de la audacia forma parte de la historia de la evangelización. A su sombra o a su penumbra se han levantado biografías intrépidas, mártires irrenunciables, desgarros, gozos, confidencias. Recuerdo entre los nuestros a Carreño, Cimatti, Caravario, García Verdugo, Pescador y Hervás, Versiglia. De los apóstoles ligeros de equipaje, Fray Junípero es uno de los que más ha ensanchado el repertorio mítico de la relación entre las misiones fundadas por él (nueve), las fundadas por otros (quince) y la inmensidad de California (1769-1782). ¿Eurocentrismo? Claro. ¿Progreso? Por supuesto. Faltaría más. Lo que abrió una trinchera cada vez más honda entre la casta del virreinato y el empeño real de la Corona, desde Isabel la Católica, en traspasar la propiedad de la tierra a quienes la trabajan.

            En la dirección militar de las misiones fue relevado el cabal comandante Gaspar de Portolá por el bucanero Pedro Fagés y Serra entonces no se calló. Como sabía que Fagés intervenía la correspondencia, decidió ir él mismo, en persona, a México D. F. para exponerle sus quejas al virrey Bucareli. Rondaba ya los sesenta años y su cuerpo era una antología de penitencias y de cicatrices… No importaba. Fue en el camino donde la realidad adquirió contorno de cocodrilo y cayó enfermo en Guadalajara y después en Querétaro.

            Abatido y desaliñado, con apariencia de recluido en una acérrima intimidad se presentó ante la casta. El virrey Bucareli se conmovió al verlo. Había algo en él que evocaba al profeta. Dispusieron los dos de muy buenas razones para hablar de las misiones españolas. En cualquier caso, ¿quién iba a negarle al pionero evangelizador esa bien ganada disidencia vital y solidaria? Así pues, el epifánico año de 1773 le entregó al virrey un documento que ya forma parte del canon del iusnaturalismo: Representación sobre la conquista temporal y espiritual de la Alta California de 1773, donde se detallan los derechos de los indios, en la mejor tradición de la escuela del dominico Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca más en general.

            Los Reyes Magos pasaron en agosto de 1784 por California y se lo llevaron para siempre. Sus restos descansan en paz en la basílica de San Carlos de Monterrey. Hoy, dos enemigos igualmente estúpidos le combaten después de muerto: la iconoclastia de raíz indigenista, secuestrada por la ignorancia subvencionada y, por otro lado, la xenofobia de cierto protestantismo blanco, puro. ¿Cuál va a ser su salvajada siguiente? Los republicanos ¿destruiremos los cuadros magníficos de Velázquez? Y los integristas ¿destruiremos el David de Miguel Ángel?

2 opiniones en “¿Destruiremos el David de Miguel Ángel? San Junípero, el Apóstol fetén de California”

  1. Gracias por tu culta denuncia a los millones de necios que poblamos el planeta, con-ciudadanos, con-generes, hermanos descarriados en búsqueda de una verdad emotiva sin datos ni verdad de verdad.
    Muchas gracias por compartir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.