¿Destruiremos la piedad de Miguel Ángel?: San Junípero de California

Ningún personaje, amigo Javier, de la historia resiste la aplicación de las normas morales del siglo XXI, pero ensañarse con el santazo de Fray Junípero Serra, San Junípero de California, me parece un escarnio, un desvarío, una ignominia, una ruindad.

            El franciscano mallorquín gastaba unas cualidades extraordinarias.

            Catedrático de Filosofía y Teología en Palma salta hasta California para fundar misiones de cultura y fe que más tarde se convirtieron en grandes ciudades norteamericanas.

            Fray Junípero, un talento más académico que selvático.

            Era juiciosamente propenso a la templanza, a una templanza punzante y dificultosa, macerado en la ternura que usaba con la misma penitente intencionalidad con que manipulaba su viejo cilicio. Un caso excepcional de vocación franciscana, de sencillez y maestría, siempre al margen del aspaviento, de la provocación, de la presunción. Un delicadísimo sentidor de la promoción y evangelización humana para entusiasmo de la más fina hidalguía de los nativos norteamericanos de entonces y de ahora.

            ¿Imperialista, cruel, manipulador, explotador Fray Junípero?

            (“Calumnia, que algo queda”, Voltaire).

            En aquella España colonizadora, los soldados de nuestros Virreinos iban combatiendo sin sacrificar ni la razón, ni la ley, ni la valentía. Asuntos todos nada ajenos a la maraña cerebral de un intelectual, culto y popular a la vez, como el franciscano que iba con el Evangelio en llamas por la vida. Por fuera del cuerpo de sarmiento de Fray Junípero se convocaban asambleas, donde se reunía a los nativos para enseñarles a asumir la propiedad y gestionar la tierra. Por dentro sus glóbulos rojos soñaban con sacramentos y catequesis inesperados. Aquel fraile pensador podía dejar turulato a cualquier público ilustrado del siglo XVIII, lo mismo en la Corte que en los Virreinatos, lo mismo en las Universidades que en los Colegios Generales.

            “Donde vayas, vete como eres”, me dijo en una ocasión Don José María Setién, obispo de San Sebastián, del que ya te hablaré. Fray Junípero Serra se presentaba fuera donde fuera con su hábito de sarga y las manos limpias –¡las manos limpias!–, levantando una estela de misterio como si aquella docta suya emplazase moralmente a quien la doctrina creara, porque no se podía llegar a más, ni tan lejos.

            San Junípero de California.

            Peinaba el arrebato agresivo de cualquier encomendero y de cualquier militar, gobernador y Virrey, cuyas expediciones se salieran de épica humana y humanista. Lo diseñaron ya con 16 años en el cauce de San Francisco de Asís para que fuese un misionero de repente, de los que piensan que lo mejor de la civilización y de la evangelización está por llegar. La creatividad del franciscano mallorquín estaba siempre en plena combustión y parecía que el Buen Pastor iba a saltar de su estatua para abrazarlo.

            California.

            La conquista de California estaba abriendo vértigos insólitos y tuvo en Fray Junípero al icono del nuevo movimiento –explorador, civilizador, evangelizador– en el que él y los franciscanos empezaban a clavar las suelas de las sandalias, rematadas con cuerdas de esparto, en el cultivo de la agricultura, la ganadería, la caza, la pesca.

            Todo, todo un festival de gestos, posturas y códigos nuevos mezclados con los de los nativos, en combustión lenta de afectos, idiomas y apuestas.

            California lo excitó, lo inspiró, le sacó toda la creación, el fervor, el amor por los indígenas hasta dejarlo exhausto y destruido por dentro ya en la Misión de San Carlos Borromeo (Monterrey, California), el 28 de agosto de 1784.

            Fray Junípero Serra, la pasión de Dios y del hombre le llenaba la vida.

            Aquel cuerpo dotado para la sensibilidad de la cátedra, del libro y de la enseñanza tenía en las misiones franciscanas un lugar de consolación y de encuentro con el mundo y entre dos mundos. Le dio tiempo a la grandeza y a la extensión de la grandeza del cristianismo.

            San Junípero de California.

            Era el audaz emisario de un mensaje que tintineaba con campanetas de acero desde las espadañas de las ermitas. Un movimiento ya secular, el cristianismo, en el que convivían Francisco de Asís y Domingo de Guzmán y los dominicos Bartolomé de las Casas y Francisco de Vitoria con los ecos de la Escuela de Salamanca. Es la reivindicación de lo colectivo frente a lo individual, de lo universal frente a lo particular. La razón frente a los sentimientos. Y un español de Petra, Mallorca, pueblo de agricultores y picapedreros, empezaba a cincelar su condición de mito con sus nueve misiones, fundadas y rematadas, donde estaban los vapores de sus amigos y franciscanos también Francisco Pala y Pedro Cambón.

            California.

            En agosto de 1770 Pedro Fages asume la gobernación de los asentamientos californianos en nombre de la Corona. Triunfa con él la intriga, lo vulgar, el chamanismo de la codicia, la mentira y de la calumnia. Fray Junípero sale al paso para defender el cristianismo y defenderse y defender a los nativos. En la evangelización todo es anterior y todo presupone lo siguiente; todo, sí todo, pertenece al pasado y todo se intercala en el futuro.

            Era muy consciente de que la única misión de las misiones franciscanas era la de la libertad, la de no callarse nunca ante la injusticia. Así es que puso y se puso en el centro de todas las discusiones, de los debates y de las bofetadas. Jamás se avergonzó de considerarse californiano, un nativo más y levantó una especie de Kale borroka de lucidez contra la vanidad y la violencia de una cultura como la de Pedro Fages que arrasaba la singularidad, lo excepcional, la diferencia.

            Fray Junípero traía un pensamiento de Tomás de Aquino, siendo de la escolástica de Duns Scoto por reglamento, y un halo que declamaba desde la tundra de su púlpito, escritorio, taller. No tenía fin ni su curiosidad ni la capacidad, devastadora o promotora, de su escritura combativa. Consideró que la Orden franciscana sufría opresión con el nuevo gobernador Fages y decidió ir en persona para hablar con el mismo Virrey.

            El mallorquín tenía algo de barco ebrio (permítaseme, con todo respeto), que doblaba sin esfuerzo el cabo de todos los peligros. Fatigas sin fin lo postraron en Guadalajara y Querétaro, para llegar a México capital, Colegio de San Fernando, en 1773, en busca de justicia.

            Público, feroz, luminoso y dogmático, el franciscano entregó en persona al virrey Bucareli su Informe, con el nombre Representación sobre la conquista temporal y espiritual de la Alta California, más conocido como Representación de 1773, que viene a ser una Carta de Derechos de los Indios. Este fraile que enfurecía igual que amedrentaba, se moría como un ejército de ideas que no dejaban espacio sin ocupar e iluminaba todo con su palabra.

            Fray Junípero aterrizó en esta perra vida para eso, para certificar la fe en Jesucristo y para beberse todos, todos los problemas de los nativos de California. No fue solo un misionero más, sino un humanista con el carácter forjado para el combate con las mejores hormonas de Petra, de Mallorca y de España.

            Amigo Javier, protejámonos de tanta locura contagiosa, de los policías del pensamiento, de los talibanes de las soflamas vacías, de los inquisidores posmodernos y de los antiguos, de los jabalíes, hasta blasfemos, en congresos y senados de aquí o de allí. ¿Cuál va a ser la siguiente salvajada? Si somos ateos, ¿destruiremos la Piedad de Miguel Ángel? Si somos puritanos, ¿destruiremos su David de la Plaza de la Señoría de Florencia? Si somos republicanos, ¿echaremos al fuego los cuadros de Velázquez? O sea. ¿Quién detendrá esta causa abierta contra una civilización?

2 opiniones en “¿Destruiremos la piedad de Miguel Ángel?: San Junípero de California”

  1. Sencillamente magistral. A la altura del heroísmo del Franciscano. Tu con la pluma. El con su espíritu evangelizador y la justicia de la Verdad De Dios. Gracias por contrarrestar la patraña de los locos indocumentados

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