Día 3: Educador siempre joven y felino

Es bueno recordar que la faceta más pura del sacerdocio de Don Bosco está fuertemente enlazada con las bienaventuranzas, lo que explica mejor su mayor presencia social y la apuesta por ese “enseñar al que no sabe”.

            Ya adulto reconoce con mucha sencillez:

-El deseo de reunir a los niños para enseñarles el catecismo se despertó en mí cuando apenas tenía cinco años; esto formaba mi más vivo anhelo, pareciéndome la única cosa que tuviera que hacer sobre la tierra.

            Así pues, el sacerdocio de Bosco se presenta siempre joven, heráldico y felino, como lo son siempre los muchachos a los que él ama con obsesión, los tópicos (absolutamente asumidos y vivos) de la educación están todos: el muchacho a la deriva, desnortado –altivo, lejano– pero también peligroso: es como un tigre joven con dos almas. Porque la educación imagina chicos fatales como ausente de religión, príncipes de si mismos y enfrentados a la sociedad.

            Al reflexionar sobre los orígenes de su obra educativa Bosco confiesa con humildad y agradecimiento:

-Cuando me entregué a esta parcela del sagrado ministerio, entendí consagrar todos mis esfuerzos a la mayor gloria de Dios y al bien de las almas, y me propuse entregarme a formar buenos ciudadanos en esta tierra, a fin de que luego fueran dignos ciudadanos del cielo. Que Dios me ayude a continuar en este propósito hasta el último aliento de mi vida.

            Pero más que la ansiedad de sus propósitos cuentan sus deseos voraces, el mordisco interior, el temblor violento de acertar, la entrega hasta crepuscular de esa pasión, en esa alma joven caracterizada, así mismo, hasta el final –con setenta y dos años- por pasión y alegría, fuerza y fatalismo.

            Desde la perfección acerada de su entrega se matará a sí mismo. Pues la entrega total a la educación mata. Claro que, al tiempo, esa entrega es fecunda, porque esa fecundidad da señal del espiritualismo exagerado de la fiera (en el mejor sentido del término), que agoniza.

            La educación de Bosco posee todos los ingredientes románticos de un país como Italia en guerra (1815–1870), a la par, refinado humanista y salvaje. Aparece aquí, en todo su esplendor y decadencia, ese muchacho rompedor y destructivo y un tipo de educador consecuente y conseguidor.

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