Dictadores “en nombre de Dios”

El acto de narrar consiste en elegir.

Y en eso estamos.

Mira, Javier, “es difícil creer que el destino de un hombre sea tan bajo que le lleve a nacer sólo para morir”, lo escribió Mary Shelley nada menos. Yo conozco bien la glotonería de la muerte, porque devoró a mi madre de manera temprana, y luego se zampó a mis hermanos, infinitamente más fuertes que yo y a mi querido padre, y por último se merendó a varios de mis innumerables primos. No hablemos ya de maravillosos amigos. “Cada uno está sólo sobre el corazón de la tierra / atravesado por un rayo de sol: / y de pronto anochece”, escribió Salvatore Quasimodo, fallecido hace tiempo. Algunos incluso intentaban ser animosos: “Después de todo la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida”, dijo Mario Benedetti, a su vez también muerto, porque por mucha vitalidad que le pongas al asunto, a la Parca no hay forma de evitarla.

Oye, ¿y el destino del hombre que pareció nacer para matar?

Hoy quiero arrojar una botella al mar del tiempo y ofrecerte datos objetivos. Ahí van.

Fue el 11 de septiembre de 1974, el general chileno Pinochet, con motivo del primer aniversario del golpe de Estado, pronunció estas palabras: “¡Oh, Dios Todopoderoso”, Tú que por tu sabiduría infinita nos has ayudado a desenvainar la espada para que nuestra querida patria encuentre su libertad, yo te pido ante mis conciudadanos lo que tantas veces te pedí, en el silencio de la noche, antes de ese 11 de septiembre: concédele hoy tu ayuda a este pueblo que, en la fe, busca su mejor destino”.

Qué desagradable, Javier, este inabordable dictador detrás de las murallas de tantos desaparecidos y asesinados y escoltado, nada menos, que por el fulgor de nuestro buen Dios.

No trato de ser de ninguna manera cruel ni aprovechado, sino descriptivo.

Recuerdas que Hitler, en los primeros momentos y mucho más allá de los primeros, proclamaba el cristianismo como “base de toda nuestra moral”.

La “moral cristiana” nuestra fuerza.

La “moral cristiana” nuestra rabia.

La “moral cristiana” nuestra obsesión.

Y todos la miraban con admiración, pero en especial Hitler.

La deseó con más fuerza que nunca, con la rabia de un solitario, con la obsesión de un adolescente. Alemania era ya un pueblo de diferentes indiferentes, de ilusionados desilusionados, de “morales cristianos” amorales que no creían en nada y se dejaban dominar. Había casas, pueblos, ciudades, sí; pero no había pueblo, hombres, personas, humanismo, humanidad. Recuerda, Javier, que muchos cristianos, quizás demasiados apoyaron a Hitler proclamando la unión entre las dos cruces: la cruz gamada y la cruz latina; atribuyendo, a su vez, a Hitler la realización del “orden querido por Dios”. Recuerda, amigo, que en la Alemania nazi existieron los “Deustche Christen” que se presentaban como “las S.S. de Cristo en lucha por la destrucción de los males físicos, sociales y espirituales”.

Ahí es nada y tal y qué se yo.

Adolf Hitler, el Führer, el líder, el salvador de la Patria (“por la Gracia de Dios” – Gottesgnaden, solía agregarse en la propaganda). Se estaba escondido en un pliegue de la creación divina, invisible al destino y exento de cualquier consecuencia.

Recuerda, Javier; mejor, recordemos -¡ojo! Que no comparo personas, sino situaciones- que el 20 de mayo de 1939 tuvieron lugar en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid los actos litúrgicos por la victoria del general Franco. Para dar mayor relieve se trajo expresamente de Barcelona el histórico Cristo de Lepanto y de Oviedo el Arca Santa. Se cantaron tedeums o acciones de gracias, oraciones bíblicas y antífonas litúrgicas, las hay en abundancia para casos de guerra y de guerreros poderosos. Y el caudillo Franco, también “por la gracia de Dios” se adelantó ante el altar mayor para decir esta oración: “Señor: acepta complacido la ofrenda de este pueblo que, conmigo y por tu nombre, ha vencido con heroísmo a los enemigos de la verdad que están ciegos. Señor Dios, en cuyas manos está el derecho y todo poder, préstame tu asistencia para conducir a este pueblo a la plena libertad del imperio, para gloria tuya y de la Iglesia. Señor: que todos los hombres conozcan a Jesús, que es Cristo, Hijo de Dios vivo”.

¡Ay, esas noches de las dictaduras en que se levanta el feroz viento de la verdad, y a la mañana siguiente estás obligado a reparar el tejado de sus mentiras –tantas- con paciencia inoxidable de años! Es más que notable el desmedido afán de todos los dictadores –o de sus miniyoes– por enraizar sus glorias con las del mismísimo Dios. Los emperadores romanos se convertían en dioses. Los dictadores modernos no llegan a tanto: ponen a Dios simplemente de su parte o se “limitan” a borrarlo del todo. En cualquier caso, siempre anda Dios en danza o siempre anda Dios por medio. Y como Dios es un genérico invisible, se manipula, persigue y elimina a quien le representa “en nombre de Dios”, claro.

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