«Dios no existe». O sea

O sea que “Dios no existe” y hala ya está. Es increíble cómo repetir un dicho que durante mucho tiempo se ha pronunciado, se pronuncia y se pronunciará nos hace arrogantes, o seguros, altaneros, o no sé… fuertes, muy fuertes.

Acabo de leer la entrevista que Ana del Barrio hace a María Adánez.
¿No la recuerdan? Sí, hombre. La deliciosa María de Farmacia de Guardia, o la encantadora Charo de Amar es para siempre, o la atractiva Lucía, la pija de Aquí no hay quien viva, que ahora se ha convertido en Lulú, la mujer fatal que lleva a los hombres a la perdición.

Hay que confiar siempre en la buena fe de las personas, así que creo que María Adánez ya tenía el trueno gordo en la punta de la lengua y ha encontrado en Ana del Barrio, en El Mundo, el ansiado chivo explicatorio para el apagón, el verdadero apagón: la existencia de Dios.

Y como no quiero que falte la cita textual allá va:
“La última pregunta: ¿Ganaríamos algo si Dios fuese mujer?”. Respuesta: ¿Y si no tuviera sexo? ¿Y si el poder fuese la madre naturaleza, que es femenina? Como dice Harari, el ‘homo sapiens` necesita creer en los dioses, en los reyes y en una ficción por encima de él. A veces pienso que nos lo hemos inventado todo, y que, en realidad, no existe nada”.

El efecto de la respuesta de Adánez no es el de una pérdida, sino de una conquista, de un logro. Una explosión de júbilo.
Ha sido como una música que entraba por las ventanas de mi cuarto, empujada por el viento. Miro y remiro, aturdido, sin saber muy bien qué decir, como si, sobre mí, el cielo azul y gélido de febrero se fragmentase en pedazos de hielo.
Me agarro el pulso. Tranquilo, Paco, tranquilo. Anda, estoy hablando solo, tranquilo. Hablar solo es un esconjuro.

Estuve dos meses y medio largos en el Hospital Moncloa (UCI a planta, planta a UCI) de Madrid. Hubo muchos días que huyeron juntos la Vida y la Muerte, dejándome a solas con los médicos: Gómez-Tello, Mesa, Kuiperdal, las doctoras: Tres casas, Vázquez, Torrejón. A veces volvía la Muerte sola y, además, de caerse las constantes vitales “se cayeron las agujas” que me mantenían con vida. Mi amiga Kremena Gancheva y su marido José Manuel Leceta tuvieron que llamar un par de veces con urgencia a las enfermeras para salir del trance.

– Hacia la Eterna Indiferencia caminas, amigo Paco.
Oí algo que no era ruido, como si el silencio cantase gregoriano.
¿Y qué?
Que a veces también volvía la Vida sola. Fue una noche medio sedado, asaeteado por oparinas, inyecciones, cateterismos, cuando entre una resaca de mar de fondo, apareció una de las estampas que mi abuela Mamá Nona me puso en mi Joven Cristiano, que solía llevar en el pantalón, allá en la posguerra. Aparece en ella San Agustín y un pequeñajo, donde se cuenta que un niño echaba agua con una concha a un agujero y cuando el santo le dijo que era imposible meter en el hoyo el agua del mar, el niño le contestó: “Más difícil es descifrar el misterio de Dios”.

Y con una lucidez que se tiene sólo en sueños, comprendí una vez más, amigo Javier, que a Dios no se le posee, que es imposible para el tacto, inaccesible para el corazón –y menos en mi caso que está “partío”-. Para no perderlo, para no negarlo, hay que sumergirse en el silencio de la fe. Porque ningún hombre, por muy fuerte que sea, basta por si sólo para derrotar la ausencia. La ausencia no es inexistencia. Hay que volver a la convicción de la fe, que no es invención, guapísima María Adánez. No hay nada más delicioso en el mundo que creer en Dios y estoy convencido que su existencia sólo adquiere sentido cuando se le ama. Que creer no es ver. Que creencia no es evidencia. Pero sí existencia.

Sabemos, amigo Javier, por experiencia personal que Dios no es alguien para entender sino alguien para aceptar y dejarnos amar por Él. En todo caso es maravilloso que Cristo nos haya dado a conocer la intimidad divina para pronunciar el nombre de Dios concreto con toda propiedad (Jesús), pues llamar a alguien por su nombre significa cercanía, incluso cariño. Ahí os dejo esta reflexión a los chicos ya muchachos de mis amigos nacidos en torno al alba del siglo XXI: a Nachos Sevilla, a Diego Tole, a Nacho Leceta, a Toño y Guille Alonso, a Pablo, Carlos y Sara Ruiz, a Toni Lumbreras, a Raquel Rebollo, a Irene Rodrigo, a Jorge Guijarro… y otros 150 de Guada a quienes os bauticé. Porque “Como es Jesús, así es Dios”, dice en su preciso libro “CUIDAR a DIOS” el excelente teólogo salesiano Jesús Rojano. Desearía que vuestro viaje interior hacia Él fuese completo, que reuniese todos los ingredientes de incertidumbre, sacrificio, sofoco, sobrecogimiento, malestar, dudas, vértigo y catarsis que debe reunir un viaje interior como Dios manda hacia Él. Así pues, después de pasar el control de pasaportes, subid al avión de vuestro corazón y vuestra fe que lo harán todo posible.

3 opiniones en “«Dios no existe». O sea”

  1. »A veces pienso que nos lo hemos inventado todo, y que, en realidad, no existe nada”.

    ¿Quién no se ha sentido así muchas veces? La primera mitad de la frase, que nos lo hemos inventado todo, me parece muy cercana pues siempre me he acercado a Dios desde el punto de vista de ese ser inabarcable del cual podemos ver efectos, pero no aprehender. Ese pensamiento me hace pensar que el contenido que le damos a la religión es una manera de hacer terrenal, abarcable y aprehensible aquello que por definición no lo es. Tal vez todo sea una invención para tratar de encerrar en una jaula a un animal salvaje que necesita estar en libertad, una sensación que solo se siente y percibe en lo mas hondo, pues Dios al fin y al cabo y por encima de todo se le siente.

  2. Los que no creemos en Dios nos produce cierta envidia ese sentimiento de trascendencia. Vivir la trascendencia en la humanidad produce desazón, por eso tenemos que ser optimistas compulsivos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.