Don Bosco vive una epidemia

Estamos viviendo esta “tercera ola” del Coronavirus que está dejando millones muertos en el mundo, aparte de los miles de contagiados con consecuencias físicas y psíquicas en las personas, las familias y el tremendo destrozo en la economía de gente que ha tenido que cerrar su negocio, perdido su empleo, e ir a engrosare las colas del hambre para sobrevivir.

En julio de 1854, en la ciudad de Turín se produjo a una epidemia de cólera que amenazaba con hacer grandes estragos, sobre todo entre la población más débil y desprotegida. Desde las administraciones públicas se daban instrucciones para la prevención, de manera que se pudiera hacer frente a la enfermedad en las mejores condiciones higiénicas y sanitarias posibles.

Don Bosco tenía albergados en casa a un centenar de muchachos e hizo todo lo que estuvo en su mano para que se conservara en condiciones higiénicas óptimas siguiendo todas las indicaciones que daban los médicos y las autoridades y horarios regulares de oración donde participaban chicos y educadores, para pedir a Dios por las víctimas y sus cuidadores.

Pero, enseguida se dio cuenta de que no era suficiente. No podía permanecer encerrado en su casa asegurando el cuidado de sus chicos mientras allá afuera la gente se moría. Un día, dijo a sus muchachos que él iba a ir a ayudar como voluntario y les propuso: “¿Quién quiere venir a ayudar a los enfermos de cólera?” Después de la sorpresa inicial, un grupo de 14 jovenes dio el paso adelante confiando en la palabra de Don Bosco: “A nadie atacará el mal con tal de que nos confiemos a la Virgen y tratemos de vivir en la gracia de Dios”.

Y sin más seguridad que unas cuantas normas sanitarias y una gran fe en Dios y en la mediación materna de María Auxiliadora, se pusieron en marcha con una generosidad increíble. El trabajo de los chicos fue extraordinario, ninguno de ellos fue golpeado por la enfermedad. Se cumplió la promesa de Don Bosco. Todos en la ciudad admiraron su valor y su entrega generosa. En la escuela de Don Bosco aprendían a hacer de la solidaridad un estilo de vida.

Nosotros debemos hacer lo que esté en nuestra mano para no contagiarnos cumpliendo las normas sanitarias y haciendo lo que se pueda por los demás, también con nuestra oración por los contagiados, en los hospitales y las UCIs y por los sanitarios que asisten a estas personas y tratan de sacarlos adelante. También podemos preguntarnos si está quedando algo en nosotros de haber vivido esta terrible experiencia, si cambiará algo, para bien, nuestro modo de ver la vida y de vivirla, de repensar nuestros valores.

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