Don Bosco y Don Juanjo: El carisma de la cercanía salesiana

Un amigo me comunicó la noticia del reciente fallecimiento de don Juan José Ganuza, mi profesor de religión en el colegio de los salesianos de Zaragoza.

Don Juanjo se caracterizó durante años por salir al encuentro de los antiguos alumnos salesianos, y lo hacía por todos los medios: cartas, artículos, correos electrónicos, whatsapp, llamadas telefónicas. Pese al transcurrir de los años, se interesaba por ellos, sus familias, sus ocupaciones… y a veces disfrutaba de su hospitalidad porque le invitaban a comer a sus casas en Zaragoza y fuera de ella.

Para mí el estilo de don Juanjo ha sido el estilo de don Bosco, el que se ocupa y se preocupa por sus alumnos en todo momento. Recuerdo sus clases de religión, de un nivel muy elevado, riguroso y nada sentimental, aunque al mismo tiempo muy cercanas. Podía plantear el problema de la existencia de Dios y dar precisos argumentos, y otro día contarnos sabrosas anécdotas de la vida de don Bosco y de su devoción por María Auxiliadora.

He pensado en don Juanjo cuando he leído la carta de otro antiguo alumno salesiano, el papa Francisco, con ocasión del 90º aniversario de su colegio “Wilfrid Barón de los Santos Ángeles” en Ramos Mejía, Argentina, donde el joven Jorge Mario Bergoglio cursó sexto grado en 1949. La envió en el pasado mes de noviembre, y puedo suscribir plenamente uno de sus párrafos: “Recibí esa formación al estilo de Don Bosco, abierta al trabajo, la creatividad y la alegría. La vida de Colegio era un «todo», y no había tiempo para aburrirse: el estudio, la convivencia, la oración, la atención a la gente más pobre, las actividades manuales; todo lo que hacíamos y aprendíamos tenía una unidad armoniosa, y nos preparaba para la vida, con sentido de responsabilidad y horizonte de trascendencia”. Podría añadir que ni siquiera en verano concluían las actividades en mi colegio. No faltaban momentos entonces para la diversión y para la distracción.

El estilo de don Bosco y de don Juanjo. No es el otro que el carisma de la cercanía salesiana. “La santidad consiste en estar siempre alegres” decía don Bosco. Donde hay cercanía, hay alegría, deseos de llegar a todos, de tender la mano, y muchas más cosas, a quienes más lo necesitan, a quienes se sienten solos y vacíos en un mundo atrapado en un individualismo que promete una falsa liberación.

El Espíritu Santo abrió los ojos a don Bosco, a su llegada a Turín en 1841, recién ordenado sacerdote. Vio las calles y vio a las personas, especialmente a los niños y jóvenes y percibió su abandono material y espiritual. A otros esa realidad les hubiera entristecido y paralizado, y otros habrían sido incapaz de percibirla por estar absorbidos por las ocupaciones de su estado. Pero don Bosco tenía la alegría del Espíritu. Y quien tiene esa alegría, tiene a la vez audacia. La “amorevolezza” de don Bosco hará todo lo demás. Pero, tal y como recordaba el fundador de los salesianos, en una carta de 1884:

“Que los jóvenes no sean solamente amados, sino que se den cuenta de que se les ama”. Propone también una cosa, que también vi en don Juanjo y que siguió practicando a lo largo de su existencia con todo el mundo: “Familiaridad con los jóvenes, especialmente en el recreo. Sin familiaridad no se demuestra el afecto, y sin esta demostración no puede haber confianza”. Esta carta relata uno de tantos sueños de don Bosco, otra inspiración de Dios, como tantas cosas en su vida.

El carisma de la cercanía. Presente en don Bosco, don Juanjo y en el papa Francisco. Presente en todos aquellos que hacen suyo el poema de amor de la educación y de la vida.

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