Duelo a garrotazos sobre la piel de toro

Los artistas que adquieren la categoría de clásicos, como Goya, lo consiguen no solo por su aceptación popular o por la opinión de los críticos, sino, sobre todo, porque además de la maestría demostrada, son capaces de superar con sus obras el propio entorno, la mera anécdota, para ilustrar problemas de gran amplitud de miras y de alcance universal.

El sordo de Fuendetodos acierta a plasmar en esta obra maestra de su Pintura negra, la realidad del odio, de la división irreconciliable, de la furia ciega de dos hombres que surgen como de la tierra, batiéndose a muerte en un paisaje desolado y yermo, bajo un cielo amenazador, lleno de nubarrones que parecen ser testigos de la verdadera tormenta. Es evidente que esos dos hombres blandiendo sus garrotes parecen encarnar la realidad sociopolítica de la España de hoy. No hay por qué forzar el significado de esa pintura.

Alguien escribió que ese cuadro “es un gran retrato; el de los españoles de su tiempo y de toda la historia contemporánea. Impresión que se pone de manifiesto ante las posiciones sociopolíticas que dividen a la nación española cuando, a los conciudadanos, se les cataloga como buenos y malos, izquierda o derecha, porque con ello siempre hay quien se beneficia y hace carrera”. (José Pérez Guerra).

Lo que en tiempos de Goya eran garrotazos entre constitucionalistas y absolutistas o entre liberales y conservadores, hoy se ha exacerbado hasta límites insospechados, en una sociedad como la nuestra en donde el ataque como espectáculo ha sido popularizado hasta límites insospechados por las televisiones generalistas y por las redes sociales, en especial Twitter.

Me confesaba hace años un europarlamentario valenciano, ya retirado del protagonismo político que, en los primeros años de la Transición española, no era extraño ver en el bar del Congreso a los líderes de los partidos más antagónicos tomándose tranquilamente un café y fumando, por supuesto: ¡era la época! A aquellos políticos les podía faltar experiencia, pero no sentido de Estado, ni ilusión por construir un marco de convivencia capaz de albergar en su interior las más variadas corrientes políticas dentro de los parámetros democráticos que la ciudadanía acababa de concederse, hace ahora exactamente 40 años. Alberti y Miquel Roca, Carrillo y Fraga, Suárez y Felipe González… la lista sería larga: aquellos políticos tenían una ilusión común y con esto echaron a andar nuestra democracia, no sin tropiezos, no sin limitaciones.

La sociedad nuestra ha cambiado profundamente desde entonces. Han aparecido nuevos motores de la comunicación capaces de moldear y mover a la opinión pública con una fuerza inimaginable en el 78. Ahora es el tiempo de los mensajes cortos que cortan como dagas, de las descalificaciones a diestro y siniestro, del griterío mediático, de la post verdad, de las falsas noticias construidas para calumniar o demonizar al adversario. Y así nos va.

El duelo a garrotazos se amplifica y multiplica en cada mensaje partidista retuiteado, en cada mitin, en los debates acartonados que se convierten en un turno de monólogos, en la descalificación fácil, en el “y tú más”. Entre los políticos actuales, parece que nadie se pare a pensar, a buscar consensos, a espantar el dragón bicéfalo de las posiciones extremas y las soluciones en blanco y negro, más bien negro que blanco.

Necesitamos un pacto de serenidad para construir la convivencia. En toda la sociedad. De lo contrario, nadie ganará en un duelo a garrotazos como el de Goya.

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