El amor siempre gana… siempre

Un grupo de mujeres y niños ingleses fueron obligados por los japoneses, que habían conquistado Malasia durante la II Guerra Mundial, a caminar durante muchos, muchos kilómetros… Un día un soldado australiano preso en el campo de concentración donde “por fin” había llegado el grupo fue crucificado en un árbol; su delito: había robado las gallinas del comandante para dar de comer a los más débiles. Un sencillo soldado japonés, ante tamaño gesto, comentó: “no se puede odiar a las personas…”.

En la última versión de la reconocida saga de “El Planeta de los Simios”, César, el líder de la revuelta, recuerda insistentemente, “Simio no mata simio”. El cine en este caso nos enseña, nos educa porque parece querer humanizarnos. Hace unos años el Rector Mayor de entonces, Don Pascual Chávez, nos decía, “tenemos que ayudar a los jóvenes a crecer en humanidad”. Entonces no lo comprendía; ahora… lo entiendo.

Innocent Havyarimana, conocido como “el empresario del jabón de los pobres”, era un refugiado entre los miles de hutus y tutsis empujados a huir. Hace 5 años comenzó a fabricar y vender jabones en su campamento de refugiados en Kenia. Hoy su negocio es clave en la lucha contra el cononavirus. Es un refugiado emprendedor cuya fábrica de jabones está ayudando salvar miles de vidas en uno de los campamentos de refugiados más grandes del mundo. Bajó los precios de sus productos de higiene personal cuando comenzó la pandemia y comenzó a entregar jabón gratis a los más vulnerables del campamento. Cuando Innocent comenzó en 2015 con su negocio para fabricar jabón en el campamento para refugiados de Kakume, en Kenia, estaba tratando de superar los traumáticos eventos que lo obligaron a huir hacía un año de su nativa Burundi. (Kakume alberga a cerca de 200.000 personas). Apenas se dio cuenta de la importancia de lavarse las manos para combatir la propagación de la Covid-19, bajó los precios y comenzó a ofrecer los jabones en cantidades y tamaños más pequeños, para hacerlos más asequibles para todos. «Todo el mundo necesita jabón, pero no todo el mundo puede permitírselo. Así que reduje los precios, ya que era más importante proteger a la gente que pensar en las ganancias», le contó a la BBC este hombre de 35 años.

Don Pino Puglisi: tengo la suerte de recibir las revistas de bibliografía donde trabajo y entre los artículos, recibí información de este sacerdote italiano. Pino Puglisi era párroco en Palermo, en un barrio dominado por la mafia, en el que carecían de escuela secundaria, comisaría, o centro de salud (estamos hablando de Europa, en concreto de Italia…) Puglisi desarrolló labores de promoción. Ante su constante tarea evangélica y social, la mafia comenzó a acosarle dándole alguna paliza. Trataron de intimidarle, dejándole animales muertos en la puerta de su casa o quemando parte de su parroquia. Así las cosas, en la noche del 15 de septiembre en 1993 (día que cumplía 56 años) fue asesinado a manos de un sicario de la mafia, que reconoció más tarde su asesinato.

Concluyo recordando un gesto “muy humano” y sublime, de los que no hacen ruido, pero hacen crecer a las personas como montañas: hace unos meses, por Navidad un amigo, me envió por Facebook una fotografía y decía textualmente: “24 de diciembre de 2020 a las 22:34 de la noche, en la sevillana calle Santa Ángela de la Cruz, y delante del convento, dos furgonetas en las que sube una decena de hermanas: van a pasar la noche a cuidar enfermos cumpliendo con la Caridad que tienen encomendada estos ángeles”. Esto no vende, ni se compra. Esto no sale en “Gran Hermano”, “Sálvame” o “La Isla de la Tentaciones”, pero esto es el amor de verdad: el que gana de verdad, el que no se compra ni se vende, sino que se regala, el invisible que nadie ve.

 

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