El baile canalla del tirano

Amigo Javier, tú puedes ser un asesino. Sí, hombre, sí, tú, que un día y otro, una semana y otra, un año y otro, nos ofreces a los televidentes españoles cada domingo en La2 ese magnífico programa de “El día del Señor”. Que sí, no te escabullas, tú de quien nada sospecha el camarero de la cafetería de Televisión Española (TVE), que acaba de proporcionarte aceite para agregar al tierno y riquísimo mollete. Por cierto, chico, no te despistes, cuando quedan días de lectura y muchos sobre Venezuela.

            En realidad, no eres exactamente un asesino lo que puedes ser. Yo te he querido interpelar así como en la obra de Alfonso Paso para obtener tu atención y advertirte y advertir a nuestros lectores: lo que ustedes pueden ser es un fascista. Sin saberlo, oye, además sin haberlo sabido nunca. Fas-cis-ta, fas-cis-ta.

            Poco importa que seas un votante habitual de la socialdemocracia o del liberalismo que cree, como yo –como tantos– en el relato fundacional del 1978. Poco importa que te erijas en dique de contención contra los desmanes de logreros, contra el secretismo y las mentiras bien pagadas de conspiradores y políticos malandrines, precarios y mendicantes, capaces de vender a su propio país. Poco importa que te sientas reclamado por la vieja historia de un viejo país como el nuestro, tan cargado de recorrido, quemado, “corrucciato”, de vida y de esperanza. Poco importa, que a usted o a mí, nos haya arrastrado a la Diagonal de Barcelona o a la Castellana de Madrid una epifanía de vocación ciudadana que exige defender la conquista de tal condición para Venezuela.

            Poco importa todo eso.

            ¿Qué hace el señor Maduro, el lugarteniente de Chaves, vociferando amenazas en nombre del Estado de Venezuela? A Nicolás Maduro le molesta que lo asocien con el negocio de los narcóticos, dedicándose como se dedica a la venta del petróleo y al servicio de divinas ideologías que se enrocan en las profundas cavernas o de Cuba y Nicaragua o quizás de Rusia o China. ¡Qué laberinto! Él dice que hace política en nombre del pueblo, pero su negocio y el de sus militares pretorianos chantajistas es el volver a introducir por Europa la venta del peor del peor de los estupefacientes: el odio cortado con miedo.

            ¿Por qué estos chantajistas apuntan a su propio pueblo? ¿Por qué asesinan y en su propio domicilio a cerca de nueve mil jóvenes? ¿Por qué reprime a tiros la llegada de la ayuda humanitaria? El odio cortado con miedo, o al revés, tiene un efecto fosfórico creciente. Se expande y expande sin necesidad de explicaciones, avivado por los vientos de crisis económicas sucesivas originadas por la especulación, aventurera y temeraria, de colegas bancarios de algunos militares.

            ¡Qué fácil es reprimir y machacar a mujeres hambrientas y a hombres famélicos y qué difícil va a resultar reconstruir un Estado fallido desde sus propias heces! Y encima bailando sobre su propia vileza. Eso, bailad, bailad, malditos. Graznad el albañal sin fin del desamor, el guiñapo del desconsuelo diario, el grito de los pájaros ahogados, los sorprendidos instantes de sábanas rotas y desoladas. Bailad, bailad, la melodía inmóvil de las llamas, pirómanos de los camiones solidarios.

            Es la noche que teme los acechos del alba.

            Es nuestra nueva noche de los cristales rotos de aquella Alemania nazi. La tradición democrática se consumirá si los gobernantes decentes –tantísimos– se dejan colonizar y aceptan, por programado pragmatismo “leyes especiales” a unas fuerzas de seguridad que han asesinado a sus anchas y a un ejército paupérrimo y corrompido. El narcotráfico del miedo cortado con odio funciona cuando encuentra la complicidad del peor de los silencios, aquel que Elías Canetti definió como “el silencio de los que saben”.

            ¿Por qué no hay una vigorosa reacción cívica total contra este régimen chavista que debería avergonzar al mundo entero? Porque, como siempre, como hemos visto en tantos momentos de la Historia, se empieza por machacar a los más débiles. Por los “no estructurados”. Es una costumbre muy arraigada de las estructuras el ir a la caza de los desestructurados. Si las miles de chicas, casi niñas, sometidas a prostitución fueran un grupo “estructurado” ya se cuidarían muy mucho los golfos de tocarles un pelo (pero hoy la tarifa es de dos dólares por servicio). Si los cientos de indígenas pemones, esa etnia que habita en la linde con Brasil, fueran un grupo “estructurado” ya se hubieran andado con cuidado la Guardia Nacional Bolivariana de abrir fuego a discreción por llevar alimentos a esos hermanos hambrientos.

            Esos y otros chantajistas; esos y otros espadones; esas y otras bestias que siguen echándose bailes, mientras arden los camiones, mueren los pemones y se prostituyen las hijas de Venezuela… comenzarán a desestructurarse el día en que en todas las capitales del mundo haya marchas por los derechos civiles de nuestros “invisibles”. De lo contrario, estos estructurados acabarán desestructurando todo. Bailad, bailad, malditos, bailad sobre nuestra propias heces.

            ¡Ay, ese odio cortado con miedo!

            ¡Sí, sí, fas-cis-ta, fas-cis-ta!

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