El breviario

Una difícil sintonía

Somos cuatro libros hermanos. Nacimos en una imprenta de Roma. A los cuatro se nos designa con el nombre genérico de «breviario». Pero cada uno de nosotros posee el sobrenombre de una estación del año: primavera, verano, otoño e invierno.

Nuestro cuerpo está formado por miles de hojas de papel «biblia»: extremadamente delgadas, pero opacas y resistentes para soportar la tinta de imprenta.

Todo auguraba que tendríamos una existencia luminosa… pero enseguida nos vistieron de luto. Iniciamos la vida recluidos bajo unas tapas negras; símbolo de la seriedad que debe presidir la oración de los sacerdotes.

Nos adquirió un clérigo llamado Juan Bosco. Nos aprestamos a marcarle las etapas diarias de sus rezos, desde el amanecer hasta la noche: maitines, laudes, tercia, vísperas, completas… Le ofrecimos salmos, himnos, lecturas y plegarias.

Pero enseguida entró en crisis nuestra identidad. Nuestras tapas negras no estaban en sintonía con aquel sacerdote. Él llevaba siempre una sonrisa diáfana en sus labios. Contemplaba la vida a través de la mirada clara de sus muchachos… ¡Cuánto nos hubiera gustado cambiar el luto de nuestras cubiertas por el arcoíris de su esperanza!

Semanas después, una nueva contradicción. Los breviarios hablamos únicamente latín. ¡Qué lejos quedaban nuestras vetustas y atávicas palabras de la comunicación alegre y sencilla que Don Bosco mantenía con sus muchachos!

Lo peor comenzó una noche. Brillaba la tenue luz de un quinqué. Sus ojos se deslizaban por nuestras letras diminutas. De pronto, una lágrima. Luego, otra y otra. Se frotó los ojos. Le escocían. Sacó el pañuelo. Intentó en vano seguir orando.

Hicimos un esfuerzo para dar más nitidez a nuestras letras y mitigar el sufrimiento de aquellos ojos gastados. Fuimos testigos mudos de los esfuerzos que hacía para acompasar sus oraciones al ritmo que le marcábamos.

Compartimos sus sufrimientos hasta el final de sus días. Resistimos tantas vicisitudes porque conservábamos un secreto en nuestro interior: el corazón que Don Bosco puso entre nuestras páginas el primer día que nos tomó con sus manos. Era un corazón modelado con un papel escrito de su puño y letra: «¡Confía en Dios!». «La alegría nace de la paz del corazón». «¡Dios no se deja vencer en generosidad!». «Amar a todos para llevar a todos a Dios».

De esta historia ha transcurrido mucho tiempo. Ahora tan sólo somos piezas de museo. Cuánto nos gustaría decir a quienes nos visitan: ¡Escuchad los latidos del corazón que todavía palpita entre nuestras hojas! ¡Mirad bajo nuestras tapas oscuras y descubriréis el brillo de la vida de Don Bosco que fue una oración permanente!

Nota: Año 1846. Don Bosco llega a Valdocco. Entre sus escasas pertenencias, el breviario que le acompañará siempre. Entre sus hojas, algunas frases de su puño y letra a modo de proyecto de vida. Aunque el papa Pío IX le dispensó del rezo del breviario, procuró leerlo siempre a pesar de sus maltrechos ojos (MBe II,392; V,628; VII,666).

Fuente: Boletín Salesiano

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