El cuadernillo de los pecados

Reflejos de la conciencia

Mi dueño era un pequeño albañil. Mechones de su cabello pugnaban por asomar bajo su gorra de obrero. Vestía pantalones de pana manchados de cal. Tenía en sus ojos el brillo de la bondad.

Me compró una tarde de verano. Intuí que íbamos a ser buenos amigos. Cada línea escrita sobre mi cuerpo de papel sería como un surco sembrado con semillas de esperanza.

Me acomodó en su bolsillo. Caminamos. Abandonábamos las grandes avenidas de la ciudad y nos adentramos por humildes caminos de tierra. Por fin se detuvo. Me sacó del bolsillo. Contemplé el nuevo paisaje al que habíamos arribado: una vieja casa rejuvenecida por un sinfín de muchachos que corrían y jugaban.

Mi dueño se dirigió a un rincón solitario. Apoyó la espalda contra el viejo muro. Sacó un lápiz. Cuando la mina del lapicero rozó mi cuerpo, acompasé mi rumor a su roce. Mi amo garabateaba torpemente las letras.

Al tomar conciencia de lo que estaba ocurriendo, me estremecí. ¡Mi pequeño propietario vertía su conciencia sobre mis hojas! Escribía sobre mi cuerpo de papel sus pecados y faltas. Cuando terminó de anotar culpas y caídas, me guardó en el bolsillo. Y se lanzó, en frenética carrera, a jugar con sus compañeros.

Ocurrió lo inevitable: en uno de aquellos veloces requiebros, no pude agarrarme bien al forro del bolsillo. Salí despedido. Caí. Quedé aturdido.

Tomé conciencia de lo acontecido al verme entre las manos de Don Bosco. El joven sacerdote me miró de soslayo. Leyó mis líneas. Pasó de la perplejidad a la sonrisa. Recalé en el oscuro bolsillo de su sotana.

Tiempo después unas voces inquietas se agolparon entorno a Don Bosco. Entre ellas sobresalía el llanto de un muchacho… Agucé el oído: ¡Era mi dueño! Sollozaba amargamente sin proferir palabra alguna: extraviándome a mí había perdido los secretos más íntimos de su conciencia.

Don Bosco preguntó al pequeño albañil por el motivo de su quebranto.

– ¡He perdido mis pecados!

El joven sacerdote bromeó:

– Feliz si has perdido tus pecados. Y ojalá no los encuentres nunca. Sin ellos irás al cielo.

Mi dueño replicó gimoteando.

– Lo que he perdido es el cuaderno donde estaban escritos.

Y, como si de un juego de prestidigitación se tratara, Don Bosco introdujo lentamente la mano en el bolsillo de su sotana. Me tomó. Aparecí ante los ojos atónitos de mi dueño. Le hice un guiño de complicidad. Nos fundimos en un abrazo. Porque yo ya había dejado de ser un simple cuaderno. Me había convertido para siempre en el reflejo de la conciencia de aquel pequeño albañil.

Nota: Verano 1848. Ejercicios Espirituales en el Oratorio. Un chico llora desconsolado: ha extraviado el cuadernillo donde había anotado sus pecados para hacer una buena confesión general. Don Bosco encuentra el cuaderno. Tranquiliza al muchacho (MBe III, 326-327).

Fuente: Boletín Salesiano

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