El día que mataron a Miguel Ángel Blanco

¡Qué aburrimiento eso de la inmortalidad! No sé, Javier.

            Cuerpo y alma están trabados, como la música al instrumento, ¿no?

            Santa Teresa de Jesús habla de “esa cárcel y esos hierros en que el alma está metida / Solo esperar su salida / me causa un dolor tan fiero / que muero porque no muero”. Ese poema…

            Una maravilla dicen unos, un diagnóstico médico señalan otros.

            Se habla del alma como una prisionera. Para otros parece un añadido, una secreción ¡Señor! Un añadido con sustrato material en las enzimas celulares.

            Bien. Todos sabemos que llevamos dentro una bestia. Pero también sabemos que el hombre macerado, madurado, se emociona al oír las cuerdas de su alma, como el niño, en la buhardilla, al oír una caja de música.

            Cuerpo y alma, como la música al instrumento.

            Amigo Javier, todos estos prolegómenos vienen a cuento porque no quiero pillarte por sorpresa.

            Hasta mis infartos en 2007 casi siempre que iba a Bilbao me hospedaba en la “Casa Sacerdotal” de Begoña sobre todo desde 1997, donde la cercanía con Derio y la Biblioteca Labayru merecían ese atrevimiento, secundado cada vez más por la presencia de Don Ricardo Blázquez.

            Del 6 al 12 de julio de 1997 estuve en Derio y me hospedé en Begoña.

            Casi siempre he sido un investigador silencioso. Pocas entrevistas y sólo las que promovieron los editores o los premios. El bullicio estorba al estudio. Las fotografías, los reportajes, levantan notarías efímeras.

            Total que yo quería aprovechar aquella semana en la Biblioteca Labayru para avanzar en uno de mis libros sobre “Vascos y Restauración”. A ratos mi amigo Ander Manterola me llevaba en coche a las Siete Calles donde con la inigualable plenitud de la biblioteca degustábamos de otro modo algo de la realidad de Bilbao.

            Pero el 10 de julio de esos días el concejal de Ermua, Miguel Ángel Blanco, de 29 años de edad, fue secuestrado por tres miembros de ETA, que exigieron el acercamiento de sus presos a las cárceles del País Vasco.

            Por las calles de Bilbao, y del País Vasco entero empezó a vagar una luz mortecina, como de resacas, unas melancolías de txokos pobres, tras noches de acordeones rotas en la ría.

            Yo seguía reconcentrado en mi trabajo en Derio. Un libro, otro. Cien fotocopias, otras. Jon Elorriaga me frenaba. “¡No irás a fotocopiar la biblioteca entera!”. Una hora y otra. Parecía un currela de los años cuarenta, como mi padre Román.

            El frenesí candente del secuestro empezó a invadir todo.

            ETA lanza un ultimátum. El satén de sus palabras moviliza al país.

            El día 11 trabajo con ardor en Derio, pues el 12 por la tarde tengo que volver a Madrid. A la cena, en Begoña, Don Ricardo me invita a comer con él.

            Encuentro al obispo de Bilbao paseando un poco por el comedor, y tomo las medidas a ese silencio particular. Escucho por momentos las tuberías, y evalúo el crujido del suelo de madera.

Tal vez sería necesario saber también qué clase de libro estás escribiendo –dijo al verme.

Nada importante, Don Ricardo, un aguafuerte del País Vasco en la Restauración como si fuera un alijo de vísceras en un país que se levanta después de una guerra carlista.

Mañana me sustituyes en la misa, ¿te parece? Bajo al botxo para la manifestación.

            Celebré en la basílica de la Amatxo de Begoña. Prediqué: “Si conociéramos el don de Dios”. El propósito era extraer la pulsión arterial de los fieles, mientras el obispo de Bilbao participaba en la fuerza centáurica de la manifestación.

            Comimos tarde, porque volvió tarde. Reconcentrados en el secuestro de Miguel Ángel Blanco nos saltamos la conversación. La palabra más valiosa responde a la excitación de un vacío forzado, de una ausencia homicida, que entre todos intentábamos llenar. “Se espera lo peor”, dijo. Un taxi me acercó a la estación de autobuses y salí para Madrid en el autobús de las cuatro. La imagen de Don Ricardo, al despedirme, era la de una singular combinación de extrañeza y pena, con esa tensión bíblica que tiene la impotencia en estado puro.

            El 12 de julio en un descampado de Lasarte-Oria a las 16:50 los etarras le dispararon dos veces en la cabeza quedando herido mortalmente. Fallecería a las 5 horas del 13 de julio de 1997 en Donostia, RS Nuestra Señora de Aránzazu.

            Todos oímos las cuerdas de nuestra alma como el niño oye una caja de música en la buhardilla y salimos a la calle. Cuerpo y alma, como la música al instrumento.

            “¡Que muero, porque no muero!”- decía la Santa. Porque es como un asedio que a Santa Teresa le resulta agradable, pues en él ella se hace imborrable detrás de las murallas (estamos en Ávila) de sus recuerdos y escoltada nada menos que por el fulgor de sus visiones.

            Amigo Javier, tengo setenta y siete años largos, estoy en la plenitud de mi debilidad, de mi misterio y de mi encantadora fealdad y vejez. Cierto día al subirme de quirófanos a la planta segunda, en Clínica Moncloa de Madrid, después de cinco horas de cateterismo, donde perdí el conocimiento, todos los pacientes de mi pasillo aplaudieron sin cesar al paso de mi camilla. Ni a ellos ni a mi se nos podía escapar el peligro de una insensata renuncia al deseo de vivir.

            “¡Que vivo, porque no vivo!”.

            ¿Por qué hablar de cárcel y de hierros, Madre Teresa, al hablar del cuerpo? Yo no entiendo de mística, perdona; un poco de quirófanos. Empezamos a creer en Dios, antes de verlo. Todavía no lo hemos visto. Sin duda, nos atrajo su desafío y nos agradó dedicarnos a una realidad ausente, pero existente que mantiene nuestra vida. Nos dimos cuenta hace mucho que algo peregrino se enroscó en nuestro destino, algo (mucho, todo) por lo que resulta muy difícil separar el nacimiento de la muerte, la construcción de la destrucción y el desear del matar. “¡Que vivo, porque no vivo!”. Y estoy furioso de gritar esa exclamación que fomenta el esplendor, el misterio y el mandato divino del cuarto mandamiento: “No matarás”. Nada, nada de separar el nacimiento de la muerte de nadie. Ni las “divinas ideologías”, “ni los intereses creados”, “ni la construcción de la destrucción”. El aplauso generalizado de los enfermos de mi planta lo confirma. Cuerpo y alma como la música al instrumento. “¡Que vivo, porque no vivo! ¡Madre Teresa!

3 opiniones en “El día que mataron a Miguel Ángel Blanco”

  1. Felicidades, Paco, por este artículo tan oportuno, para todos por el aniversario de ese horrendo crimen. Para mí, porque estoy terminando de leer “Patria”, de Fernando Aramburu, tan sugerente, tan lúcido, tan humano… en la trama del país vasco de los últimos treinta años. Que Dios te conserve la vida que vives porque no vives, para que podamos seguir disfrutando de ti.

  2. Y a pesar de todo, seguimos haciendo concesiones a asesinos…
    Dignidad, honor y justicia! Que les falta a estos advenedizos coyunturales plúmbeos y pusilánimes.

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