El diccionario

Ignorancia u orgullo

Permítanme presentarme. Soy el «Diccionario de la lengua Italiana». Nací del trabajo de un filólogo llamado Nicolás Tommaseo. No olviden mi nombre ni el de mi autor. Porque en aquel tiempo éramos muchos los diccionarios que nos disputábamos el honor de ser los mejores.

Algunos diccionarios compañeros míos tan sólo mostraban palabras cargadas de historia: fósiles lingüísticos. Otros, hacían acopio de vocablos modernos: olvido del patrimonio literario.

Yo representaba el equilibrio. Conservaba palabras del pasado, las anclaba en el presente y las proyectaba hacia el futuro.

Pero, aún siendo el mejor de los diccionarios, mis inicios fueron funestos. Me adquirió un sacerdote llamado Juan Bosco. Tal como me compró, me olvidó en el anaquel superior de su escritorio. Una sensación de frustrante inutilidad anidó entre las resmillas de mi cuerpo de papel.

Un día su desprecio llegó a lo más alto. Don Bosco había traído las pruebas de imprenta de su libro «Historia de la Iglesia». Desde mi silencio polvoriento le supliqué que me utilizara. Yo le ayudaría a corregir aquellas galeradas que olían todavía a tinta fresca: ponderaría expresiones, evitaría repeticiones…

Pero él corrigió y corrigió sin acordarse de mí. Frustrado me preguntaba: ¿Ignorancia u orgullo? ¿Cuál era el defecto de mi dueño?

Dos días después la vida me ofreció una nueva oportunidad.

Desde mi estantería les vi llegar. Un hombre elegantemente vestido acompañaba a Don Bosco. Con satisfacción no disimulada, mi dueño mostró las pruebas corregidas al visitante. Le invitó a valorar la calidad del texto…

El acompañante sacó unas gafas del bolsillo de su chaqueta. Se sentó en el escritorio. Escuché cómo la mina del lápiz se deslizaba una y otra vez sobre el papel de imprenta… De sus trazos brotaron decenas de correcciones.

Finalmente, alzó la vista. Preguntó a Don Bosco: “¿Usa usted el diccionario?”. Don Bosco respondió con ingenuidad: “No lo considero necesario. Creo conocer suficientemente el lenguaje”.

El escritor amigo de Don Bosco, le reconvino con una sonrisa: “Se equivoca, amigo mío. Use el diccionario. Es imprescindible para dominar el sentido y la ortografía de muchas palabras. Yo lo tengo siempre a mano”. Le aplaudí desde mi silencio.

Marchó el visitante. Y se produjo la conversión. Don Bosco me tomó. Sopló hasta quitarme el polvo. Me depositó sobre su escritorio… Y ya nunca nos separamos.

No peco de orgullo si les digo que, gracias a mi colaboración, Don Bosco ha escrito casi un centenar de libros. Yo le he sugerido expresiones y frases elegantes. Él me ha mostrado que se puede escribir sin afectación, con ese lenguaje sencillo que comprenden las gentes del pueblo.

Nota: Don Bosco no usaba diccionario. Estaba falsamente convencido de su dominio del lenguaje. Su amigo, el escritor Silvio Péllico, le persuadió de la importancia del diccionario. Desde entonces lo llevó siempre consigo. (MBe III, 247-248).

Fuente: Boletín Salesiano

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