El Erasmo andaluz, José María de los Santos

Ya estamos, amigo Javier, en campaña andaluza y no sé qué políticos ya van diciendo que “Andalucía le ha dado mucho al PSOE, pero el PSOE no le ha dado nada a Andalucía”. Bueno, hombre, vaya, venga. Vamos “que nadie se afirma negando”, decían en Roma antes de Cristo. Pero lo que yo tengo que recordarle al PSOE andaluz es su bloqueo, constante y perseverante, al PSA (Partido socialista de Andalucía) al que José María de los Santos proporcionó antes de 1972 sus primeras tesis ideológicas, en unión de Enrique Iniesta, Eduardo Chinarro, Diamantino García, José Mª Javierre y José Godoy, grupo vinculado a la Iglesia católica y que reivindicó la autonomía de primer orden para Andalucía durante la Transición.

Nacido en El Viso del Alcor (Sevilla), 1935, de los Santos fue maestro filósofo y pensador andaluz, como antes y en Madrid lo fueron Ortega, Zubiri o Julián Marías. Al final de sus días, este personaje “dulce y mínimo”, como le gustaba a él vivir, fue dando claridad (la “salada claridad de Alberti”), a todo lo que ya pasaba en la Andalucía de la Transición, en obras de tanto calado como Andalucía en la revolución nacionalista (1979), Sociedad Tecnocrática (1985) y Sociología de las transformaciones andaluzas (1999), póstuma.

Ordenado de sacerdote en 1960 en Salesianos Utrera, después de licenciarse en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma pasó al Teologado Internacional Salesiano de Sanlúcar la Mayor (Sevilla), como profesor de teología moral y de Derecho, de 1963 a 1969, además de formador del centenar de jóvenes salesianos, adentrándose ya en la manía de pensar y enseñar a pensar a sus discípulos.

En este período desarrolla una extensa actividad de divulgación teológica y de apostolado, sobre todo entre profesores universitarios y religiosos que se dedicaban a la pastoral entre estudiantes universitarios. Invitado por el patronato del Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, más tarde, entre 1971 y 1975, imparte lecciones de sociología, sobre todo, con un salto vertiginoso en la forma y en el fondo, configurándose ya desde entonces y para siempre como maestro de espíritus y, lo que fue más importante, como administrador de inspiraciones, expresiones y decisiones de los demás. Tanto que la Congregación lo envía a la Universidad Católica de Lovaina y a la Universidad de Santo Tomás en Roma donde se licencia en Sociología, para confirmar más tarde su grado de Doctor en Sociología por la Pontificia Universidad de Salamanca.

¡Ay, que la vida es un grotesco tremedal de instantes!

En José María se mezclaban evocaciones humanistas, llenas de inteligencia natural y enjoyada, en la que misericordia, verdad y fe forman un intrincado tejido teológico sin par.

De los Santos y López fue, pues, el Erasmo de Rotterdam de aquella nueva generación de clérigos del Concilio Vaticano II, que pudo poner orden y sentido en lo que estaba pasando. Heredero y sentidor del espíritu de Don Bosco propugnó la simetría de las leyes, de las tradiciones andalucistas, de las clases populares, de los emigrantes andaluces (aquella novena provincia andaluza en Cataluña de más de un millón de habitantes), alejándose siempre de la retórica de los rebeldes y de las más encendidas palabras y doctrinarismos de las tribus, todas las tribus.

Andaba José María por los mentideros de Sevilla y cada día era más ambiciosa y profunda su patada a la actualidad, hasta que se decantó por su sacerdocio salesiano, íntimo y sentido, a favor de los pobres en concreto. “Devolver, devolver el evangelio a los pobres”, insistía tanto a finales de los ochenta. Ahí, en San Lucas tenía él su vivero existencial. Las chaquetas de la prosperidad, del acomodo o de la hipocresía le quedaron para siempre grandes. Sin duda las revoluciones de su gran corazón no podían más. A su corazón José María es que lo tenía molturado y éste estalló en Sevilla el 6 de enero de 1990, a la edad de 55 años. El necrologio de los Salesianos Difuntos, de 2003, lo recoge como piadoso responso en su página 13.

José Mª de los Santos y López, grande y magnánimo, diligente para escribir y perspicaz en sobre qué escribir, es el referente de salesiano, de cátedra y contactos, de la calle y de la noche, de la búsqueda y de la intemperie, pues en ellas sobrevivió con lucidez y fuerza.

Amigo Javier, en mi cartera de amigos ocupa un lugar preferente José María. Nos conocimos en un viaje de estudios organizado por la Gregoriana a Tarquinia. Y así, y así, entre tumba etrusca y ánfora romana entablamos conversación. El profesor de Arqueología, el jesuita malagueño Martínez Fazio, convertía triunfal, su explicación esquinada en una lección universal y nos interpeló así:

-¿No os emociona lo que el hombre es capaz de crear, no sólo la belleza del arte o de la música, sino también la de los comportamientos y los usos sociales o la elegancia con que romanos y ya antes etruscos escuchaban, gustaban, apreciaban, aplaudían, esperaban, sonreían, batían palmas, oraban y hasta ironizaban.

Al José María, andaluz zumbón, que me llamaba “Zetudo” le gustó lo de ironizaban, y me sopló por lo bajo:

-Sí, sí, ahí está la vida y su alocada trama de comportamientos. La vida… un grotesco tremedal de instantes.

Hasta que un día, ya en España…

Antes de seguir, permíteme una reflexión. ¿Sabes Javier? Va a hacer 40 años que aprobamos la Constitución de 1978, punto de llegada y punto de partida, mientras cantábamos “a grito pelao”, con los Poetas Andaluces: “libertad, sin ira libertad”. En octubre de ese año pude publicar mi primer libro que fue ganador del premio Ciudad de Irún 1978. Llevó por título Colonización política del catolicismo y fue un análisis del periódico falangista Arriba y la revista Ecclesia, entre 1940 y 1945, al que añadí una reflexión teológica sobre el Cesaropapismo y un apunte sociológico sobre El Tercerismo en la Iglesia y la sociedad española desde el principio de la andadura franquista, o sea, en la mismísima “Era azul” del general. José María me invitó a su casa en El Viso y dedicamos una semana a la reflexión antes de entregarlo a las bases del concurso con el seudónimo “Libertad y democracia”. El libro saltó de mi maletín a su mesa de trabajo, donde una mezcla de intuición, velocidad e inteligencia lo puso en valor, prohibiéndome decir nada. Hace poco rompí el secreto, después de 30 años, con el magnífico provincial que eligieron para Madrid, Juan Carlos Pérez Godoy, persona de toda confianza.

Hasta que un día, avanzada la Transición, ese gran acierto del encuentro entre españoles, en 1989 vino a buscarme en coche a Toledo, donde trabajaba para el señor cardenal, a fin de llevarme a Ronda, eje histórico del andalucismo de Blas Infante, donde pasamos un “finde”. Paseamos una y otra vez por la Alameda de San Carlos y desde la balconada del mirador sobre el Tajo vino a recitar la plegaria de un hombre que se desnudaba del tiempo (El Viso, Utrera, San José del Valle, Campano, Sanlúcar, Sevilla, Roma) sin más rumbo ni sol que el fondo del día y el fondo del río Guadalavín. La voz de José María avanzaba como la costura, iba uniendo las piezas separadas de Ronda. Aquí los jardines de “Forester”, aquí los mejores baños árabes de Europa, aquí los canales de agua, que es vida, sabiduría, purificación, por donde pasaron Rilke, Cernuda, Joice.

-La vida –dijo- ese grotesco tremedal de instantes.

José María de los Santos fue sobre todo un maestro y profesor que con ojos de pedagogo salesiano contemplaba y analizaba y quería cambiar la realidad donde estaba inmerso. Nos encontramos, pues, ante un hombre con una profunda fe y convicción en los cambios personales y grupales que genera la educación en su sentido más íntimo, amplio y noble en la escuela de Don Bosco. Ello justificó su empeño a la hora de consolidar en Sevilla una Escuela Universitaria del Trabajo, en la que me invitó a participar.

-Pero José María, siempre seré aquí un “zetudo”, ¿no?

 Me acompañó a la estación de ferrocarril Sevilla-Madrid para despedirme. Abandonó de pronto mi maleta, se sacó las gafas, inclinó levemente la cabeza, como vencido por una veta de cansancio, llevó el pulgar y el índice de la mano derecha hacia los ojos y, cerrando los párpados, se concedió una ligera presión circular sobre los glóbulos oculares, humanísimo gesto en el que pude ver, reunidos, todos los momentos de dolor, desilusión y fatiga que una vida de éxitos no había borrado y cuyo recuerdo, ahora, delante de mí, el estudioso y líder deseaba superar. Fue muy hermoso. Luego, como si despertara de un sueño, levantó de golpe la cabeza, se puso las gafas con un gesto rápido, y asumió finalmente su perfecta inmovilidad anterior, volviendo a mirarme, con la fuerza de quien ha conocido el dolor, pero no ha sido derrotado por él.

Un abrazo. Y ya desde el descansillo del vagón alzando el pulgar dije:

-La vida, Josemari, ese grotesco tremedal de instantes.

No nos volvimos a ver. Fallecía cinco meses más tarde.

2 opiniones en “El Erasmo andaluz, José María de los Santos”

  1. «el protagonismo a los pobres». En tiempos en que nos peleamos por los mejores, para presentar la excelencia, buscar los mejores expedientes, los mejores resultados, a los mejores preparados….casa mal con buscar a los que mas les cuesta, a los que no llegan a terminar el curso, a los absentistas, a los hiperactivos…. nos sentimos en «instituciones con prestigio»…. cuando quizás esos «últimos» son sumerjan en el desprestigio…todo casa mal con «dar protagonismo a los pobres» (qué bien se siente uno cuando da clases a un curso excelente….y cómo se le revuelve el estómago cuando son los «otros») …. quizás la clave sea buscar ser «dulces y mínimos».

  2. Magistral evocación del recordado andalucista, innovador sociólogo y brillante profesor del Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, donde coincidí hasta su muerte. Entre cafés y charlas de pasillos, pude disfrutar de su magisterio y de su amistad y de su maestría de vida. Felicidades, Paco.

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