El fusil

Otra fuerza y precisión

Brillante por fuera y bien engrasado por dentro. Colgado del hombro de mi dueño. Dispuesto a entrar rápidamente en acción para atajar la delincuencia. Reprimiendo los desmanes de rufianes y facinerosos. Salvaguardando el orden… Así transcurrían mis días.

Era yo un moderno fusil al servicio de un guardia municipal de Turín. En el interior de mi largo cañón de acero guardaba un secreto que me enorgullecía: mis estrías. Mis antecesores habían quedado obsoletos: la parte interna de sus cañones era lisa y disparaban de forma imprecisa. Mis estrías garantizaban disparos de gran precisión.

Siempre recordaré un extraño servicio que compartí con mi dueño.

Era el mes de mayo. Mi propietario, ataviado con su uniforme, patrullaba las calles del centro de la ciudad. Protegía a los ciudadanos de rateros y maleantes.

Recibió una orden desde el Ayuntamiento: debía trasladarse urgentemente al suburbio de Valdocco para vigilar a un grupo de mozalbetes.

Se estremeció mi cuerpo. Me imaginé enfrentado a alguna banda de jóvenes delincuentes: hijos de la miseria; amamantados con el vino barato de las tabernas; adiestrados en la escuela del robo, la navaja y la extorsión.

Llegamos. Me apresté a detectar el más mínimo desorden. Divisé con sorpresa a un centenar de muchachos que jugaban en un prado. Sonreían, corrían y voceaban. Zancos, aros y pañuelos al viento. Diversión con orden y sentido.

De pronto se escuchó la voz de una pequeña campana. Cesaron los juegos. A la indicación de un joven sacerdote –al que llamaban Don Bosco–, los muchachos atravesaron el umbral que conducía a un modesto cobertizo.

Mi dueño se acercó hasta la puerta. Vigilaba respetuosamente. Aupado a lo alto de su hombro contemplé a los chicos. Atendían a Don Bosco. Presté atención. Entre las paredes de aquel pequeño cobertizo resonaban palabras que mis oídos de fusil nunca habían escuchado: alegría, nuevas oportunidades, trabajo, dignidad, fe, amistad, perdón… En vano intenté comprender su significado.

Pero, a medida que las palabras de Don Bosco penetraban por las estrías de mi cañón, crecía en mí el deseo de transformarme. ¡Cuánto me hubiera gustado abandonar para siempre las absurdas tareas que enorgullecían mis días: ¡disparar con precisión, herir, teñir de sangre la vida, castigar, reprimir…!

Horas después mi dueño concluyó el servicio de vigilancia. Abandonamos Valdocco. Regresamos al centro de la ciudad.

Han transcurrido varios años. Sigo patrullando las calles. De tanto en tanto resuenan en mi interior aquellas palabras que antaño escuchara en el Oratorio. Frecuentemente me pregunto, ¿por qué las palabras de Don Bosco siempre tuvieron más fuerza y precisión que las balas disparadas por los fusiles?

Nota: mayo de 1846. El alcalde de Turín envía guardias municipales al Oratorio para vigilar y espiar todo lo que allí se hace y dice. Los guardias quedan admirados y emocionados por las palabras de Don Bosco y por su forma de actuar con los jóvenes (MBe II, 336-338).

Fuente: Boletín Salesiano

 

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