«El hombre de bien»

Curiosidades, recetas y sonrisas

Había concluido el verano. El viento frío de los Alpes traía noticias de un incipiente otoño. Por aquellos días yo era tan sólo una resma de cuartillas apiladas. Hojas en blanco. Un cuerpo de papel sin alma aguardando a que la pluma de Don Bosco me infundiera un soplo de vida.

Recuerdo aquella noche. Yo llevaba varios días dormitando sobre el escritorio del sacerdote de los jóvenes. Aguardaba entre bostezos de aburrimiento. Cuando él me tomó con sus manos, intuí que cada palabra escrita sobre mí sería como un latido de mi corazón.

Yo no esperaba novedad alguna. Hermanas mías me habían vaticinado el tedioso futuro que me acechaba: narraciones de vidas ejemplares; palabras piadosas para rememorar devotas tradiciones. Estaba destinado a convertirme en una nueva entrega de las Lecturas Católicas: la colección de libros religiosos que Don Bosco escribía y distribuía mensualmente.

Antes de comenzar a redactar, Don Bosco me contempló. Sentí su profunda mirada. Bajo el mortecino resplandor del quinqué, rememoré los aciagos augurios de mis hermanas: «Te convertirás en exhortaciones virtuosas, en la biografía de algún santo o en la semblanza de un Papa de los primeros siglos…».

Me hallaba en estas reflexiones cuando Don Bosco tomó la pluma. La mojó en el tintero. Comenzó a escribir con trazo firme. Cada línea redactada era como un sendero abierto hacia ignotos paisajes.

Cuando comprendí el sentido de los primeros párrafos, creció mi sorpresa. ¡Don Bosco plasmaba sobre mi cuerpo curiosidades que provocan admiración! Garrapateaba expresiones ingeniosas que hacen crecer sonrisas. Proponía consejos para el cuidado de los gusanos de seda. Pronosticaba el clima. Ofrecía una receta para obtener un sucedáneo del vino… Se disiparon mis temores.

Varios días después, Don Bosco concluyó el trabajo. Me miró con satisfacción.

Pero de pronto, afloró una duda en su rostro. Me asusté. Contuve la respiración… ¿Algo no iba bien? Temblaron las novedades que atesoraba en mi interior. Temí verme arrojado a la papelera. Relegado para siempre al olvido.

Él tomó la última cuartilla. Barajó varios títulos: «El verdadero amigo», «El almanaque del pueblo», «El calendario de la juventud». Al final escribió con letras cubitales: «El hombre de bien». Respiré aliviada. Con aquel nombre nacía mi identidad.

Desde aquel otoño, nunca he faltado a la cita. He entrado en miles de hogares llevando la alegría de Don Bosco. He causado sorpresa y admiración. Como buen almanaque, renazco y me renuevo cada año. Y siempre, siempre… procuro ser más interesante que exacto.

Nota: 1854. Don Bosco publica cada mes un libro de temas religiosos populares: Las Lecturas Católicas. Cuenta con 16.000 suscriptores. A partir de enero de 1854, añade un almanaque anual de unas cien páginas: curiosidades, consejos domésticos, predicciones del clima… Le llamará «Il Galantuomo» (El hombre de bien). Será todo un referente (MBe IV, 490-492).

Fuente: Boletín Salesiano

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