El olmo del zapatero

Transformando cicatrices

Retumbaba la voz temible y descomunal de los truenos. Zigzagueaban los relámpagos en el horizonte. El viento de la tormenta se enseñoreó del paisaje… Y de pronto, un rayo fatídico hendió mi tronco como un hachazo de fuego. Abrasó mis entrañas. Luego me sumergí en esa oscuridad densa que sobreviene tras fulgor que deslumbra.

Cuando desperté, la tormenta había marchado. Yo seguía vivo y en pie. Erguido aunque mutilado. Desafiando a la adversidad. Aferrado a la tierra con mis profundas raíces. Orgulloso de la fortaleza que poseemos los olmos.

Con el paso de los meses tomé conciencia de mi estado. El rayo había destrozado parte de mi grueso tronco. Una gran cicatriz hueca, negra y profunda recorría mi cuerpo de arriba abajo. La amargura anidó en mis ramas: nunca volvería a ser el olmo fuerte y altivo que antaño fui.

Pero cuando menos lo esperaba, llegó él. Era el zapatero remendón de Albugnano; diminuta población que se alza a los pies de la colina donde crezco. Llegó con sus herramientas: la lezna, el martillo, los botes repletos de clavos y tachuelas, las tenazas… Estableció su zapatería en el hueco de mi tronco. Me llené de alegría. Hice un esfuerzo para proporcionar sosiego y sombra al humilde zapatero. Desde entonces, cada verano recalaba en el hueco de mi tronco. Los golpes de su martillo fueron los latidos nuevos de mi maltrecho corazón.

Pero lo mejor estaba por llegar. Desde el silencio de la colina donde me alzo, les oí aproximarse. Voces jóvenes. Pasos apresurados. Corrían. Reían. Llegaron en tropel. Me rodearon alborozados como una bandada de gorriones en primavera. De pronto se hizo el silencio. Les hablaba Don Bosco; el cura joven que les había guiado hasta mí.

No sé cómo ocurrió. Pero sus palabras resonaron en mi interior con más fuerza que aquel rayo que antaño me destrozó. Mientras Don Bosco contaba mi historia a sus muchachos, yo descubría el profundo sentido de mi existencia: «Observad las heridas de este olmo… En lugar de quejarse, ha transformado las cicatrices de su tronco en un lugar de vida y trabajo. Aprended de él. Vosotros, a pesar de las heridas de la vida, también podéis construir un futuro nuevo. Dios, que habita en vuestro interior, os dará la fortaleza para hacerlo».

Terminó de hablar. Asintieron los muchachos. Sonrió el zapatero. Cuando los ojos de aquellos muchachos me contemplaron, reverdecieron los girones de mi cuerpo cargado de años y sinsabores. Cuando sus manos acariciaron la áspera corteza de mi tronco, sentí que renacía nuevamente mi vida.

Nota: Año 1857. Durante el «Paseo de Otoño», Don Bosco llevó a sus muchachos a un pueblo llamado Albugnano, famoso por la abadía de Vezzolano y por el «Olmo del zapatero». Según narra Juan B. Francesia, visitaron al zapatero del pueblo que establecía su taller en la oquedad del maltrecho tronco de este olmo durante el verano. Restos del olmo siguen en pie actualmente (MBe V, 518; VI, 57).

Fuente: Boletín Salesiano

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