El partido se juega en el patio

Si no falla el ascensor, tengo la suerte de vivir en un séptimo piso. Desde allí contemplo, intuyo, veo… Soy capaz de mirar hacia el cielo para descubrir el paso del tiempo, hacia la tierra para ver el trajín de la gente y hacia el mar para llenar los ojos  y el corazón de nostalgia agradecida. Realmente vivo un regalo de la vida junto a mis hermanos de comunidad.

También tengo puesta la mirada en el patio

Un patio que hoy, al contemplarlo, me llena la mente de morriña. Me viene a la memoria los tiempos de recreo en que no podía cruzar de un lado a otro. Era tal el ajetreo, los gritos, el calor del juego que corrías el riesgo de llevarte lo que no deseabas. ¡Espectáculo, fiesta y riesgo, al mismo tiempo! Mis gafas de aquellos días cuentan que varias veces perdieron su consistencia entre balones inquietos, movidos por pies imparables… “Perdona, fue sin querer”. “Solo faltaba que hubiera sido queriendo”, decía yo, mientras me recomponía en una esquina más liberada del vaivén. Allí no había espacio para el sedentarismo, para la telefonía móvil ni para el despiste. Cada quien con su balón tenía claros sus objetivos, los que estaban con él y quiénes, en aquella jornada, eran sus contrarios. Los intrusos, no avezados en el arte de esquivar, pagaban las consecuencias del alboroto y la alegría… También, al lado del barullo, algún salesiano había tomado posesión de una columna en la esquina, y, a su rededor, se movía otro universo diferente, más reducido, pero que no dejaba de ser “otro pequeño mundo”. Todo el conjunto era un espectáculo para ver, para vivir, para hacer soñar. Los años me hicieron comprender aquello que oí una vez, no sé si en bromas o en serio: “El patio de Vigo-María Auxiliadora resume en sí todas las características de una obra salesiana”.

Luego vino lo del coronavirus. Este virus fue hiriendo a nuestros mayores, llenando nuestros hospitales, poniendo en valor a nuestros sanitarios, reagrupando a nuestros alumnos, silenciando nuestros patios… Nunca supimos la razón última de este proceder inventado, esparcido y contagiado desde una realidad que sobrepasaba nuestros conocimientos. Y una mañana aparecieron los protagonistas con mascarillas, con el patio troceado en grupos que se hablaban a distancia y en voz baja. Las voces huyeron asustadas como las gaviotas y las palomas, que se sintieron extrañas y empezaron zurear y gañir que algo raro estaba pasando en el patio. “Aquello no era patio ni Cristo que lo fundó”, que en su momento descubrió un conspicuo pedagogo. Y por si fuerza poco lo dicho, hubo días, semanas, meses en que el patio estuvo desierto, confinado, sin murmullos. El descanso de aquel partido se hizo tenso y largo… La mirada al patio era silencio, nostalgia y, tal vez, síntoma de neurosis… Hasta lágrimas se asentaron en los ojos de algún educador recordando aquella otra historia. Un patio sin gente es como un torrente sin agua. La experiencia de la soledad se adueñó del tiempo, un tiempo que nunca hubiera imaginado.

Ahora volvemos, muy lentamente, a ocupar espacios, a emitir sonidos, a contar las palabras, a tocar un balón despistado y a cruzarnos de brazos. Alguna tarde un pequeño grupo entrena, esperando la vuelta del día añorado. El que se comience a hablar de “cepas de COVID” me hace recordar el cercano restaurante “De tapa en cepa”, que hoy ha vuelto ya a sus actividades.

No engaño si digo que sueño con el patio, con ese partido que se juega en los patios: el partido de la esperanza y no de la ausencia, el partido con público y no de gradas vacías, el patio de las gafas rotas o silenciadas por una operación de cataratas. Este no es mi patio, este no es mi partido. Aquel era el patio que emigró un día desde el Arenal haciendo sonreír a toda la ciudad que se asustaba y admiraba a su paso. (Cuentan, me imagino que en broma, que cada alumno transportaba su pupitre). Fue allá por el 1947; hasta el 2020, “el año de los gemelos”, hubo tiempo para reconstruirse en medio de recortes, expropiaciones y ajustes. Aquel era mi patio; este me parece un secuestro o un aborto de patio.

Toda obra salesiana “es casa que acoge, parroquia que evangeliza, escuela que encamina hacia la vida y patio donde encontrarse como amigos y pasarlo bien” (C., 40). Ahí está la obra de Vigo: parroquia simplificada, escuela ausente o telemática, patio silenciado y roto, donde resulta difícil encontrarse con los amigos. Ya no vale lo de que “el patio de Salesianos es nuestra segunda casa”, ni aquello de que “dejo al niño a los ocho de la mañana en el cole y lo recojo a las ocho de la tarde”. Ahora, al patio se le ha obligado a dejar de ser “salesiano”. Solo permanece la estructura y la esperanza de que, pronto, recuperemos el potencial perdido. Contemplo desde el ‘séptimo’ este patio y me duele el alma… Menos mal que, según me dicen mis compañeros, están surgiendo otros “patios”, muy activos y animados en que los niños se sienten felices y acompañados por sus educadores “salesianos”. Esta aseveración me ha hecho recuperar un poco la sonrisa.

Yo, sin renunciar a estos patios, sigo esperando “mi patio”; ese en el que se celebra, todos los días, el partido de la vida salesiana.

5 opiniones en “El partido se juega en el patio”

  1. Que recuerdos, Isidro!!!
    Te ha faltado incluir que en algún momento llegaste a formar parte de esos equipos que disputaban la hegemonía en el patio … en el deporte de la canasta en este caso!!
    Un agradecido antiguo alumno

  2. Isidro, has puesto en palabras sensaciones que muchos experimentamos. Muchas gracias. Si ese patio hablara, con sus historias se llenarían bibliotecas. Por un momento he sentido decenas de voces al unísono, y varios partidos simultáneos en un solo campo.

  3. ¿Viendo niños y niñas jugando juntos como lo haría don Bosco?
    Dejasteis a muchos padres a merced de la opinión generalizada e interesada por ser consecuentes con él, y vilipendiados. Y lo hicimos no porque le amáramos tanto como los salesianos que aman esos patios sino porque sabíamos que él ama de manera especial y única el corazón de nuestros hijos, y eso se agradece no con la mirada, sino siendo consecuentes con él. Nunca entenderé por qué os plegasteis a ver los patios llenos de niños y niñas o tal vez eso me ha permitido entenderlo todo.
    «Eran otros tiempos». Muy triste de los que están llamados a ser signos de los tiempos y no seguidores de los mismos.
    Me imagino que rebosarán vocaciones por ese anhelado patio por la felicidad que se vivía en ellos o tal vez ahora salgan unas poquitas menos de aquel caudal vocacional que eran esos patios justo los meses antes de la pandemia. Exactamente, los tiempos, siempre son los tiempos.

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