El peso de las lenguas / Hizkuntzen zama

Amigo Javier, las lenguas no pesan. La lengua materna no pesa. Por su propia naturaleza se enroca en la profunda caverna del ser, del sentido. Escucha la fuente que mana y corre, el cóndor en la nieve que es amor.

            Cada lengua, única e irrepetible, sabe a vida eterna.

            Cada lengua materna es un vivero frente a las marcas del interés, de la política, de las ideologías, de los mercados, del miedo. Cada lengua materna es un vivero frente al vacío uniformizador.

            En diciembre de 1973 me presento en Azkoitia a la búsqueda de datos para uno de los capítulos de mi tesis doctoral en historia.

            De Zumárraga a Azkoitia tomo el trenecillo de vía estrecha que, durante tres cuartos de hora cruza una y otra vez el río Urola entre bosques de hayas, pinos y robles. No hay nada que me haga dejar de mirar por la ventanilla. Es como vivir cien veces el bosque, el río, las ovejas latxas. Permanezco inmóvil en mi asiento de madera. Espero, los músculos de nuevo en tensión, la respiración pausada, la admiración crecedera. No quiero romper el track track track de mi vagón. Quieto. Un hilo muy tirante, ahí, dentro, de mí, tan frágil… quieto. Sin hacer un solo gesto, con los ojos bien abiertos, sin pestañear, escruto los lejanos caseríos.

            Se va abriendo el hervor del horizonte.

            Me parece que el valle del Urola esconde mucho de antiguo, de indiferencia hacia el resto del mundo, un mundo en sí mismo. Un mundo replegado en su amor y en su dolor. Zumárraga, Urretxu, Azkoitia, Azpeitia, Henao, Cestona, Zumaia, contemplan cómo la luz cae desgastada, cómo los arrecifes del tiempo y de la lengua se desploman en la playa de la Costa de los Vascos.

            Azkoitia.

            Bajo del tren y me abandono al decorado increíblemente bello de ese pueblo blanco y rojo que parece guardar en sus montañas de verde afelpado la esperanza de que pronto iré a visitarlo de veraneo. No sé, quizás. Volvería después por espacio de más de 30 años para perderme a escribir, a pensar, a orar, a trabajar.

            En la estación estrecho manos secas y firmes por orden jerárquico: Don Jenaro Lekuona, Don Joaquín Larrañaga y Joxe Mari Arrieta, desde aquel día buen amigo hasta su muerte. Y la reunión sobre “la tesis doctoral” empezó a la hora acordada sin precipitación, en el ayuntamiento.

            Entro después en casa de Joxe Mari. Corre un aire frío y terso, de límpido invierno.

-Gure Paco –dice tía Juana por saludo.

-Nosotras hablar siempre así, disculpar –añade tía Úrsula.

-Arratsalde on, aita. Me llamo Xipriana –y planea sobre mí con la atención de un águila; se diría que más que saludarme, me observa.

            Las tres, junto a Edu (Eduvigis), que es la etxekoandre de la casa, juegan a las cartas en la sala-cocina de la abacial de Santa Clara.

            Pero tía Xipriana entra en espiral, de una palabra a otra, de una frase a la siguiente, se envuelve y envuelve en su propio pensamiento y cierto enfado invade todo lo que tiene que decir.

-Jaungoikoa beti… El Señor de arriba siempre.

            Tía Juana golpea la mesa con el puño. Y, al mismo tiempo, de repente, la idea que estaba buscando le viene ya a la cabeza. ¡Zas, zas!

-Pinta, pinta en bastos. Ori da.

            Me detengo, miro, y me contento con decir lo mínimo.

-Urrenga arte. Me voy un rato a Loyola.

            No sé por qué lo he dicho. “Quizás me convierte en objeto de admiración”, pienso yo. De esa manera espero reconstruirme a sus propios ojos. No sé.

            Me parece vivir una fantasía en estado puro, en cuatro mujeres mayores.

            Bordeo ya el Urola, doy vueltas al río y a las cosas y a las palabras.

            Mi reciente muestra de torpeza me obliga a sopesar cada palabra, y a veces cada fonema.

            Avanzo por el caminito de tierra de Azkoitia a Loyola.

            Quien lo conozca convendrá conmigo que transitar por él es abrirse al amanecer de los sentidos. Y conquistada la “soledad sonora” de Juan de la Cruz es abrirse de par en par las puertas del silencio: los sueños en penumbra, las bóvedas de árboles y vidas, los olores de aguas limpias y grutas de resurrección donde los peces desovan y crían, los sonidos de fuentes y pájaros que vuelan a la región donde nada se olvida.

            Miro a la izquierda allá el Izarraiz y como telonero, a medio camino, el Monasterio de la Santa Cruz de las monjas brígidas, con su aire de templo tibetano. Me vuelvo a la derecha Kukuerri, la montaña que levanta los estandartes rojos del crepúsculo, donde beben las abubillas y los cárabos y enfrente el templo de San Ignacio de Loyola, abrazando la Casa-Torre donde naciera el santo y donde conviven con las ruinas de la inteligencia las bóvedas universales de la Compañía de Jesús y el olor del incienso que ilumina los arcos de piedra de su grandiosa cúpula.

-Aitaren eta Semearen eta Espiritu Santuaren izenean.

            Inicia la misa y la inminencia de las casualidades y los astros, en la noche serena y fría con llama que consume de diciembre en 1973.

            Mi padre Román Rodríguez-Osorio me enseñó a aprender de todos y de todo y mi madre Nieves a amar la soledad y el silencio. La soledad nos revela lo pequeños que somos y que el valor verdadero está en las cosas sencillas.

            “El arte de cultivar las evidencias, ese es mi padre y mi madre”.

            Loyola, Izarraiz, Urola, ¡qué belleza, Jaungoikoa!

            Me vuelvo a Azkoitia por el caminito de tierra en la profundidad de la noche.

            Y ya en mi primera visita a Azkoitia me doy cuenta de que allí el euskera no pesa. De que no es ningún lastre para quien lo lleva puesto desde el seno materno. En la calle, en la tasca, en la iglesia, en el colegio, en el monte, en el ser. Y es que, amigo Javier, las lenguas maternas no sólo no pesan, sino que son ellas las que llevan el peso de la historia encima de la cabeza. Son ellas las que se mueven por una especie de energía propia, alternativa. Sin embargo, pese a no tener peso, las lenguas pertenecen a la naturaleza de los seres. Son los seres. Incluso son el injerto más logrado y original de todos los frutales y actúan como un polen benéfico y fecundo para la simiente.

            A propósito de esta fecundación, quisiera recordar que en lengua vasca hay un par de seres muy nombrados y son dos minúsculos coleópteros. Para el ipurtargia (luciérnaga), de nombre científico Lampyris nocticula, existen decenas de sinónimos y algo parecido ocurre con la amona mantalgorri (mariquita), de nombre científico Coccinella septempunctata. El ipurtargia emite luz. La amona montalgorri, con su forma esférica y siete puntos negros sobre el rojo de los élitros, dicen que trae la buena suerte si se posa en la mano. Tanto la una como la otra escasean ahora y muy mucho por causa de los pesticidas. Podríamos afirmar que son seres que todavía existen gracias a su nombre.

            Una lengua puede ser comparable, lo es, a un ecosistema –único, singular, insustituible, irrepetible–. Amigo Javier, si sentimos miserable la quema de un bosque o despreciable la desecación provocada de arroyos, lagunas, cómo ser insensible ante la vida de cualquier lengua. ¡Ay, si hubiera fotografías de lenguas heridas o desaparecidas, de palabras amputadas; veríamos que cada una de esas pérdidas abre un cráter en la boca de la humanidad, un cáncer de garganta en la historia global de las civilizaciones! Porque las lenguas –todas– no son abstracciones ni meros artificios gramaticales ni simples emisiones de voz. Tienen cuerpo y alma entrelazados. Cada lengua es un vivero de la biodiversidad de la naturaleza frente al vacío uniformizador de las lenguas impuestas por el status de poderes políticos o financieros de las clases dominantes.

            ¿Por qué el ipurtargia y la amona mantalgorri son de los seres más nombrados por los valles de Guipúzcoa? Quizás por el instinto de las lenguas, a la búsqueda siempre de la luz y a la búsqueda siempre de traer buena suerte sobre quien se posa.

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